Victoria bolchevique, cien años

Por: Javier Amaya*

En la historia del siglo XX, tal vez no hubo un evento de mayor envergadura por su importancia, su influencia y el número de personas que tocó de forma directa o indirecta, y por la forma como propuso interpretar el mundo, como la Revolución Bolchevique que triunfa el 7 de noviembre de 1917 en Rusia.

Habría que saltar hasta el siglo XVIII en 1789 para compararla de lejos, con la Revolución Francesa que se enfrentara a la monarquía de los Borbones, para entregar el ejercicio del poder al pueblo parisino y como una tromba, cambiara por completo el mapa de los déspotas europeos.

En el caso de Rusia, la revolución se toma dos grandes pasos. En el primero obliga a renunciar al monarca Nicolás II de la dinastía Romanov y tan solo meses después, los socialistas más radicales encabezados por Lenin llaman a quitar del poder al gobierno provisional de Kerenski y remplazarlo por los Consejos de obreros, campesinos y soldados, conocidos como Sóviets. La señal de un cañonazo del acorazado Aurora en Petrogrado, culmina con la toma del Palacio de Invierno.

El triunfo soviético pone de cabeza el concepto tradicional de gobernar y por vez primera los desposeídos, explotados y humillados del mundo, tienen voz para enfrentar al feudal, al banquero, al capitalista o al oficial militar para expresarles su voluntad. Lenin gobierna por relativo poco tiempo y resulta víctima, primero de un atentado y por último de un derrame cerebral que lo postra e incapacita, para dirigir el naciente poder soviético.

La revolución elimina el latifundio, clausura el régimen semifeudal de servidumbre, enlaza el país por vías férreas, extiende el flujo eléctrico y acueductos, abre puertos y represas, lleva la salud a las más remotas aldeas e inaugura un modo de producción totalmente desconocido para la humanidad, donde la plusvalía ya no se apropia por los dueños del capital, sino que es administrada por el estado para revertirla en beneficio social. El bolchevismo declara el comienzo del fin de los gobiernos de los ricos.

El capitalismo mundial no se cruza de brazos y enfrenta el experimento con las armas, tratando de destruirlo desde su nacimiento, aunque fracasa. Luego vendría la mayor prueba de supervivencia cuando las hordas nazis invaden con furia en 1941 y tratan de repetir lo que habían hecho con casi con tres cuartos de Europa en invasiones sucesivas y rápidas, que en Rusia arrasan para detenerse en Stalingrado.

Luego de años de lucha, sacrificio y dolor por parte del pueblo soviético y su Ejército Rojo, derrota las huestes hitlerianas hasta izar la bandera roja en los techos del Reichstag en Berlín, el 30 de abril de 1945, sellando el fin del nazismo como una de las mayores aberraciones del siglo XX.

El papel de Stalin

Los enemigos del socialismo no estuvieron siempre afuera. Igual que la Revolución Francesa tuvo su peor detractor salido de sus filas, negando las consignas de “libertad, igualdad y fraternidad” para instaurar un imperio personal y déspota como fue Napoleón, así mismo la revolución rusa tuvo a un Stalin, para echar mano de todos los resortes del poder y ejercerlo de forma brutal y despiadada contra el pueblo, los obreros y campesinos y la gente de su propio partido, y que duraría casi 30 años. No era la dictadura del proletariado como se proclamó, era la tenaza personal del exseminarista campesino de Georgia, que no confiaba en nadie.

El escritor cubano Leonardo Padura, en un brillante libro sobre el asesinato de Trostky por órdenes de Stalin, narra que 16 de 21 miembros del Comité Central bolchevique que sirvieron con Lenin también fueron borrados del mapa, por la mano criminal y enfermiza de Stalin que veía enemigos y conspiraciones por todas partes. Muerto Stalin, todavía tomaría décadas desmontar ese pervertido sistema de miedo, represión y sospecha, responsable por la muerte de millones de personas.

En la posguerra surge un campo europeo de países socialistas, triunfan revoluciones extraordinarias como la de China y se inicia el desmonte lento y definitivo del poder colonial de Francia, Inglaterra, Portugal, España y de otros países desde el Sudeste de Asia, pasando por la India y llegando a toda África.

El colonialismo que garantizaba materias primas y mano de obra barata para las metrópolis nunca se recuperó y nuevas naciones independientes comenzaron su camino de autodeterminación. La Unión Soviética poyó políticamente y con recursos, una buena cantidad de esos proyectos liberadores en todo el mundo. Influye también en las luchas obreras y sindicales en los países capitalistas, impulsando conquistas y mejoras salariales.

La URSS hizo también grandes aportes a la ciencia y tecnología como la exploración espacial con el primer satélite y el primer cosmonauta en el espacio, desarrolló la medicina y la salud pública a gran escala. Junto con los demás países socialistas, dinamizaba más de un tercio de la economía mundial.

Bajo la influencia socialista, se alinea el proceso cubano que triunfara en 1959 encabezado por Fidel contra la dictadura bananera de Batista. Varios procesos de insurrección intentan con más o menos éxito duplicar el ejemplo, en otros países latinoamericanos, siendo el más notable el triunfo sandinista de Nicaragua contra Somoza en 1979.

En ese mismo ambiente y en la segunda mitad del siglo XX, el partido Congreso Nacional Africano donde participan los comunistas luego de mucho esfuerzo y sacrificio, derrota al régimen de Apartheid en Sur África, llevando al poder a su líder histórico Nelson Mandela, casi rompiendo los barrotes de su celda para ir a posesionarse como el primer presidente negro elegido por el pueblo.

Punto de quiebre

Hace unos 40 años, el liderato soviético ponía en discusión una nueva constitución y declaraba que el estado ya no tenía que ejercer la dictadura del proletariado y decretaba el fin de las clases sociales. Tal vez era cierto, pero una serie de factores internos como la militarización de la economía que poco o nada progresaba para fabricar bienes de consumo, la desmoralización por la invasión militar en Afganistán, la falta de libertades e incentivos individuales, la imposibilidad de disentir debido al régimen de partido único, la ambición sin límites de muchos de sus propios directores de empresas y para rematar, la división de su liderato entre un traidor como Yeltsin y un cobarde como Gorbachev, hizo que la otrora poderosa federación de 15 naciones socialistas se volviera añicos en 1991, cuando al tiempo ocurría lo mismo en los países socialistas europeos.

En el siglo XXI, un conjunto muy diverso de gente se declara “socialista”, muchas veces sin fundamento y no temen hacer el ridículo en cada ocasión, cuando ordenan hacer esto o aquello en proyectos políticos fallidos que apenas empeoran. Como tampoco tienen que ver con el socialismo, experimentos bárbaros como los de Pol Pot en Camboya o la dinastía monárquica y casi religiosa de los Kim en Corea.

Con la desaparición de la Unión Soviética y el campo socialista, es indudable que el capitalismo tomó un respiro temporal. Lo que no sabemos es por cuanto tiempo, si consideramos que no logra resolver como en el caso de Colombia, los abismos sociales, la miseria, la delincuencia y la corrupción galopante que parece haberse convertido en una forma estándar de gobernar. Donde la democracia es de fachada y los poderosos siempre buscan salirse con la suya. El capitalismo en la medida que beneficia a unos pocos, no tiene futuro.

Si entendemos que los procesos históricos se dan en situaciones concretas, el bolchevismo como lo conocimos, no se puede repetir. Pero más allá, de lo que cada cual piense respecto al socialismo, lo vivido por otros se puede aprovechar. Mirando lo bueno, desechando lo malo, para seguir buscando caminos de transformación social y democrática en Colombia, pensando en los más pobres.

La oportunidad está servida, ahora que el proceso por silenciar los fusiles toma forma y se impone. Colombia puede en un futuro llegar a ser esa patria amable, tolerante, productiva, moderna y generosa con todos sus habitantes. Los medios y métodos no tendrán que copiar otros modelos, el nombre del movimiento o la ideología tal vez sea secundario, pero la búsqueda por alcanzar un mundo más justo, humano y democrático sigue vigente.

*www.javier-amaya.us

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