Un anarquista de derecha

Por Gustavo Álvarez Gardeazábal.
 
No hay pintura ni daguerrotipo de Joaquín Gardeazábal. Tampoco he encontrado descripción de su porte o descuido. Me lo imagino, en cambio, furioso, irreductible, llegando aquel 13 de febrero de 1857 ante el notario de Tuluá para registrar como su hijo legítimo a Braulio Gardeazábal Zúñiga, nacido tres meses atrás en el vientre de Isabel Zúñiga, vecina de San Vicente, hoy Andalucía “con quien pude haberme casado porque ni ella ni yo teníamos impedimentos”. Dice en la escritura con que lo registró.

Ella había muerto 20 días después del parto, doblada por la fiebre puerperal. Y me lo imagino más agresivo todavía yendo hasta la parroquia de San Bartolomé para preguntarle al padre Tascón si le bautizaba e inscribía como hijo legítimo a ese muchacho o que si lo tenía que dejar apenas con el registro notarial. Eran los tiempos del sacro imperio eclesiástico y Joaquín Gardeazábal fue el primero en saltarse las sotanas en Tuluá y hacer uso del derecho consagrado en la nueva ley que había hecho aprobar solo unos meses antes el presidente Mallarino, creando el Registro Civil para oponerlo a la fe de bautismo conque la iglesia controlaba todavía el margen de crecimiento de la Colombia que por tres siglos había formado a imagen y semejanza de los caprichos de sus papas, cardenales, obispos y frailes.

Tampoco se sabe cómo lidiaron el asunto el párroco Tascón y él, pero 22 años después, cuando el mismo cura seguía siendo párroco de la iglesia de San Bartolomé, su hijo Braulio fue a casarse con Romelia  Cruz, y en la partida de matrimonio dice vergajamente que Braulio es hijo natural de Joaquín Gardeazábal e Isabel Zúñiga, lo que no se estilaba porque los hijos naturales no podían llevar  el apellido de su padre, algo que  nos hace pensar que la pelea continuó por décadas y mucho más porque Joaquín llegó a ser alcalde de Tuluá a nombre de los liberales radicales en un momento crítico de las relaciones entre la Iglesia y el Estado. Y debió haberse aumentado demasiado en agosto de 1876 cuando Joaquín Gardeazábal,  actuando como alcalde de Tuluá y  Victoriano Escobar como secretario, firman el acta de entrega  de 32 fusiles y 7 cajas de pertrechos al coronel Jorge Isaacs Ferrer en la víspera de la cruel y despiadada batalla de Los Chancos, celebrada en las goteras de Tuluá, que pierden los conservadores de Sergio Arboleda, patrocinado por el cura Tascón.

Todos estos documentos, que me sirvieron para reconstruir el origen de mi gente y cuajar los elementos de mis memorias noveladas, pude hallarlos en Buga gracias a la nunca bien recompensada secretaria del Archivo Histórico de esa ciudad, “la doctora Gladys Azcarate” ( como la llamábamos cariñosamente) y los otros por cuenta de la avidez con que los mormones digitalizaron las partidas de todas las parroquias del Valle. Y es por ellos que pude inferir que la batalla entre Joaquín Gardeazábal y el párroco Tascón duró hasta el 23 de abril de 1877 cuando se registra su muerte de la más escueta de las maneras que pueda encontrarse en esos archivos eclesiásticos. Normalmente, a la hora de la muerte, el párroco anotaba la causa del deceso y, de ser posible, el nombre de los padres del difunto.

En el caso de Joaquín Gardeazábal, alcalde que seguía siendo de Tuluá en ese momento, resalta la parquedad porque solo se anota su nombre completo, sin dato alguno, como si lo tienen los demás muertos de años anteriores y posteriores. Para el cura Tascón, el alcalde de Tuluá no fungía como tal, era liberal radical, y alguna otra cosa más, y eso le merecía el peor de los tratos a la hora de los libros parroquiales. Por supuesto, si el viejo Joaquín hubiese estado vivo no habría ido a registrar su defunción ante el cura sino ante el Notario cumpliendo la ley de 1856 que solo la seguían los librepensadores o los masones, dejándose así censar pendejamente.

Tal vez si yo hubiera sabido más de Joaquín Gardeazábal hasta podría haber cambiado de criterio frente a él y haber usado su nombre como blasón las dos veces que me posesioné como alcalde de Tuluá. Pero como en mi pueblo un chafarote nombrado por Rojas Pinilla quemó los archivos en 1954 porque estorbaban mucho, solo vine a saberlo hace unos pocos años, cuando ya mis ambiciones políticas se habían desaparecido por completo de mi horizonte.

Me lo imagino como miembro de la masonería, enterándose a través de los chasquis cofrades en la lejanía de la provincia de la batalla civil contra la iglesia, pero como no hubo ninguna otra manifestación ni escrita ni oral de esa ilusión, me quedé con la idea de que era un vasco irredento, como tantos que desde esa región le parieron a América. Provocador y energúmeno. Vertical e imposible de moldear. No sé si era tartamudo como muchos de los varones Gardeazábal. Pero es de aquél lejano tronco, del padre de mi bisabuelo, de donde deben provenir buena parte de mis recursos genéticos para estar hoy aquí, en este convite masónico sin ser masón como lo fue mi tatarabuelo por una razón elemental que ha alumbrado mi vida: soy un librepensador, respetuoso de todas las creencias así ni las comparta ni me gusten. Por eso tal vez no fui ni cura ni monja ni militar, para no uniformarme.

Al viejo Joaquín, vinieron  apenas a darse cuenta antecito de que mataran a Gaitán, lo enterraron a hurtadillas  aquel 24 de abril de 1877,en el patio central de la casita de la finca de La Ribera, a orillas de la quebrada del Ahorcado, en las afueras de Tuluá. Su hijo Braulio debió haberlo hecho ante la orden del cura Tascón de que lo sepultara en el muladar y lo guardó como secreto hasta la tumba. Solo su hijo Marcial, mi abuelo, el librero de Tuluá, que en 1947 hizo una refacción de la casita de La Ribera, donde vivía desde la crisis del 30 que lo sacó de la ciudad, halló la tumba debajo del palo de grosella y supo que era la del rebelde de su abuelo porque sus huesos estaban acompañados de una botella con corcho donde había un envejecido papel que decía en letra fina:

Deposito aquí el cadáver de mi padre Joaquín Gardeazábal, alcalde de Tuluá, muerto el 23 de abril de 1877 y lo hago a escondidas para poder evadir  la orden del cura párroco de que como masón  no puede ser sepultado sino en el muladar. Dios todo poderoso tenga compasión de él.

Braulio Gardeazábal Zúñiga
 
Igual parece que me va a pasar a mí, que me estuve más de 30 años anunciando en columnas y entrevistas que mi cadáver reposaría de pie en el Cementerio Libre de Circasia, hasta hace unos días cuando la Junta Directiva que administra  ahora ese antiguo baluarte de la libertad de pensamiento ,consideró que las condiciones que yo había pactado verbalmente con Braulio Botero, su fundador, para reposar allí eternamente ,en una nueva y muy respetable interpretación de la palabra libertad, no podían aceptarlas. A veces uno se equivoca y quienes se creen defensores de la libertad prefieren las órdenes dictatoriales que aplastan el verdadero sentido de esa palabra.
Yo había aceptado hacer esta conferencia  desde mucho antes de que me llegaran el par de renglones conque los nuevos dictadores de la libertad de Circasia me comunicaran la orden perentoria y llegué a pensar que era más significativo no asistir hoy aquí como respuesta vigorosa al grupúsculo de masones que se apoderaron de la memoria de aquél paladín de la libertad que fue Braulio Botero, quien construyó el hasta hace unos días Cementerio Libre de Circasia porque le obligaban a enterrar en el muladar a Miguel, su hermano suicida. Pero no pudiendo entrar en una contradicción con la actitud  de mi vida de no usar la violencia, y como ni más faltaba que yo fuera capaz de intentar tumbar con esta conferencia la columna o romper el triángulo o mandar al carajo el compás, aquí estoy ,delante de ustedes, respetados hermanos de mi tatarabuelo, para decir en voz alta y en la cara a quien deba oírlo, por qué pienso lo que pienso y por qué prefiero atacar al libertinaje de la información , al que  las facilidades del internet y las redes han entronizado y no armar un tinglado de irrespeto a la propiedad privada de un grupo de ustedes que se apoderaron legalmente del hasta 2 meses llamado Cementerio Libre para uniformarlo como  si fuera el camposanto de un convento trapense.  

Porque  si algo he aprendido a lo largo de mi ya cansada existencia es que la libertad, desde comienzos de la historia de la humanidad, la  ha buscado el hombre pero solo se consigue por el respeto a la libertad del otro. Yo puedo opinar lo que quiera, pero nunca obligar a que mi opinión se vuelva la del otro. Yo he dicho repetidas veces, desde cuando pagué hace ya 20 años la pena a que fui condenado por la Corte Suprema, que la justicia la dejaron  tarifar.  Ahora le están levantando la falda  a la Corte Suprema y hemos visto que tiene los calzones rotos. Y se le  rompieron los calzones a la Corte Suprema y a las otras Cortes a las que no les han puesto la lupa a sus fallos de mucha mayor importancia económica, porque todas dejaron que la justicia terminara siendo tarifada en Colombia. Para pagar con dinero o con favores políticos.

Las noticias sobre los casos han abundado y crecido en demasía desde cuando la sociedad colombiana descubrió con la revolución del narcotráfico y sus cambios radicales en la estructura de sus valores, que todo se puede comprar y que la justicia es para quien pague la condena o compre la absolución. Solo ahora, cuando se destapa la telaraña del costo de los fallos en una de las Cortes, el país ha comenzado a sospechar que las otras Cortes son peores y que así como se han podido liberar culpables se ha condenado a inocentes porque se ha pagado para que ello fuese así. Y no solo en las Cortes sino en todo el aparataje de la justicia.

No voy a repetir la manida frase de que cuando el río suena piedras trae. Prefiero decir que cuando el río suena es porque  un músico se está ahogando y la que ahora se ahoga es Colombia. Si las actividades de la justicia pueden ser objeto de compra venta, los contratistas se sienten con derecho a pagar  por sostener  las elecciones y  financiar a los partidos políticos. Y lo peor, dejando al ejecutivo y al legislativo sometidos a la subasta miserable de un país que insiste en engañarse creyendo que vive en una democracia cuando la verdad es que ha caído en el libertinaje del dinero que todo lo permite.
Si los tres pilares del estado tienen tarifa. Si el ejecutivo cobra la comisión por firmar y el legislativo recibe los cupos indicativos que reparte del presupuesto vendiéndose miserablemente al ejecutivo y si  el judicial está comprobadamente comprado y  vendido,  ¿qué queda de la presunta república que con tanto orgullo hemos sostenido?: Nada.
Ha llegado entonces la hora de destruir el edificio, no de seguir remendando.

Si lo más evidente es la podredumbre de la justicia en las altas Cortes, exijamos sus renuncias. Si los magistrados de las Cortes se van y encontramos una fórmula para elegir quienes los reemplacen, la pirámide de los favores y la telaraña de las contraprestaciones hacia abajo se derrumban. Si el foco contagiante del ejecutivo y del legislativo son los cupos indicativos de que gozan los congresistas por voluntad del gobernante, suprimámoslos. Si  cortamos de tajo los malditos cupos esos, agotamos la posibilidad de que los contratistas sigan teniendo el poder del estado. Y si los contratistas desaparecen del entramado, las elecciones y los partidos políticos recuperan su sentido y salen del atolladero en donde cayeron para agonizar.
Que no nos vengan entonces ahora los señores de la Corte Suprema con el viejo truco de exponer un chivo expiatorio para que no hurguemos en las falencias y errores de los otros magistrados. Entiendo bien que como en la Corte Constitucional les funcionó el método de volver chivo expiatorio al magistrado Pretel ahora, volviendo supermalo con las ayudas de los medios enmermelados por el gobernante al magistrado Malo, podrán esconder el miserable tráfico en que se convirtió administrar justicia en este país.

Porque no nos olvidemos tampoco que la posibilidad de cobrar por hacer una citación, por engavetar un proceso o por producir o no un fallo, ha hecho parte en este país desde hace mucho rato en los juzgados de Colombia hasta el punto de que ha vuelto vox populi que la justicia colombiana está tarifada y que lo que ahora se destapa, y seguramente destaparán de las otras Cortes, ha sido un mal eterno en la base de la pirámide judicial.

Por supuesto, ello no es inherente ni genético a los trabajadores de la justicia, ha sido cincelado por la cultura de la revolución del narcotráfico que modificó sustancialmente los valores con los que se regía este país y provocó una generación de colombianos que creen que todo se puede hacer si hay plata con qué pagarlo.

De la misma manera. Quiero ser más duro sin ofender. Si en las facultades de derecho lo que enseñan es a como acomodarse ante el tráfico miserable de la compra venta, dejen de enseñar la existencia de las leyes, conviértanla en  facultades de administración de negocios.
No es tarea fácil ser anarquista y mucho menos ser anarquista de derecha, cuando se destruye no por destruir sino por lograr el orden que no se ha tenido o se olvidó. Pero quiero serlo. Los uniformes físicos y mentales castran la capacidad del ser humano por ser libre. Uniformamos la patria para salir de la violencia partidista inventándonos el Frente Nacional y vea a dónde hemos llegado por haber creído que la paz entre los colombianos se lograba partiendo la marrana  del presupuesto nacional por partes iguales.

Provoquemos un terremoto para que se caiga todo lo que nos ha contagiado la lepra del libertinaje del poder, llámese  dinero o información. Usemos las mismas herramientas que nos contagiaron cual si fuera la vacuna de la viruela construida sobre la misma cepa de la enfermedad. Usemos los símbolos para destruir los monstruos. Disparemos contra los fantasmas para no seguir matando seres humanos. Disipemos la zona de confort en que hemos caído para poder saber de qué material son al menos los asientos donde nos sentamos o las paredes en que nos encerramos. No sigamos ni levantando ni creyendo en las mentiras que los medios nos comunican a diario porque la dictadura de la pauta los obliga. Si los jueces y los magistrados están mal pagados, si los presidentes, los gobernadores, los alcaldes, los congresistas, los diputados y los concejales están mal pagados, no sigamos propiciando la tolerancia de que cuadren sus salarios con medios alternativos que compra venden su accionar.
Seamos lo que podemos ser. Destruyamos la patria de mentiritas que nos hemos inventado que existe y  que nos protege. Es la única manera de construir la patria nueva, la que surge siempre  desde el corazón de los que las habitan, igual que las cenizas del ave fénix.
Muchas gracias
 
Gustavo Álvarez Gardeazábal
 
Pereira, septiembre 20 de 2017

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