Samuel Vásquez. Conversación con Lucía Estrada

Divulgamos una entrevista hecha a Samuel Vásquez, por Lucía Estrada y publicada en la revista LAOTRA, que tiene su sede en México; tanto entrevistado como entrevistadora, son colombianos.
Los contenidos resultan interesantes desde la perspectiva literaria, por la temática y el buen manejo del idioma, igualmente por el uso conceptual; Vásquez es de fuerte solvencia intelectual y de entrada Lucía recurre acertadamente a un buen gancho, la sinestesia literaria, que es una figura de la retórica, más exactamente es un Tropo, como existen muchos, la sinécdoque, metonimia…El buen manejo de los tropos le imprimen al texto dosis de calidad, porque la palabra significa aquello que el escritor quiere que signifique, de ahí que la entrevista se titula ver con la palabra. Lo demás es propiedad del lector.

La poeta antioqueña Lucía Estrada entrevista a su amigo y paisano Samuel Vásquez, quien sabe mucho de sinestesias, como ver con las palabras, pintar con los sonidos, actuar con los colores. Así, nos hace mirar en el pecado original no la mordida de la manzana, no el hambre, sino la degustación.

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Ver con la palabra

1ª parte

para Billy,
Héctor Álvarez y
Kike Lalinde

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¿Cómo era todo al principio?

En el principio estaba todo.

En el principio estaba la luz. Fue necesario encontrar la sombra para poder ver. Cuando el hombre primigenio pone su todavía torpe mano en la frente para detener la luz que lo ciega, puede empezar a ver. Y al ver, se asombra. El asombro no es otra cosa que poner sombra para poder ver. Decidir qué ve, es el primer desacuerdo entre el hombre y Dios.

Luego, cuando el hombre encuentra el árbol del bien (nunca ha habido árbol del mal: ¡qué repugnante calumnia!), dador de sombra y de la manzana, descubre el placer. El hombre que siempre había comido sólo para satisfacer una urgente necesidad biológica de sobrevivencia, descubre el placer en su gusto por la manzana. El placer de comer sin urgencia, sin afán, con complacencia, con lentitud y degustación. El placer era entonces un sentimiento inédito que Dios ignoraba por estar negado para el goce que es inherentemente temporal. El placer tiene un inicio, una duración y un final, y la infinitud de Dios carece de toda experiencia en el tiempo. El placer es una creación humana, totalmente humana. Es conveniente señalar que el placer es anterior al deseo. Es el placer el que genera el deseo. El placer está más allá de la necesidad. Es esencialmente diferente la necesidad de comer al placer de comer. El deseo no es otra cosa que el anhelo de volver a sentir un placer que nos agradó.

El recién experimentado asombro y el descubrimiento del placer dan a los ojos del hombre un brillo distinto, especial, transforman su mirada, lo que lo hace sospechoso a los ojos de Dios, por lo que es expulsado del paraíso, es des-terrado: un ser que viene de la tierra misma es desarraigado de su sustancia. Es des-naturalizado. En su exilio el hombre tiene consciencia de que él mismo es sombra que puede alterar la luz. (Su nombre bien pudiera haber sido « sombre »). En su exilio el hombre crea la palabra, que es sombra sobre el silencio, que es sombra sobre la piedra, sobre el papiro, sobre el papel. El árbol es sombra, la noche es sombra, la palabra es sombra, el secreto es sombra, el sueño es sombra, el deseo es sombra. El secreto es un cofre de sombras donde custodiamos una verdad; el libro es el sagrario donde guardamos calladas sombras que cantan.

En el principio estaba el ruido. Cuando el hombre pone sus aturdidas manos sobre sus oídos, encuentra el silencio. Y con el silencio puede empezar a pensar, puede empezar a sentir: rompimiento trascendental con Dios. Pero todavía es un pensamiento que monologa, un sentimiento que monologa. Y sobre el silencio el hombre crea el sonido, y con el sonido la música, uno de sus primeros lenguajes: entonces era, sí, un lenguaje afirmativo, natural, que se sumaba a la naturaleza con facilidad, con naturalidad. Y sobre el silencio construye su primera actividad subversiva, la conversación, cosa que Dios nunca imaginó. Y en la conversación florece el deseo -ángel sombrío de asombro que se eleva por encima de la naturaleza- creación enteramente humana: rompimiento definitivo con Dios. Dios jamás previó que el hombre pudiese sembrar en el pequeño pedazo de paraíso entre dos ríos que le dio en préstamo, algo tan peligroso como la conversación, como el diálogo, como el placer, como el deseo: Dios se sintió amenazado.

En el principio estaba el espacio infinito. Cuando el hombre va por tercera vez al árbol, llamado por su sombra o por el placer de sus manzanas, discierne dónde está y entonces inaugura el lugar, el sitio, cosa imposible para Dios que, estando en todas partes a la vez, carece de sentido del lugar.

¿Es entonces la poesía una manera de compensar en el hombre la insuficiencia de Dios?

Dios no existía en el espacio del hombre, no estaba en sus lugares.

Pero cuando el hombre se sintió solo, cuando experimentó que la amistad y el amor –humanos, demasiado humanos- se podían quebrar, tuvo necesidad de un Héroe que estuviera por encima de toda contingencia, de toda debilidad. Cuando vio que la amistad y el amor podían romperse porque el hombre no soportaba la belleza del otro, la verdad del otro, la libertad del otro, el talento del otro, creó a Dios, y lo dotó de cualidades tales que le garantizaran que no lo defraudaría jamás.

Entonces, Dios fue creado con palabras, Dios es un ser de palabras, producto exclusivamente humano.

Dios ha sido, sin duda alguna, el más grande tema de la poesía. Y este tema cifra su fuerza y su permanencia en su ausencia: La palabra Dios se repite sin consumirse en la plegaria o la blasfemia, porque ambas buscan hacer presente una ausencia que no acude, permaneciendo en su distancia infinita e indefinible. La ausencia es intocable, indestructible: sólo se puede demoler algo en presencia. Pero cuando el hombre ya emancipado fue capaz de crear un silencio transparente y atemporal, pudo escuchar su propia voz interior reconociendo que hay algo sagrado en él mismo que hace innecesaria esa distancia inalcanzable de aquella Ausencia Magnífica.

Pero no hay creación humana que el hombre no haya vuelto contra su prójimo, contra el extraño, o contra sí mismo:

Creó el cuchillo para sobrevivir en una realidad en la que con evidencia era inferior físicamente, y terminó usándolo contra su hermano. Creó el amor como la forma más sublime de la comunión, la generosidad y la convivencia y terminó convirtiéndolo en una coartada para someter a su pareja, y para justificar su explotación, su maltrato, y su lapidamiento, manifestación abisal de su impotencia. Creó la religión para congregar al pueblo alrededor de la invisibilidad de la fe, y terminó creando ejércitos “santos” para invadir territorios, desplazar comunidades y someter pueblos enteros con la fuerza de su espada que llevaba en el mango una cruz. Y llegó hasta falsificar la voz de Dios atribuyéndole palabras –bien sabemos que la palabra es exclusivamente humana- que autorizaban su machismo y sus crímenes contra religiones distintas de la suya, que eran un descarado despojo de tierras y una destrucción infame de ricas, bellas y significativas culturas ajenas. Creó el libro como un sagrario para guardar su palabra poética -verdad bella de una belleza verdadera- y terminó usándolo para que criminales, políticos y farsantes envolvieran sus falacias en un halo de credibilidad, y las vendieran en los supermercados al lado del pan inocente.

Creó a Dios y lo volvió contra su prójimo y contra sí mismo. Lo volvió distante, autoritario, vindicativo e inflexible, y el hombre se humilló ante su propia creación, se arrodilló e imploró…

¿Podemos hablar en este tiempo de la inocencia? ¿No es acaso la inocencia una de las grandes verdades que ha perdido el hombre?

La naturaleza, eso otro más puro, es inocente. No hay moralidad en el paisaje, no hay moralidad en el cielo, no hay moralidad en el mar; no hay falacia alguna en el río, en el árbol, en el colibrí. El hombre, hace mucho, renunció a ser naturaleza, renunció a ser hermano del árbol. Por eso nos vimos obligados a aclarar que se trata de “naturaleza humana” cuando nos referimos a él. Es decir, posesión, mentira, traición, ingratitud, deslealtad, son “con-naturales” a la “naturaleza humana”.

Sin embargo, quiero creer que el pan, el vaso, la silla, la poesía, a pesar de ser productos enteramente humanos, son inocentes. Pero no se trata aquí de inocencia en bruto.

El poeta alcanza su inocencia a través de una andadura del conocimiento hacia el olvido. El olvido lo defiende de la belleza. El olvido lo defiende de la bellaquería. Pero el poeta no busca olvidar su rabia –embrión de fuertes palabras-. Toda rabia es sagrada porque nace de la primera hambre, de la primera traición. Sin embargo, el poeta no quiere olvidar su gratitud a la vida –germen de sus cantos– La poesía es una forma sublime de la gratitud. El sentido de la vida es un vientre necesario para que el ojo y el lenguaje engendren la palabra poética. Quiero creer que el pan y el agua permanecen inocentes: por algo son alimento de místicos.

La poesía es inocente, y el lenguaje es la mejor y más duradera arma del ser humano.

¿Y el conocimiento? ¿Qué sabor tiene su raíz?

Al principio todo conocimiento es una mezcla de deseo e impotencia, de placer y asco -como el primer beso, como la primera cerveza-, pero sobre todo de ansiedad y temor. Temor a no ser capaces de cargar con su peso, temor a quedar cegados por su luz, temor por empezar a enterarnos de lo que ignoramos, que es de un tamaño infinitamente superior a lo que alcanzamos a abrazar. Lo primero que nos enseña el conocimiento es ese mar de sabiduría que nos señala desde la orilla, y que no es posible habitar ni nadar como turistas, como visitantes ocasionales. (Turistas del conocimiento es lo que ha engendrado el periodismo, la televisión y la internet.) Pero, así como en el verdadero amor una determinada mujer nos permite amar y conocer en ella a muchas mujeres, así mismo el tamaño del conocimiento no interesa, sino la sabiduría con que vivamos el conocimiento que poseemos. Porque es una posesión de dos vías, como en el amor, poseo el conocimiento mientras él me posee a mí, haciendo parte mía y yo suya. Ya sabemos que información no es conocimiento y conocimiento no es sabiduría, pero es oportuno recordar que saber y sabor provienen de una misma raíz. Por eso es una señal que debemos seguir: conocimiento sin sabor puedes dejarlo, no te pertenece, no es pertinente.

Habrá que advertir que la información excesiva es una impune y artera forma de censura contra lo esencial. Y de esto son culpables irresponsables tanto los medios masivos de comunicación institucionales e individuales, como la cultura espectáculo de ferias y festivales donde los valores de atracción atascan y tapan la posible poesía que presentan. La puesta en escena simultánea de numerosos poetas, desiguales en poesía, traducciones y puesta en voz, amalgama en una masa informe la singularidad e identidad de los poemas que son sacrificados sin respeto alguno, en exclusivo favor de la etiqueta publicitaria de un festival determinado, de un curador, de un director, cuyos índices de gestión son meramente cuantitativos.

¿Es el arte una mezcla de conocimiento e inocencia? ¿Hasta dónde es experiencia del mundo y hasta dónde es inocente de esa misma realidad?

Algunas palabras se definen mejor por sus opuestos, por sus contrarios. Lo opuesto a la inocencia es la astucia, la doblez, la malicia, la picardía. Aunque gente que pinta o escribe hace de estas “cualidades” sus bases fundacionales, en sus obras se hace más manifiesta la astucia que la poesía. Hay que aclarar que la inocencia no es ignorancia, que es falta de conocimiento. La inocencia conoce, pero no es culpable por su honradez, por su limpieza, por su transparencia. Una de las acepciones que más me gusta de la inocencia es “que no huele mal”. En la ignorancia, en cambio, siempre hay un culpable en la propia persona o en la sociedad que le niega el conocimiento necesario: allí siempre algo huele mal. (Sufro una contradicción cuando hablo de comunidad, porque la componen seres que no tienen casi nada en común. Lo mismo me pasa cuando uso la palabra sociedad, donde los socios son sólo unos cuantos que ejercen el poder: la mayoría son explotados por esos socios que cumplidamente cobran las ganancias que produce esa explotación).

Todo ser humano tiene experiencia de mundo. Hasta un autista tiene experiencia de mundo. Y muchísimo más un artista que se ha arrancado la piel para sentir mejor el aire que lo rodea. Pero no es experiencia “del” mundo porque no es un único mundo común a todos: es experiencia de mundo – uno en concreto-, porque son muchos los mundos que habitan este mundo. Un mundo específico porque el artista no es todos los hombres sino un hombre determinado.

Pero esa experiencia de mundo no tiene obligación de ser una experiencia físicamente vivida por el mismo artista. El artista no tiene que haber asistido al primer día para tener derecho a hablar del Génesis. No tiene que haber asesinado para que sea legítimo hablar de crímenes. No tiene que haber hecho la revolución para sentirse autorizado a hablar de libertad. No tiene que ser un santo para permitirse hablar de la bondad. El poeta escribe desde ese no saber sabiendo del que nos hablara Juan de Yepes.

Me interesa el arte no como derivación de una ideología o una visión de mundo determinada, sino como la impronta directa de una actitud hacia la vida y hacia el arte mismo. Es decir, el arte situado en la base y no en la superestructura, detenta un papel primario independiente de la ideología y de la literatura.

El arte es inocente, aunque algunos artistas no lo sean.

El padecimiento de una realidad que le es impuesta al artista, o la participación de este en la construcción de una realidad personal o social, es otra cosa.

Es hermoso lo que dices de la inocencia, y agradezco tu claridad sobre la gran diferencia que existe entre “experiencia del mundo” y “experiencia de mundo”. Así las cosas, si el poeta habla de su experiencia de mundo, si su mirada es singular, ¿qué hace que otros asuman sus palabras como propias en un momento dado? ¿Qué hace que la poesía de René Char o Paul Celan, por ejemplo, deje de ser palabra ensimismada y comprometa a todo el que la lee?

Hay varias maneras de leer poesía.

Una de ellas es oír la voz del autor, pero distanciada en el tiempo y en el espacio, entendiendo que son palabras que pertenecen a un individuo de una época y un lugar determinados. Otra es leer oyendo al poeta, escuchando constantemente la voz de Char o de Celan como si estuviesen aquí mismo, hablándonos a nosotros. Otra es apropiándose de su voz olvidando al autor, e identificándonos con el texto como si fuésemos nosotros mismos los que nos expresamos, con plena empatía, en una participación afectiva que toma como propia una realidad que afectó y motivó a otro. (Los orientales aconsejaban recordar el poema y olvidar al poeta). Otra manera de leer es en una especie de dúo en donde escuchamos la voz del autor y la nuestra al mismo tiempo, discerniendo siempre las dos voces sin que se fundan, sin que se con-fundan.

Es fácil que surja la empatía cuando un poema está fundado en estímulos emotivos que cargan positivamente los sentimientos y así se obtiene que el lector se ponga en la situación emocional del personaje de la obra o del autor mismo. Bertolt Brecht combatió la hipnosis a que era sometido el espectador a través de la empatía, porque –decía él- se le enajenaba su capacidad crítica, y sostenía que el distanciamiento era una obligación ética y estética del autor para restaurar la capacidad razonadora, la actividad crítica del espectador.

Yo pienso que toda lectura es posible: desde la más emocional e identificatoria hasta la más distanciada y crítica, pero la que más me interesa es la lectura de otro poeta que lee en clave de poesía. Porque toda obra de arte compone una sintaxis poética que obtiene una nueva y compleja sustancia verbal, aglutinando diferentes palabras que se mezclan por primera vez en una síntesis en donde viven latentes los opuestos. (La poesía es lengua expandida). Esta síntesis artística, que mantiene amalgamados y vivos sus elementos constitutivos, es opuesta al examen analítico en donde los componentes del poema son segregados y aislados para ser sometidos a una exploración clínica de necropsia que pretende aproximarse a un diagnóstico presuntamente seguro. Pero, no debemos olvidarlo, en toda necropsia el cuerpo examinado ya está muerto.

Me gusta cuando dices que la palabra del poeta es una palabra ensimismada, porque el ensimismamiento es un recogimiento en la intimidad que no anula el mundo, sino que aísla la distracción y el ruido que el mundo produce, para así oírse mejor a sí mismo, y oír mejor al mundo en su esencia, sin su pre-esencia totalizadora y apabullante. Hay que ausentarse para sentir la esencia. La presencia es lo que está antes o encima de la esencia misma: la inteligencia de un criminal, la belleza de una mujer tonta. Estar ensimismado es estar extasiado, pensativo, concentrado, meditativo, ensoñado. Estar en éxtasis no es estar embobado ni alelado como muchos creen.

La poesía de Char o Celan, aunque abrazan aun a los que no la han leído, sólo alcanza a comprometer a los que tienen la alta capacidad de hacerse poetas al leerla, a los que necesitaban con-moverse en el momento del poema.

Cuánta dosis de eternidad le pone el poeta al súbito instante de la escritura. Cuánto de nueva luz pone a las cosas que nos hace verlas ahora. Cuánto de visión pone que nos lleva a ver lo que pasará.

Hace poco te escuché hablar de la materialidad del arte y la inmaterialidad de la poesía. ¿Cómo es esto? Existe el cuadro, la escultura, pero ¿acaso no existe el libro, el poema? ¿No parten ambas, la pintura y la poesía, para no hablar de la música, de una pulsión inmaterial, de una imagen, una sensación, una visión, para luego realizarse en el lienzo, en el poema?

Ciertamente la esencia del arte es inmaterial.

Sin embargo, las artes plásticas y la música requieren de un sustento material objetivo. No así la poesía. A la poesía la podemos guardar en nuestro cerebro sin necesidad de que intervengan la pluma y el papel. Pero la música existe en la materialidad del sonido. El cuadro existe en la materialidad del color. La vibración del rojo y el verde existe allí, en el lienzo. Sobre todo, después de la emergente aparición del impresionismo y el arte subsiguiente -expresionismos, pintura de acción, informalismos, etcétera-, en donde la materia del color se volvió fundamental, no como medio de representación sino como él mismo, como tema, como forma y materia presente, actuante y expresiva.

Es conveniente advertir que sólo en el arte concreto y geométrico podría admitirse un determinismo técnico-material de la obra de arte. Las teorías funcionalistas en donde el material y la función determinan la forma, tal como sucede en la artesanía y el diseño industrial, no son aplicables mecánicamente al arte. El tamaño físico-real y la dimensión estético-perceptual son independientes el uno de la otra. Las obras de Vermeer, Van Gogh y Klee, por ejemplo, tienen unas dimensiones visuales mucho mayores que sus tamaños físicos. En la forma poética los tamaños son relativos, por comparación y por sintaxis. La poesía inmersa en la obra pictórica trasciende la materialidad de la propia pintura, y sus dimensiones físicas son reemplazadas por sus proporciones poéticas. (Es la inutilidad física del arte la que le concede libertad infinita de formas y de imágenes). La obra de arte no es un objeto material sino un artefacto poético.

Los proyectos sociales de finales del siglo XIX y del siglo XX para decretar la obsolescencia del arte cuya “inadecuada y gastada expresión” debía ser sustituida por el llamado “arte útil” (diseño de objetos, muebles, arquitectura) fracasaron tanto en la revolución bolchevique como en la revolución industrial inglesa y su posterior consecuencia en la Arts and Crafts.

El hecho artístico conlleva una irreductible factura físico-perceptual, sensible-material. Siempre hay algo que muestra la obra de arte que es independiente de la materia que utiliza para mostrarlo: un pájaro de grafito, un Dios de óleo. Explicar la sintaxis poética de una obra por los materiales y técnicas que utiliza, sería como explicar las rayas de la cebra por el potrero en donde pasta. La pintura no es únicamente un fenómeno químico-visual, así como la música no es sólo una construcción físico-acústica. El arte trasciende lo material y lo numérico en búsqueda de lo poético

En las artes plásticas el artista visionario tiene que asumirse como artesano para que su visión alcance materialidad y tenga cuerpo, para que su visión sea perceptible. Una similar obligación artesanal no existe para el poeta. Salvo en los haikús, la escritura del poema no es una artesanía.

La destrucción de imágenes a manos del fanatismo político o religioso (cristiano, islámico o nazi -igual da-), es una pérdida irreparable para la historia de la cultura y de la humanidad. En cambio, sí se perdiera físicamente un libro fundamental de la poesía y alguien lo tuviera guardado en su memoria, bastaría con reescribirlo o decirlo en voz alta, y nada fundamental se habría perdido.

La sustancia del arte es siempre inmaterial. Por eso el señor rico que compra una obra de Picasso adquiere el soporte y los materiales con los que la obra fue hecha, y puede colgarlo orgulloso en la pared de su casa, pero la posesión de la esencia del arte de esa obra queda por ser realizada. Es como tener una edición de lujo de la poesía de Mahmud Darwish, en árabe: poseemos el libro, y allí está ciertamente la poesía de Darwish, pero somos incapaces de acceder a ella porque no sabemos árabe. Su poesía está ahí pero no se nos entrega… sin embargo adorna nuestra biblioteca con su bello lomo y con sus hermosas tapas. De igual manera la pintura de Picasso que adorna su pared continuará hermética para el burgués que la adquiere, hasta que él encuentre la manera de “traducirla”.

Hay un momento previo al poema en el que no sabemos cuál será la primera palabra ni cuál la última; en el que hay una tensión que no sabemos resolver, un aleteo del enigma y de todas las preguntas posibles e imposibles. A veces, nos dejamos vencer de antemano por la certeza de no poder decir “con palabras de este mundo” lo que se ha “entrevisto”, lo que se ha presentido… Otras, es la palabra misma la que nos da la clave, una puerta, aunque dos pasos más allá se abra el abismo y ese consuelo inicial desaparezca… ¿Cuál ha sido tu experiencia, en este sentido, con la escritura? ¿A qué lugar de ese no tiempo perteneces?

Las palabras siempre van delante de mí. No logro darles alcance. Por más que me esfuerzo no consigo ponerme a su paso. Gracias a ese deseo de alcanzarlas he hecho un camino inconsciente e involuntario en la escritura. Ellas me halan hacia allá, como un horizonte inconquistable que me llama, y eso me ha hecho caminar. A las palabras no les conozco la cara, sólo les conozco su espalda. Apenas alcanzo a tomar del suelo un poco de sus sombras. Mi escritura está hecha de esas sombras. Puedo repetir que las palabras saben más de mí que yo de ellas. A veces me da la impresión de que soy el medio que las palabras utilizan para decir sus cosas. Que apenas soy el eco recalentado de sus voces, en ese “no saber sabiendo”.

Ese momento anterior al poema, ese instante súbito de la escritura, que yo llamo momento poético, genera el no-tiempo del que hablas. Y en ese súbito no hay lugar, no hay espacio: sólo tiempo. La escritura es una atopía, un sin- lugar: No se aquieta, no reposa, sin sosiego, siempre en movimiento. Y ahí vamos… de súbito en súbito… de abismo en abismo… sin saber descender… sin saber escalar… sin saber volar. Son ellas -las palabras- las voladoras: “buenas voladoras” recalca René Char. Ahí vamos a pie sobre un sendero que nos lleva del conocimiento al olvido: “Abandonar los diferentes modos de sabiduría y pasar al no-saber, esto es lo que conviene llevar a cabo”, nos recomienda Juan de Yepes. Hablar de lo oculto por medio de lo oculto ¿no es eso contenido?, continúa preguntándonos hoy Kandinsky.

Es indudable que tenemos el sentimiento poético, el deseo poético, pero… ¿la palabra poética? Haber vivido ese sentimiento y ese deseo poéticos justificó haberse entregado al arte y a la poesía, aunque nunca logremos darles alcance. No porque mis palabras sean sencillas deja de ser una fuerte vocación la mía.

Si vivir ese sentimiento no nos dio una gran obra, sí nos regaló una vida distinta, más honda y más alta. Mi vida es mi obra.

El enigma es la palabra transparente que palpita en las manos vacías del poeta.

¿Y qué es el “no saber” de la poesía? ¿Una intuición? ¿Un presentimiento? ¿Qué cosas oculta? ¿De qué cosas se oculta?

Es la parte de desconocido que está presente al principio de todo auténtico poema, y que la palabra va desvelando a medida que se abre paso, nombrándolo. Son esas sensaciones que están antes de la palabra y que, si bien no encuentran sosiego en las palabras mismas, al menos encuentran una forma que las alude a través de la capacidad creadora de lo no visto, que es una potencia poética. La palabra me lleva de la mano por oscuridades e incertidumbres, ignorancias y dudas, que sólo al terminar el poema parecen ser seguridades y certezas. Es por eso que la poesía es revelación y epifanía, y no apenas diseño y composición.

Mientras se camina por la cuerda floja de la escritura todo es riesgo: hay, sobre todo, abismo y sombras. Y cuando se cae, la caída hace parte de la obra, hace parte del poema. Y la caída llega a conmovernos tanto como nos conmueven los poemas de la locura de Hölderlin o las pinturas de Van Gogh y de Wols.

La intuición es el vientre de la palabra, es la infancia de la palabra, y la infancia grita porque no sabe hablar. Recordemos que infancia viene de infans= que no habla. La intuición es un exceso de velocidad de la sensibilidad.

Algunos poetas han hecho del lenguaje su línea de riesgo, su salto al vacío. Dicen a pesar de las palabras. Hablan el silencio. Otros están a gusto en él, conocen todos sus laberintos, se instalan en cada palabra como en su casa. Dicen lo que quieren, no lo que pueden. Sin embargo, en ambos casos, tenemos obras notables. ¿En cuál de las dos caras de la moneda se da tu escritura?

Yo estoy en una tercera cara de esa moneda sin valor de cambio que es la escritura. Es una cara elemental, primaria, tosca. Una cara que apenas exclama necesidades, que no alcanza a confesar deseos ni a proponer fantasías, que no se vanagloria ni se queja, que no se solaza en la nostalgia del recuerdo ni se regodea en la autoridad de la historia, que no exhibe cualidades ni ostenta virtuosismos. Una escritura que duele pero que no dice su dolor. Una escritura que, por comparación con la literatura aceptada, sólo reclama su franquicia al vacío. Que no puede decir lo que quiere, ni quiere decir lo que puede. Es esta una escritura de la necesidad, que no alcanza a engendrar deseo alguno, sino que es un acto leve del instante que cava en lo cavado, que escribe lo dicho y no oído, pero que no pretende prolongar ese momento en el tiempo ni en la literatura. Una escritura que demanda del lector y nada tiene para darle. Una escritura que alarga la mano con la palma abierta hacia arriba, sin esperanza y sin desesperación. Una escritura que mete la mano en el bolsillo de nuestra historia y la saca más pobre aún. Esta escritura es como la comida temblorosa del hambriento que no discierne ni escoge, sino que engulle indiscriminadamente lo que encuentra porque es urgencia vital para su resistencia. “El resistir lo es todo”, nos repite al oído Rilke, pero nadie le escucha.

Nos recuerdas a Rilke, y no puedo dejar pasar por alto este gesto que es generoso conmigo y con todo aquel que haya sido tocado por el ángel terrible de sus poemas… ¿Recuerdas también ese preguntarse en la hora más oscura y silenciosa de nuestra noche si debemos o no escribir? ¿En un tiempo en el que todo parece haber sido dicho y la palabra más que banalizada por los autores best seller y los contratos editoriales, de qué manera estalla en tus poemas, en tus ensayos, en tus obras de teatro esta pregunta, o mejor, este “sí debo”?

La escritura para mí nunca ha sido un deber, sino un querer. Por ello nunca ha existido una obligación laboral ni moral en ello, sino que ha sido el más decidido y tembloroso ejercicio de libertad. Pero no se escribe para conceptuar sobre la libertad, sino que la escritura misma es libertad. Casi todos los versos escritos a la libertad carecen de ella.

Cada palabra siembra un abismo en el espacio que la separa de la que le sigue, y aniquila toda posibilidad de puentes seguros y estables entre ellas. Los puentes son atajos oportunistas que el afanoso tiempo contemporáneo ha impuesto, pero que atentan irremediablemente contra el paisaje. En el arte se va a pie sobre el sendero para acompañar y hermanar al paisaje del que los abismos hacen parte importante.

El miedo que conlleva todo deseo no abate el deseo de escribir, sino que lo empuja a no quedarse regodeándose en el solo deseo y a cumplirse en el acto que el mismo deseo ha prometido. Todo deseo es una promesa. Hay que propiciar el encuentro en donde esa promesa pueda realizarse en el acto. Todo poema -todo arte- es un acto. Com-prometerse es acompañar lealmente una promesa.

Si no desempeñamos nuestro deber “como es debido” quedaremos como irresponsables, o mínimo como incumplidos, pero sí este deber es cumplido cabalmente será siempre un acto de obediencia con otros, o con nosotros mismos. Y tanto la obediencia como la disciplina son cualidades militares, no poéticas. Y no queremos disciplina ni obediencia, queremos la exactitud del instante que no dura, que no se amaña, que no se queda medrando en el prestigio que dan el tiempo y la aceptación.

En cambio, si no consumamos nuestras libertades no alcanzaremos categoría humana. Y el arte es, por excelencia, el estado humano del hombre. El hombre merece llamarse humano cuando, aún sin haber satisfecho plenamente sus necesidades primarias, es capaz de acceder a sus posibilidades de imaginación y de creación, necesidades sublimes.

Soy consciente de que uso palabras antiguas como creación y sublime, abolidas por la militancia posmoderna por ser consideradas una malsana herencia teológica y monoteísta. Yo sigo pensando que el arte es un acto de creación y no meramente la ingeniosa mezcla de unas variables para sorprender al lector, al espectador. Así mismo pienso que la belleza es una cualidad que nos hermana con la naturaleza, mientras que lo sublime es exclusiva categoría de lo humano. La belleza es una experiencia causada por las formas, mientras que lo sublime está más allá de las formas, donde la belleza ha alcanzado su invisibilidad. Por ello mientras la belleza es abrazada por los sentidos y nos invita a la contemplación, lo sublime está en conexión con el espíritu y está lleno de agitación interior y tocado de turbación y temor. (De ahí “el ángel terrible” de Rilke).

Me conmueven estas últimas líneas de tu respuesta, y me llevan a pensar de nuevo en la experiencia poética, en su relación con lo invisible, pero también con lo visible, con la experiencia sensorial del mundo, con lo cotidiano…

Soy consciente de que en la respuesta anterior he introducido otra palabra prohibida por la nueva dicta-dura posmoderna (que no por nueva carece de autoritarismo): espíritu, que es lo que queda cuando los ojos y el oído han agotado su experiencia ante la poesía y el arte. El espíritu (de spiritus= aliento) infunde vida, y tiene una raíz común con inspiración (de spirare= aliento del espíritu).

No es el retrato de lo visible lo que llama a la poesía, sino lo que proyectamos sobre lo visible: la visión. Es la visión del poeta la que nombra y modela la realidad. Pero la poesía no es una proclama, ni una declaración de principios, ni un manifiesto, ni siquiera una afirmación, no. La poesía es un documento contra el olvido, una rebelión contra la mediocridad, una conspiración contra la estupidez.

La poesía no busca su afirmación en las pruebas, que pertenecen más a las ciencias forenses y a la cartografía que al arte. La poesía atiende a las huellas, a los indicios, a los vestigios, que nos invitan a soñar. La poesía es la huella súbita del ahora mismo. Es el encuentro de una verdad desconocida que se opone a una verdad construida y establecida por el poder.

La poesía no transforma la realidad objetiva del ser humano, pero sí incide en su realidad subjetiva.

De la “visión objetiva” ya se han encargado la ciencia, la fotografía y la investigación judicial y forense, y de la descripción se han hecho cargo la narración, la historia y el periodismo. Estos se han empeñado en demostrar la realidad aguzando el ojo y el cerebro. El ojo para discernir formas, colores, luces y sombras, contrastes. El cerebro para comprobar un orden, una armonía, una coherencia.

La poesía, en cambio, agudiza su interés en la sensibilidad a través de la cual discierne vida, goce, aventura, atmósfera, sabor. El saber le interesa en la medida en que tenga sabor. Saber sin sabor es insuficiente para ella. Además, muestra sin demostrar. Aquí radica la diferencia entre la representación y la cosa, entre la explicación y la vivencia.

La poesía es el acontecimiento, no el relato del acontecimiento. Acontecimiento fisiológico, intelectual y almal.

Tanto el retrato como la narración son actitudes perceptivas, receptivas, que albergan lo que ya está dado -lo que ya existe-, y dejan un reflejo de ello: son un espejo de lo real.

La poesía, en cambio, es una acción creativa que proyecta su imaginación sobre lo que construye, que instaura una forma nombrándola. “Un alma inaugurando una forma”.

Sin embargo, siempre hay una oposición entre lo visible y lo invisible, entre lo cotidiano y lo maravilloso, entre lo inmanente y lo trascendente, y esta tensión no los escinde de manera tajante e irreconciliable, sino que constante y mutuamente se alimentan (no de manera parasitaria sino simbiótica), hasta alcanzar esta nueva circunstancia del arte hoy, que es lo sagrado secularizado.

La inmanencia es lo que queda, lo que permanece en el interior de las formas. La trascendencia es lo que lo viaja más allá de los límites de las formas mismas: trans= de un lado a otro, scendere= ascender.

Toda idea, toda realidad, todo sentimiento da un salto de alegría cuando es manifestado en poesía.

Siempre, en todo lo que has hecho, en tu vida diaria, en tu ejercicio del arte, de la música, del teatro, de la conversación con tus amigos, con tus alumnos, la poesía juega un papel fundamental. Está allí como presencia palpable, como ritmo, como estructura. En un mundo cada vez más vacío, más desamparado de belleza, menos delicado y elocuente, ¿cómo logras alimentarte?, ¿cómo logras permanecer atento, haciéndole margen a la dispersión y a la comodidad, a la fórmula de su oficio, en la que muchos artistas y creadores de hoy caen sin darse cuenta?

La poesía no es un ejercicio inusitado que se practica sólo en ocasiones extravagantes. Creo, por el contrario, que si la poesía no hace parte de nuestra vida quedará apenas como una joya lujosa que nos adorna. El arte no transforma el mundo, pero transforma al artista. Y este hombre transformado por el arte se suma a otros hombres que ha transformado la ciencia o la filosofía, y este plural heterogéneo y caótico tendrá capacidad de transformar el mundo en proporción al tamaño de su espíritu y de su voluntad. Se trata, claro, de la transformación de la materia por el espíritu, del espíritu por el conocimiento y del conocimiento por la sensibilidad. Pienso que la suma de las acciones particulares es capaz de transformar la realidad para bien o para mal, y que nuestra vida es una acción que suma.

Un crimen que se disimula constantemente es la inconsciencia sobre el daño que las acciones individuales sumadas operan en la destrucción del ser humano, del paisaje, de la naturaleza, del planeta.

Demasiadas veces la rama de la vanidad del artista no le deja ver el bosque. A cada cual en su egoísmo –que llama “albedrío” y hasta “libertad”- le importa un bledo la situación del planeta, de su ciudad, de los otros artistas. Por el contrario, cuando el Museo Guggenheim de Bilbao hace un convenio con el Museo Oteiza para obtener una serie de obras del escultor vasco para su colección permanente, veinticuatro horas después el propio Oteiza declara que si sus obras no van acompañadas de las de otros artistas vascos rechaza ese convenio.

No tiene sentido para mí tratar de hacer poesía y ser ajeno a su compañía, al aroma de su sendero, a la luz negra de su lámpara, a su canto, a su convocatoria, a su pregunta. La poesía no es un oficio. La poesía no es un género literario. La poesía no es sólo una conspiración contra la estupidez, sino que la poesía es una manera de ser, así como ser agua corriente es la manera de ser del río. De ninguna manera la analogía con el río es arbitraria, porque ni la poesía ni la vida son estáticas, sino que están en permanente movimiento. Y, así, la poesía en mutación y la vida en transformación se alimentan mutuamente. El viento se alimenta de aire, el fuego de calor, el amor de amor, y la poesía se alimenta de vida y de poesía.

El poeta y el artista pagan una deuda que no deben. Es la deuda de su sensibilidad y de su lucidez. Esa herida de lucidez es restañada con una sutura de belleza o de sabiduría. “Sólo lo que no cesa de doler permanece en la memoria”, nos dice Nietzsche.

Si la escritura es sueño, es un acto de soledad absoluta. Soñamos solos. Pero al despertar necesitamos a alguien a nuestro lado.

Hablas de la necesidad de contar con alguien más allá de nuestro propio cuerpo, de nuestro propio sueño… Yo es otro, decía Rimbaud… ¿Qué sentido tiene la otredad en tu escritura?

Se ha usado al Otro como antítesis del sujeto, para encontrar en una síntesis posterior, la identidad. Pero no una identidad que se instala y que permanece intacta a través del tiempo y las circunstancias, sino que es una identidad enriquecida por los cambios que introduce cada oposición que, a cada instante, le plantea la realidad. Desde las danzas orientales antiguas se ha implementado la “Técnica de las Oposiciones” para obtener una mayor y más rica presencia expresiva.

Entre nosotros el diálogo sólo se admite como adhesión y empatía entre varios que dicen lo mismo y se suman con tácita o manifiesta aceptación. Es una especie de monólogo a varias voces. El mutuo elogio y el auto-elogio es lo que prima tanto en las conversaciones de amigos como en las antologías literarias, que han degenerado en amigologías. Lo que busca el diálogo inteligente es encontrar en el Otro la contradicción, la oposición que siembre dudas en nuestro discurso y lo enriquezca. Con la oposición buscamos una síntesis que dude e indague por el enigma, que abra en nosotros el apetito por una belleza-otra.

No es posible bañarse en el mismo río heracliteano, no porque sus aguas sean distintas, sino porque nosotros no somos los mismos la siguiente vez que bajamos al río: ya hemos cambiado en muchísima mayor medida que el río. Es que para permanecer hay que cambiar.

Así como se ha usado el concepto del Otro para introducir movilidad en la identidad, también se ha utilizado para la segregación de culturas, naciones, razas, clases sociales, sexo, familia.

Somos el Otro para la cultura europea. Por lo tanto, no existimos sin traducción. Y los europeos carecen de interés en hacer una traducción leal. (El director de un festival en esta ciudad sostuvo que el atraso (sic) de la poesía colombiana se debía a que nuestros poetas no hablaban inglés. ¡Recórcholis! ¡Vaya dictamen!)

Se podría decir que muchos de nuestros artistas y escritores se encuentran en lo que los sicólogos llaman “el estadio del espejo”: semejantes al niño de seis meses que, empezando su formación del Yo, quedan fascinados ante su propia imagen reflejada.

Cuando en una filmación le pusieron los tradicionales espejos a la actriz Jeanne Moreau para que viera en ellos la actuación que estaba realizando, los hizo retirar diciendo que sus espejos eran los rostros del director y los demás actores, y que mirándolos sabría si lo estaba haciendo bien o no.

Deberíamos mirar al Otro, no como objeto de conocimiento, sino como sujeto de reconocimiento, como oportunidad de abrazo, de solidaridad, de amor.

El arte no es lo que refleja el espejo: el arte está detrás del espejo.

No somos nada sin el Otro. Él es, sobre todo, mi opuesto, mi crítica, mi complemento. Me mira, luego existo.

Sin el Otro soy intransitivo, intrascendente.

Sin el Otro no alcanzo a dar forma al yo.

Siempre he sentido que yo soy el Otro. El Otro de los demás.

Borges en su cuento hace del Otro al mismo Borges. En su infinita egolatría suprime la alteridad para reafirmar su identidad.

A mí, como a los brasileños en su Manifiesto Antropofágico, sólo me interesa lo que no es mío.

Hablas de la contradicción y de la oposición como posibilidades de apertura crítica frente a nuestra propia obra, frente a la obra de los demás… ¿Es esta una actitud mucho más vital que estética?

Hay cosas que duermen en nuestro interior y que no reconocemos como propias porque nos contradicen: porque quebrantan la coherencia de nuestra “personalidad”, o porque son subversivas o incongruentes con el orden impuesto por el poder social. Así, vivimos con nuestro propio contradictor adentro, que por comodidad amordazamos. Son sombras que generalmente no son asumidas por el hombre del común, porque la psique las reprime por conveniencia o por temor. Pero permanecen en letargo en el suelo de nuestro inconsciente. Es preciso recordar que letargo viene de lethe= olvido.

El poeta invoca esas sombras y asume su obra como una contradicción que palpita. Por eso la memoria del poeta no es necesariamente halagadora, complaciente o servicial. Las imágenes nos vienen en sombras, no en luces. Las palabras mismas son sombras que se posan en el papel.

Nos dice René Char, “pero sobre todo esa sombra venida de nosotros, no imaginaria, y de la que no sabemos de cuál ser o de cuál objeto, a su turno, ella es su sombra. Cuando digo objeto, digo lo mínimo. No sabemos a quién le pertenece ella, de quién continúa la carrera, algo irrevelado, capital para nosotros. A veces se le da un nombre: alma. La poesía se desliza fuera de esta sombra que quiere dar al poema su extrañamiento”.

Al asumir sus propias sombras el poeta abre un campo inmenso de posibilidades creadoras. “Dice verdad quien dice sombra”, afirma Celan.

Pero, además, está lo otro, el otro. Lo otro, la naturaleza inocente, y el otro, criminal, testigo o santo, frente a lo que tendrás que tomar posición: lo enfrentas, le ayudas, o lo ignoras.

Trato de que mi vida sea estética y de que mi estética sea vital.

Hablas de la sombra, y de inmediato, viene a mí la imagen de la Noche. Es ineludible. La Noche, madre de todas las cosas, pero también, para mí, el símbolo perfecto de lo que puede ser la escritura. Sin embargo, yo siento que tu fuerza viene del sol, de la luz que evocas en uno de tus poemas… ¿Qué es para ti la Noche, cuál su escritura?

La noche es demasiado para el pobre día… ¡ah, y el oscuro clavecín de la lluvia en la ventana! Encadenada entre oro y olvido, como dice Celan, al final, la noche se acuesta sobre todo.

En el antiguo Egipto, Ra, divinidad que constituye el epicentro de toda la visión espiritual egipcia y que personifica el sol en su plenitud es El Dios Uno, creador de los dioses.

La cultura inca tenía como deidad más importante al Dios Sol llamado Inti.

El dios sol para los muiscas es Xué, que fue creado con las estrellas, por Chiminigagua, el dios del que fue parido el Todo. El dios Xué es hermano de Chía, la luna.

No hay que menospreciar la importancia del sol. No hay nada totalmente solar, ni nada absolutamente lunar.

Decimos que el sol cae, pero no decimos que la luna cae. La luna nunca cae, ella se esconde. Cuando el sol cae, las sombras disuelven el dibujo preciso de las cosas haciendo simbiosis de objetos, plantas, personas, visiones, dioses, duendes y demonios.

En mi trasiego artístico y vital, mis tratos con la Noche han sido más numerosos y permanentes que con el día. Algunas de mis obras fundamentales, El Bar de la Calle Luna, El Sol Negro, Clave de Luna, son vivencias explícitas con la noche. En Técnica Mixta, que es un día completo, del amanecer a la noche, la parte más importante, más elaborada e imaginativa es la que corresponde a la noche y al sueño, ese día de la noche.

Dice un texto mío:

En la noche sin país los desaparecidos descansan mientras la hierba crece sin piedad en sus corazones. / Ningún recuerdo nos saluda en la noche del exilio. Ningún deseo viene a encender el fuego que el invierno del alma reclama. / Lo que llaman vida es esto que padecemos entre dos sueños. / […] La noche de destierro ha extinguido el vuelo y el canto, la belleza inextricable de la flor, las maneras tenues del ángel… / Seguimos poniendo la escudilla en el portal de la noche para dar de comer al enigma.

Y otro texto pretende la imposibilidad de nombrar la Noche:

… entonces

hundo mi sombra

en las tinieblas

y tropiezo con el silencio

que arde en las cosas

No hay risas ni bufones

todo es hondo, todo secreto.

Algo nos mira detrás del umbral

desde la silla nos llega su oscuro aliento

Lo que nos hace ver

es lo que se nos esconde

El instante sin bordes ni ecos

abre su grieta de fuego:

acallante es su lucidez

-herida que no sangra-

El sino,

incierto hilo dorado

enredado entre delgados placeres,

se aturde en nudos de olvido.

Imposible desenhebrarlo

sin reventar la línea

de su dibujo sagrado

En mi desmemoria

pierdo ese hilo de oro,

pierdo mi tiempo

Se ha hecho tópico decir que la Noche es la madre de la poesía. ¿Y quién es el padre? Pienso que la poesía nace de una fecundación de contrarios, en el crisol solunar de la imaginación. Dice el diccionario que la imaginación es un proceso psicológico superior que permite al individuo manejar información generada intrínsecamente, con el fin de crear una representación transformada por los sentidos. Es decir, esta representación resultante no es fiel copia de la información, sino una creación informada y transformada: es decir, son datos, formas intrínsecas, llevados más allá, hasta trascender las formas mismas.

La otra posibilidad, alternativa muerta para mí, sería la del hermafrodita que alcanza a fecundarse a sí mismo, una especie de Narciso que se ahoga en su espejo.

Pienso que el pintor engendra en la noche lo que concibe en el día, que le proporciona la diversidad de colores a través de la luz solar. Pienso que el poeta engendra en el día lo que concibe en la noche y que con tinta de sombras traza sobre el alba del papel. También hay pintores que sólo pintan en la noche y poetas que escriben en el día.

El artista, poeta o pintor, hace de la vigilia un sueño, hace del sueño una vigilia. Cómo, si no, ¿alcanza a soñar en el papel, en el lienzo? Cómo, si no ¿hereda la sintaxis libre del sueño? El artista no duerme, despierta para soñar. Dice Shakespeare: “estamos hechos de la misma madera que nuestros sueños”. Y dice Carl Sagan: “somos polvo de estrellas”.

Lo que importa en el arte no es el relato del sueño que se tuvo la noche anterior, que es una versión vigilada y razonada que quizás no corresponda al sueño mismo, sueño que seguramente nunca podremos reconstruir con fidelidad porque se trata de una imposible traducción de imágenes inconscientes de asociación libre, a palabras racionales con su estructura lógico-mecánica que responde a ciertas normas pre-establecidas por el poder diurno. Se busca neutralizar lo fantástico y banalizar lo sobrenatural. Se busca sustituir lo sagrado por el incienso, la magia por el circo. Se busca equivocar milagro con sorpresa, permutar deseos por entretenimiento, poesía por comic.

Por temor e ignorancia han iluminado profusamente la noche porque creen que así matan sus misterios: lo que han conseguido es borronear el cielo y sus estrellas. (La otra disculpa para iluminar la noche es la seguridad: entonces los ladrones se ponen pasamontañas creando noche en sus cabezas).

Pero, sí es difícil relatar los sueños con palabras, es igualmente difícil contar la realidad de la vigilia con palabras, porque el lenguaje no hace parte de la realidad: el lenguaje crea la realidad, imagina la realidad, la nombra. En definitiva, se escribe para recordar, o para relatar lo que está pasando, o para crear algo que no estaba antes en el mundo.

Es ciertamente difícil traducir a palabras lo que vivimos, lo que sentimos, lo que vemos, lo que advertimos o descubrimos en el día: un niño que cabalga en su potro de madera y nos deja rezagados en la carrera de su fantasía, alguien que es desarraigado de su tierra como un árbol sin sombra, una mujer que esconde un cuchillo de temor bajo la almohada de su abandono, un espejo que prolonga su engaño a la realidad que lo alimenta, un músico que se ahorca en el sol temperado de su contrabajo, un hombre que resbala en la sombra de su miedo.

Dice Borges que el mundo reinventado en la poesía existe gracias a la capacidad de soñar de unos cuantos insomnes, y que en el momento en que esos insomnes se duerman el mundo desaparecerá.

Cuando era niño no deslindaba los sueños de los días y, creyendo que los sueños eran días, los sumaba a mi realidad indiscriminadamente. Ahora agregamos realidad a nuestros sueños y añadimos sueño a nuestra difícil realidad.

Un sueño nunca fracasa: fracasa la realidad.

Lo que verdaderamente importa en el arte es la capacidad de soñar directamente en el papel.

Siempre, tus respuestas, parecen contener todas las respuestas a las preguntas que había “anticipado”. Introduces tantas atmósferas: el sueño, la vigilia, esa semipenumbra que engendra la poesía… Hablábamos de la Noche, del concepto griego de que es “la Madre de todas las cosas”, y tú, con preguntas: “¿y quién es el padre? “. Parece entonces difícil continuar, pero soy insistente… Y quiero preguntarte por ese periodo en sombras que es la infancia. Rilke decía que era la verdadera patria del hombre, pero ¿lo es? ¿Por qué la infancia es tan cercana al sueño, a ese duermevela del que nos viene todo un mundo codificado que intentamos descifrar el resto de nuestras vidas?

Dice Vernant en Mito y Pensamiento en la Grecia Antigua, que “la no-madurez vive en estado de pais, en las faldas de su madre, como niño grande”.

La relación entre país y niño ha sido íntima, llegando a constituir una indestructible sinonimia espiritual. País y paisaje son construcciones vivenciales, no políticas, y, como sabemos, vida y política, geografía natural y geografía política, casi siempre son opuestas. El paisaje requiere un punto de vista. El paisaje de la infancia es nuestra primera oportunidad de construir una visión de mundo. Ese paisaje de la infancia, que nunca se deformará en postal, se asume como un arquetipo con el que soñamos, y con el que evaluamos los paisajes adultos posteriores.

No me gusta la palabra patria tan abusada y explotada por el machismo militar y político. “La patria es el último refugio de los canallas”. Pienso que los poetas tienen una relación más sustancial con la matria, con la naturaleza. Dice Julia Kristeva que la matria es otro espacio, un lugar interior en el que es posible crear un “cuarto propio”.

Como bien dices, la infancia sucede entre sombras, y permanece oculta en la inconsciencia, pues apenas recordamos un pequeñísimo porcentaje de lo vivido y padecido en ella. Vivimos para tratar de borrar los terribles miedos e injusticias de la infancia, que luego se camuflan entre las tinieblas del inconsciente. Así mismo, el sueño sucede entre sombras, se encubre en el silencio de la noche. Ese vivir entre sombras hermana infancia y sueño. La palabra poética es luz que camina entre esas sombras y que desea ver. (“Ver con la palabra” podría ser una buena definición de poesía). Por eso el psicoanalista reclama una versión en palabras de un sueño que ha sido visual y de libre asociación, sabiendo y disculpando que en esa traducción siempre hay traición.

Hay un deseo infantil que nunca muere: iluminar el desván, esculcarlo para descubrir algo nuevo en lo viejo, o para recordar. Recordar es volver a pasar por el corazón.

¿Es el poeta ese niño grande en estado de pais, del que habla Vernant?

En un escrito digo:

El sueño precede a la palabra. Pero hay un espabilar que precede al sueño. Es el momento menos ostensible y más difícil de nombrar. Es el momento poético que todavía no ha encontrado lugar ni expresión en la palabra. El instante que desea abandonar su no existencia, que quiere encontrar su comienzo.

El equilibrio del silencio empieza a romperse con la repulsa de una tensión inestable que llama, y la palabra camina contra el viento y los trofeos trazando un sendero a través del bosque de miradas, hasta llegar al cruce donde deseo y libertad se encuentran, se abrazan y se hacen uno. El goce del deseo y el goce de la libertad subvierten el camino que la palabra misma ha trazado.

La palabra allí todavía no se ha instalado en la consciencia. Todavía vuela. Todavía no hay hallazgo. Todavía no hay asombro. Con espontaneidad la palabra se lanza al vacío sin tiempo para el arrepentimiento, sin espacio para la esperanza. Un fervor te convoca. Una risa te rechaza. En su renuncia, la palabra poética establece su soberanía.

La mano conduce como lazarillo del ciego zahorí del entresueño, donde consciencia e inconsciente aún no se excluyen ni pelean. Allí donde voluntad y azar no se oponen. Allí donde una cabeza demente puede apoyarse en unas manos sensatas.

¿Y cómo puede el poeta, más cercano a la naturaleza, como tú dices, a la matria, vivir y pensar y sentir y escribir un país como Colombia, donde cada vez hay menos árboles y más injusticia, menos solidaridad y más muertos, menos generosidad y más corruptos, menos conciencia y más mediocridad?

Aquí se hace necesario recordar a Bertolt Brecht:

Verdaderamente, vivo en tiempos sombríos.
> […] ¡Qué tiempos éstos en que
> hablar sobre árboles es casi un crimen
> porque supone callar sobre tantas alevosías!

Debo advertir que no está sólo la matria, está también el mundo, el otro, lo otro, sí mismo.

En tiempos luminosos el poeta canta, o pone sombra para poder ver.

En tiempos sombríos el poeta desvela, señala, o ilumina.

Pero toda metáfora, toda analogía del poema, tiene un correlato en la realidad.

Nos ha correspondido vivir en uno de los países con la naturaleza más biodiversa del planeta: el más rico en aves (1.870 especies) y orquídeas (3.500 especies), 467 frutas diferentes; con el mayor número de ecosistemas: selvas húmedas y secas, sabanas, bosques de clima templado, de niebla, alto-andinos, ríos, arrecifes de coral, ciénagas y manglares. Esto nos habla tanto de su belleza como de su riqueza. La belleza es una de las formas visibles de la riqueza. Además, posee el 44.25% de los páramos sudamericanos y 2.990 kilómetros de costas marítimas; tiene 26.186 especies de plantas y 1.674 de líquenes clasificados.

Pero a su vez, humanamente, es el segundo menos equitativo de América. Nos ha tocado vivir en un sistema capitalista neo-liberal cuyo corazón es la ganancia, y su finalidad la acumulación de riqueza, lo que hace irrealizable una convivencia con equidad de oportunidades y realizaciones, e imposible la práctica de una auténtica democracia donde todos pudieran participar cuando lo desearan. Aquí no es factible una convivencia social que haga viable la igualdad de posibilidades en la satisfacción de las necesidades materiales y culturales, ni la proyección de los imaginarios colectivos e individuales.

Nos ha tocado un país donde tanto las fuentes de producción de riqueza como su distribución están concentradas en poquísimas manos, las mismas que acaparan el poder político para seguir diseñando leyes y emitiendo decretos que los favorezcan a ellos mismos, en contra de los intereses de la mayoría de los colombianos. El injusto resultado social es que Colombia es el octavo país con mayor concentración de la riqueza en el planeta, según lo delata el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo.

Colombia es el único país del mundo que ha tenido una contra-reforma agraria sin haber hecho antes una reforma agraria, una Contra-reforma religiosa sin haber tenido Reforma, una contra-revolución paramilitar sin realizar ninguna revolución, que llegó a la palabra sin haber escuchado al silencio, que llegó al silencio sin apenas decir nada…

Un país donde los “rebeldes domesticados”, valientes ante sus amigos y pusilánimes ante el fascismo de derecha y de izquierda, exilian sus sueños en el bar, y aceptan la burocracia y las subvenciones estatales y capitalistas como soborno vergonzante a su cobardía y su incoherencia.

Quienes han propagado entre nosotros la buena idea de cambiar el mundo, se han negado a cambiar ellos mismos. El lenguaje que usan, que debiera ser liberador, es el mismo lenguaje del poder. Es decir, es subsidiario del lenguaje del opresor. Por eso se les hace tan fácil recibir parte del botín del poder, sin escrúpulo alguno. Por eso se les hace fácil participar de la sociedad del espectáculo, sin el menor reparo. Sociedad del espectáculo que no sólo es permitida, sino que es diseñada y aupada por el poder mismo. Por eso tan dócilmente se someten a su normatividad y vigilancia.

Quien desea un cambio social o personal precisa encontrar un lenguaje-otro.

Quien anhela la libertad debe liberarse a sí mismo emprendiendo su propia guerrilla interior contra su hipocresía, su ansia de poder, su conformidad, su autocomplacencia.

La vertiginosa industria del entretenimiento, sujeta a las leyes del espectáculo, ha sido impuesta como el posmoderno remplazo de la lenta y evolucionada cultura moderna. Toda experiencia del arte hoy está sometida a la lógica de divulgación de los mass media, y a las leyes del populismo estético.

La velocidad del proceso civilizatorio, con su producción, su distribución y su consumo atentan contra el tiempo biológico del proceso poético. La velocidad del cambio de imágenes no permite la lenta evolución natural de la imagen en mito. El vértigo de las prácticas sociales, que remplazan unos modelos por otros, ha determinado la desaparición de los ritos. Las modas han aplastado las maneras, las costumbres, los estilos. La velocidad depredadora de las acciones políticas hace ver la ética como una inútil antigualla, que lo único que hace es estorbar y perturbar la distribución y consumo de los nuevos modelos ideológicos globalizados, envasados con etiquetas ligth. Al fin, lo único que verdaderamente les importa es el mercado y su ganancia.

Nos ha tocado escribir entre cuchillos reales, virtuales, y metafóricos.

Nos ha tocado escribir entre la infamia, el analfabetismo y la indiferencia, que es el peor atentado contra la salud del poeta y su palabra.

Nos ha tocado vivir entre la impune corrupción de los “gestores culturales” y su descarado tráfico de influencias. Lo que no perdona un gestor, un curador, un director de festival, un editor, un gerente cultural, un funcionario estatal, un galerista, es la independencia insobornable de un artista, el transparente y refinado silencio de un poeta. Al que promocionan es al artista comercial que le sacan el 50%, o al escritor adulador del que obtienen su secreta complicidad a cambio de una invitación, unas copas, o alguna publicación. Los gestores culturales y los productores técnicos se quedan con más del 70% del presupuesto destinado a la cultura, mientras los poetas y artistas jóvenes no encuentran cómo publicar su libro ni dónde mostrar su obra plástica.

En Medellín han disminuido de manera alarmante los índices de lectura y se han cerrado las tres librerías más importantes de la ciudad, entre ellas la Librería Continental, que era la que mejor poesía ofrecía en el país. En la encuesta de percepción ciudadana de “Medellín Cómo Vamos”, el resultado fue que en 2015 el promedio de libros leídos por personas mayores de 18 años fue de 0.65 y en 2014 de 0.9. ¡Disminuyó! Menos de un libro al año leen mis conciudadanos que atiborran las fotografías de cualquier festival.

Y, si la evaluación se hace a través de la óptica política como algunos gestores político-culturales que se presentan como los ungidos redentores de la ciudad pretenden hacerla, los resultados son todavía más lamentables: hoy, Medellín es más “uribista” (léase fascista) que hace diez, doce años. Lo demuestran tanto las elecciones como las opiniones de los dirigentes políticos, económicos y periodísticos, tanto el ambiente en la calle como en las horrorosas redes sociales.

Desde 1850, Juan de Dios Restrepo hablaba de la necesidad de una literatura que se preocupara del “curioso contraste que presentan en Antioquia los progresos materiales y el atraso intelectual, el sentido de independencia al lado de esa ignorancia supina en las cuestiones públicas y de ese indiferentismo estúpido con que se dejan gobernar por ciertas notabilidades retrógradas”. Le resultaba inconcebible que esas notabilidades, el clero y los “gamonales”, en lugar de pagar sus contribuciones públicas “directas” y de promover la cultura en el pueblo, sólo se dedicaran a “fanatizarle e inspirarle pasiones rencorosas”. Esto parece dicho hoy, ciento sesenta y siete años después. Nada ha cambiado desde entonces.

La cultura nuestra es la cultura de los derrotados.

“¿Quién habla de victorias? El resistir lo es todo”, nos insiste Rilke.

Es más que desalentador el panorama que pones en evidencia, panorama que no todos tenemos la capacidad de ver con ojos críticos, sin excusas, reconociendo la fuente y el nombre de todo este horror. Pero hay que seguir. Hay que resistir. Y por eso vuelvo al arte, a la poesía. Ya dimos una vuelta reveladora alrededor del barrio, de la casa. Volvamos al interior, allí donde se cuecen todos estos paisajes de luz y de sombra. ¿Cómo escribe Samuel Vásquez? ¿Cómo es ese silencio anterior a la palabra, cómo es ese silencio posterior?

¿Podríamos decir que poesía es un silencio significativo entre dos ruidos?

No hay silencio anterior: hay ruido. Y después de la poesía el ruido arrecia su combate por recuperar su dominio en el mundo.

Algunas veces alcanzamos un silencio posterior, gracias a la potente acción de la poesía.

¿Cómo neutralizar el ruido del mundo para poder escribir? Escribiendo encima del ruido, en una especie de palimpsesto. No logramos suprimir el ruido del mundo, pero podemos usarlo como soporte: que el silencio de la poesía transforme el ruido en una textura sobre la que la palabra se imponga. Por eso hoy el oído para la poesía tiene que ser más fino, más atento. Y resulta de importancia fundamental: el silencio creado por la poesía hace posible oír, escuchar.

Ya no podemos escribir sobre el alba inmaculada del papel como antes. Ahora nos toca escribir sobre la superficie oscura del ruido, y no es suficiente ni conveniente taparse los oídos. Ahora somos conscientes de que todo papel tiene un ancestro de árbol, lo que nos hace mucho más responsables de cada palabra que usamos. Por eso, toda palabra imbécil es antiecológica, atenta contra la naturaleza.

Hay necesidades primarias, vitales, como la ropa para abrigarnos; secundarias, de fantasía, como elegir el estampado de nuestra ropa; terciarias, transformadoras, que construyen nuestro entorno; y, por último, están las creadoras, sublimes, que exaltan y trascienden el sentimiento o la consciencia: en esta última clase de necesidades está el arte, la poesía. Quisiera que mis escritos hicieran parte de estas necesidades sublimes, pero hacen parte de las necesidades primarias. Mis escritos son la ropa elemental con que me protejo, igual al mendigo que cultiva su mugre para protegerse del frío.

Escribo sólo por una necesidad primaria. No hay lujos ni fantasías en mi escritura. No elijo el estampado de mis palabras. Van desnudas por el mundo para escándalo de algunos. El único lujo es haberla escrito. La única fantasía, que alguien la lea. Y hay gratitud por esas dos posibilidades.

Siento que este diálogo nuestro ha tenido varios momentos, varias texturas, formas, colores diversos… Y es en sí mismo un comienzo y un final en cada pregunta, en cada respuesta, lo que hace difícil continuar, lo que hace difícil cortar su respiración… Quiero preguntarte, para ir apretando la soga, por el papel del lector, esa sombra a la que nos referimos siempre para darle un sentido distinto y ajeno a nuestra “necesidad primaria” de escribir, para encomendarle la incierta labor de “completar” con su lectura eso que escribimos…

No he sentido la compañía de lector alguno. No he tenido la experiencia del lector. No existen lectores de ensayo, cuento, dramaturgia o poesía en este país. Y mucho menos aún en esta ciudad embrutecida por sus dirigentes políticos, económicos y sus programadores de entretenimiento, festivales y ferias. La gente remplaza el ensayo con las columnas periodísticas, el cuento con los cuenteros de entretenimiento, la dramaturgia con las telenovelas, la poesía con las tontas canciones de los raperos.

Y, para empeorar el desastre, ha aparecido una nueva subespecie de lector que busca en los textos una frase que le sirva de eslogan para su twitter, o para poner en una pancarta de un festival.

En este país analfabeta no hay sombra alguna de lectores que acoja ni proteja de la intemperie. Por eso resulta peripatética la pantomima principesca que montan algunos escritores en su búsqueda afanosa de fungir como personajes conspicuos en un país donde no se leen libros de poesía, ni de ensayo, ni de cuento y muchísimo menos de dramaturgia.

La lectura como recepción artística no constituye un rito por el cual se reafirma la fe a una verdad única, definitiva e indivisible, sino que se abre como un abrazo de solidaridad con lo que la obra es. La doctrina mata el diálogo, y lo que propone la poesía es un diálogo invencible, donde no hay dominio del poeta sobre la obra sino convivencia amorosa, y es ese mismo comportamiento amoroso el que se exige al lector para acceder a ella.

No se trata, pues, de una experiencia que nos someta, que se nos imponga convirtiéndonos en apenas elementos pasivos de su acontecer, de su “fuerza histórica”. No. La recepción poética es una experiencia que genera conciencia, y ésta a su vez determina el tipo de experiencia.

La recepción poética no es una actividad notarial, no es una verificación de lo que tenemos delante. No es una actividad objetiva, es un acto crítico y escéptico, intuitivo y anárquico, y sobre todo vivencial, porque la poesía no es, está siendo. No puede reducirse a un simple acto de comunicación, porque aquí la comunicación es apenas uno entre muchos otros fenómenos como la transubstanciación, la transfiguración, la comprensión, la sublimación, la significación. Parece más una comunión.

En este país el escritor está obligado a ser él mismo su lector. Sólo raras veces algunos tenemos la suerte de tener un amigo escritor que nos lee. Es decir, gozamos de un único lector sensible e inteligente, con potestad para destruirnos en un abrazo.

Algunas veces yo he sido el otro, lector de algunos de los más significativos poetas y escritores de este país. Más de diez libros de los que he sido privilegiado lector de los “manuscritos” han recibido premios importantes de poesía, novela y ensayo. Pero también un libro completo de poesía y una novela de reconocidos escritores terminaron en el cesto. Este oficio de lector es esencial, y debiera reconocérsele el relieve y la ascendencia que tiene.

Volvemos, pues, al otro, a lo otro, pero según tus palabras, ¿podríamos decir que esta época, con su aparente interconexión y sus redes sociales es la de mayor soledad para el poeta, para el artista? ¿De qué está hecha esta soledad?

Anteriormente la soledad era elegida y aceptada como una circunstancia necesaria del silencio. Se anhelaba ese silencio que todo oye.

Alguna vez dije que lo primero que todo creador debe crear es la nada, es decir, el espacio para la creación. Este espacio no viene dado de antemano: es preciso crearlo. Este no es un espacio sin nada, este es un espacio lleno de nada. Es en esa nada donde la obra vivirá.

Antes que el sonido hay que escuchar el silencio de las palabras: su escritura es la sombra de ese silencio. Y es necesario callar para oír las voces del silencio.

El silencio no existe antes de que el poeta llegue. El silencio es creado. Es necesaria una desocupación de todo sonido, una deconstrucción de todo ruido. Más que un vacío en los oídos, es una presencia callada en el espacio, en las cosas… en la mirada. “Restablecer el silencio, este es el papel de los objetos”, dice el Molloy de Beckett.

Hoy la soledad está llena de ruido, de gritos, de aplausos inanes, reales y virtuales.

Hoy el poeta, en su posmoderna soledad, está pegado del Facebook buscando que le digan que es un gran poeta, el mejor, el incomparable, sintiéndose aceptado sin saberse leído, y acompañándose de eso. Publica sus tristes fotos de histrión para recibir “emoticones de carita feliz”, “me gusta”, “qué linda foto”. El poeta ha remplazado el abrazo real por el abrazo virtual, la fina y comprometida amistad real por la fácil amistad virtual.

Muchos poetas han hollado su soledad, y el silencio ha quedado atestado de ruidos que taparon la musitación que llegaba a sus oídos. Las musas han sido relevadas de su función musitadora, y han sido remplazadas por el megáfono de los vendedores de espurios éxitos.

Se quiere sustituir el modo musitador de la poesía y su acento pianísimo por el modo y acento conversacional, militante o intelectual, en donde el debate, la ironía, el chiste, ocupen todo espacio, todo atril, toda tribuna, y la biblioteca es reemplazada por la gradería y el micrófono.

Esa atención de oídos finos para alcanzar a escuchar a las estrellas de la que hablara René Char, hoy a casi nadie interesa. El poeta ha sido distraído, y él disfruta con esa distracción que acepta y le satisface. Estamos repletos de escritores satisfechos, tanto en sus panzas como en su intelecto y en su conciencia de biempensantes y políticamente-correctos.

Siempre será preferible una soledad bien acompañada, y un silencio que susurra.

Una de las cosas que siempre me ha llamado la atención es la urgencia maniqueista de calificar la poesía de clara u oscura. Incluso yo misma he hablado en alguna oportunidad de los poetas del día y de la noche, siendo estos últimos aquellos que hemos catalogado de difícil lectura. Sin embargo, ¿no es la poesía, cualquiera que sea su lenguaje, si es poesía, difícil, exigente? Pero ahora que hablamos de la soledad, y de aquellos poetas que pretenden atraer a todos los posibles lectores con poemas “al alcance de la mano”, ¿qué piensas de estas dos vertientes de la poesía? ¿Crees que hay una poética cotidiana, por decir algo, y otra hermética?

Como en toda materia y asunto del hombre, de la naturaleza, del universo, y de las relaciones urdidas entre ellos, hay unas cosas más simples y fáciles, y hay otras más complejas y difíciles, hay unas más evidentes y hay otras más misteriosas.

Nuestra vista choca constantemente contra lo evidente que ocupa parte del mundo de manera simple y rotunda, sin reclamarnos atención ni conciencia sobre ello. El misterio, en cambio, habita invisiblemente el mundo y para acceder nos exige sagacidad en la sensibilidad y agudeza en la intuición. Ya sabemos que lo visible es el traje manso del terror que nos ocultan.

Tanto en física, como en medicina, como en la vida, hay problemas simples de fácil resolución, y hay problemas complejos de ardua y laboriosa solución. Hay escritores que gastan su vida repitiendo lo evidente como una tautología innecesaria sobre lo real, sobre las cosas, y hacen una literatura de empatía total con el lector para secuestrar su capacidad crítica y someterlo al entretenimiento más ramplón. Ignoran que la realidad se esconde detrás de su propio espectáculo. Que cuando nada pasa, hay un milagro que no estamos viendo.

Pero, no porque un poema sea elemental deja de ser poesía. Y tampoco porque un poema sea complejo u oscuro deja de ser poesía. Sin embargo, no hay poema tan hermético que no se pueda penetrar. Todo poema lleva consigo la llave que lo abre. El arte es el misterio y la llave que abre el misterio. Pero, en este mundo de comida rápida, amor casual, cine de acción, televisión obvia y literatura de auto ayuda, se ha extendido una pereza del lector para toda literatura de cocción y digestión lenta, y, sobre todo, para la poesía que detiene la carrera del peatón sin tiempo para degustar y reflexionar, apurado implacablemente por su cotidianidad. Estamos en la sociedad de consumo de lo obvio. Etimológicamente obvio es “el camino fácil”, es lo que se pone “al alcance de la mano”, como tú dices.

Claro que no se pueden usar las mismas palabras para nombrar un objeto simple como una taza de café, y un misterio oscuro como la muerte o luminoso como la amistad. Pareciera que las cosas arrastraran tras de sí sus propias palabras, pero hay que aprender a oír lo que las cosas dicen cuando no las estamos mirando.

Si tratamos las cosas profundas como si fuesen una taza de café, estamos falseando su esencia, estamos ignorando su hondura, estamos siendo insensibles a su aura. “Sentir el aura de una cosa es otorgarle el poder de alzar los ojos […] Esta es una de las fuentes de la poesía”, nos dice Benjamin.

Así mismo, cuando tratamos la taza de café como si fuese el Arca de la Alianza, estamos falseando tanto el Arca como la taza.

Además, hay algunos escritores desatentos y despreocupados que se contentan con una mirada superficial sobre la vida, con una postal del paisaje que atrae a los turistas del arte; y hay otros que por sensibilidad, intuición, inteligencia, curiosidad, interés y conocimiento ven más allá de la piel, de la anécdota. Algún médico liviano ante un morado en la piel receta una pomada cosmética, y otro más atento descubre una grave trombosis. A muchos les había caído una manzana en la cabeza antes que a Newton, y se contentaron con comérsela.

Está el tema con sus voces, está la mirada con su capacidad poética, está la intuición que se adelanta y se sumerge, está el conocimiento que ilumina, está la palabra que nombra, está el tratamiento con sus tonos, sus ritmos y sus polifonías. En poesía todos los elementos constitutivos son importantes. En cualquier eslabón la cadena puede romperse, por falta de sensibilidad o de conocimiento hacia el tema elegido, o de intuición para desvelar lo que hay detrás del espejo, o de talento musical para cantar, o de precisión en la elección de las palabras justas para decir lo que las cosas callan.

¿A qué podríamos llamar intuición?

La intuición es un exceso de velocidad de la sensibilidad.

La intuición siente por anticipado. Es un pre-sentir.

La intuición parece que llegara de pronto, sin motivo, sin proceso alguno, sin un por qué. Lo que sucede es que es tal su velocidad que llega sin palabras, y queda la tarea de encontrarlas. Y como no viene por el camino convencional de la razón, no sabemos cómo explicarla.

La intuición nace en el hemisferio derecho del cerebro que utiliza millones de bytes por segundo. A esa velocidad la razón queda rezagada inevitablemente, siendo de tal envergadura su retraso, que se ofusca. Y en su ofuscamiento la razón niega toda vigencia y legitimidad a la intuición. Pero la poesía la desmiente serenamente.

La razón siempre está atrapada en su coherencia con el marco de premisas que se impone como punto de partida, proclamando su principio de no contradicción. En cambio, la intuición, propensa a la conspiración, irrumpe sin pedir permiso, sin dar explicación alguna, a veces a contradecir lo establecido. Entonces la razón la niega con más rabia, porque siente que la intuición llega sin respetar las normas que ella ha establecido. Y en su rabia, la razón se ciega.

La intuición es una epifanía.

Hemos hablado de tantas cosas y quedan tantas otras en el tintero que la entrevista parece no tener fin… Quiero preguntarte a la luz de toda esta conversación, de este Ver con la palabra, ¿cómo será todo después?

Los textos sagrados de la Humanidad, como el Libro de los muertos egipcio, o el Bardo Thool (“Libro de los muertos”) tibetano, hablan de esa luz que nos será dado contemplar desde el otro lado del espejo.

El mágico trasiego por el arte y la poesía nos ha dado el privilegio de contemplar esa luz desde aquí, de errar desde ahora por el otro lado del espejo, sin tener que pagar el luctuoso tiquete de la muerte.

Eso no nos impide disfrutar con alborozo la exultante luz de este lado. Así, hemos albergado amor con esplendidez, hemos compartido amistad con solidaridad, hemos vivido el momento con lealtad, hemos mirado el futuro con videncia, hemos sido severos con el poderoso y mansos y dulces con el indefenso, y nos hemos asilado en el arte y la poesía con dignidad, imaginación, sensibilidad, conocimiento y asombro. Y el asilo es sitio inviolable

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