Que pene por un piropo

Por Jotamario Arbelaez

La Sonrisa Vertical (vaya nombrecito), esa deleitosa colección española disparada al mundo del erotismo por el cinematografista García Berlanga,

antes de su cierre lamentado por la derecha –y también por la izquierda– de todo el mundo,

me había solicitado que le concediera uno de mis títulos más rijosos,

con lo que seguramente iba a lograr nombradía planetaria, y por consiguiente llenar la bolsa.

Como en La Sonrisa había leído El coño de Irene, de Aragon, les propuse inicialmente La chimba´e Lola, pero me dijeron que el título era algo barroco.

Me tomé entonces mi tiempo en prepararles algo que no desmereciera del Satiricón de Petronio, ni del Erótica Biblión de Mirabeau, ni del Decamerón de Boccacio, ni del Heptamerón de Margarita de Valois.

Y alisté una paella de 69 relatos tomados de la realidad de la prensa a los que titulé El Sexamerón.

Me tomé demasiado tiempo, siguiendo mi costumbre con estas lides,

y cuando el pdf llegó a destino la colección había prácticamente fruncido, como se dice de tanto jopo.

De allí que, para salir de esta especie de coitus interruptus editorial,

me decida a publicar a través de mis columnas de prensa, lo que leí en las noticias.

Presento un ejemplo de algo sucedido hace algo más de un cuarto de siglo:

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“No fue precisamente un Adonis el varón colombiano despojado de su herramienta por obra y gracia de las adoratrices de santa Lorena Bobbit,

la tristemente célebre castradora del ex infante de marina de Virginia que la violaba.

En este mismo recuadro, en noviembre del 93, cuando se presentó el caso en Manassas, demandé con profética ira que los derechos humanos –y los divinos–

(Todo hombre tiene derecho a mantener sus cojones donde el Señor se los puso)

estaban siendo atacados en el sitio más sensible, y que había que buscar ponerle el debido tatequieto a este resabio perturbador de quienes se las tiran de mártires.

Desde el andén desportillado de su rancho en una vereda de Tuluá, donde estaba sentado bien tranquilo fumándose un cigarrillo luego de podar un arbusto con sus afiladas tijeras

–según recordó este humilde despalomado de cuarenta abriles–,

vio pasar las dos más bellas jovencitas que hubiera contemplado en su triste vida,

con los cabellos rubios hasta el sacro y en maxifalda, verdadero par de ángeles con unos culos, que no pudo contenerse y, con el más cortés ademán,

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luego de preguntarles de qué cielo eran forasteras,

las hizo proseguir al desconchado recinto que se llenó del luz ante tan selecta presencia.

Para Marco Tulio Vélez Aponte, era el día más feliz de su puerca vida. Se le había cumplido el milagro,

ese por el que oramos todos los hombres: dos mujeres bien bellas prestas para uno solo, en la santa paz del cuarto.

De entre sus alas sacaron una media de aguardiente que él al principio no quiso recibir pensando que era nepentes,

el licor de los dioses que cura todos los males pero produce el olvido,

pero ellas lo besaban por todas partes hasta lograr convencerlo,

y creyó como Adán, y cayó como Lot con sus hijas cuando le ofrecieron un chicle que era el propio paraíso en su boca,

y sintió tanto sueño que les solicitó permiso para dormir y ellas se tendieron justo a su lado.

Hasta allí la crónica edénica. Marco Tulio no debió despertar y hoy estaría entre nosotros los bienaventurados.

Pero cierta humedad en la entrepierna lo volvió a su corregimiento de Mateguadua, o sea a la realidad del infierno.

Se llevó la mano a la sínfisis del pubis en busca del pene, palo o palomo,

y en medio de la habitación vacía, mientras su hijo de cinco años tocaba a la puerta para pedir para el pan,

se dio cuenta de que había sido emasculado, vulgarmente capado por las diosas de lengua extranjera.

Nadie vio nada en la vereda. Nadie dio razón de las viejas y por ninguna parte apareció el objeto hurtado. Ni las tijeras.

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Y todo el mundo se abstuvo de pedirle al señor alcalde de Tuluá, Gustavo Álvarez Gardeazábal, que investigase,

porque ahí sí que se hubiere acabado de perder el dichoso pene.

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