Orientación Lacaniana III

Orientación Lacaniana III

Jacques-Alain Miller

Primera sesión del Curso 2011/miércoles 19 de enero 2011

( I )

Pues bien, les doy los buenos días.

Si ubiqué lo que pude decirles el año pasado bajo el título Vida de Lacan, me pregunto si fue acaso para conversar con Uds. este año acerca de la obra de Lacan. Vida y obra es un binario conocido, pero, a decir verdad, ¿existe la obra de Lacan? Si hay un término ausente a lo largo de su producción, un término del que Lacan no se vale jamás para designar el fruto de su trabajo, es precisamente el de «obra» (l’œuvre). Con mayor precisión, insistió en presentar lo que ofrecía al público sólo como entradas (hors-d’œuvre), si puedo expresarme así, anunciando indefinidamente el plato principal; toda una variedad de entradas destinadas a abrir el apetito para lo que habría de venir a continuación.

¡Sigue en el próximo número! Lacan nunca propuso un menú, como no sea bajo la forma de una novela por entregas, en la tradición del folletín. Si la actualizamos, la encontramos, por ejemplo, en las series de televisión que responden al modelo americano y hoy están de moda. Año tras año, en ellas se ve salir al ruedo a los mismos personajes, embarcados en nuevas aventuras. El Seminario de Lacan es una serie de este tipo.

Si puede hablarse de la existencia de una obra en Lacan, el eje de esa obra lo constituye en todo caso el Seminario. El Seminario es, me atrevo a decir, la Gran Obra de Lacan (le Grand Œuvre),1 un interminable work in progress cuyo cuerpo abarca no menos de veinticinco libros, como los di en llamar, que van desde «Los escritos técnicos de Freud» hasta aquél al que acordó el título de « El momento de concluir ».

Ese cuerpo de veinticinco libros aun resulta desbordado en sus extremos: antes, corresponde situar dos Seminarios, ofrecidos en la intimidad de su casa; se ocupa en ellos de dos casos de Freud: «El Hombre de las Ratas» y « El Hombre de los Lobos ». Y después de «El momento de concluir», siguen tres Seminarios. Dos de ellos están consagrados a la topología de los nudos y llevan por título, respectivamente: «La topología y el tiempo» y «Objeto y representación». De este último queda muy poco; a partir de lo que permite recuperar la copia taquigráfica, pude poner a salvo algunas articulaciones. Del tercero y último, contemporáneo de la disolución de la Escuela Freudiana de París, así como del intento de Lacan de crear una nueva Escuela, subsisten íntegramente las lecciones escritas por anticipado.

Se trata, en suma, de una amplitud que se extiende a lo largo de treinta años, entre 1951 y 1980. Treinta años que constituyen, se diría, la época lacaniana del psicoanálisis, si no fuese porque se hacen necesarios otros treinta años más aún para que ese Seminario termine de cobrar una forma cumplida.

En eso estamos. Es decir, el conjunto está allí, o casi, porque todavía falta la publicación. Evoqué recién los dos Seminarios topológicos de Lacan; lo que pudo ser recuperado de ellos será publicado bajo forma de anexo del Libro XXV, «El momento de concluir». En cuanto a los dos Seminarios iniciales, sólo disponemos de indicaciones para el segundo de ellos, aquél consagrado al Hombre de los Lobos. Se trata de notas de los auditores que circularon entre los alumnos; cuento publicarlas con el último de los Seminarios, el contemporáneo a la disolución de la Escuela; lo haré en un pequeño volumen titulado «En los extremos del Seminario» / «En los confines del Seminario» (Aux extrêmes du Séminaire).

Recapitulando la publicación por venir del Seminario, diré que reúno en un volumen los Seminarios XXI (Los no incautos andan errantes / Les non-dupes errent) y XXII («RSI»), y en otro el XXIV («L’insu que sait …») y el XXV, «El momento de concluir». Entonces, aparte del pequeño volumen referido a los extremos del Seminario, quedan otros ocho por publicar. Trataré de convencer al editor para que vayan apareciendo a razón de dos por año. Como las intenciones de su parte son las de seguir un ritmo de uno por año, cuento con la insistencia de la que sabrá valerse la vox populi, para manifestarse de manera tal que logre acelerar esa producción editorial y dispongamos por fin del séquito de los Seminarios que deja tras de sí Jacques Lacan.

Decía, entonces, que Lacan nunca habló de «mi obra» (fem.); no era por eso que hablase más de «mi teoría», sino que la designaba como «mi enseñanza». No pretendió ser un autor, no se pensó como tal ni se identificó con la posición del autor, sino con la del enseñante. Como este ha sido desgastado por el mal uso que se hizo de él, recurramos a uno empleado por el propio Lacan, el de enseigneur (2).

Esto no quiere decir sólo que su Gran Obra (masc.) es oral.

¿Cómo se distingue un autor de un enseigneur? Ocurre, en primer lugar, que el autor tiene lectores, en tanto el enseigneur tiene alumnos. Más aun, el autor habla potencialmente para todos, en tanto el enseigneur habla para algunos, para un cierto grupo. Esto nos evoca, por supuesto, los happy few desde Shakespeare hasta Stendhal.

Ese pequeño número que constituía el auditorio a quien destinaba Lacan su discurso, destino constante más allá de los obstáculos y las dificultades que determinaron la renovación de esa audiencia, eran psicoanalistas. Lacan eligió delimitar ese auditorio de manera tal que resultase compuesto por psicoanalistas y específicamente, por aquellos que se desplazaban para escucharlo, psicoanalistas que aportaban su cuerpo como uno lo aporta a una sesión de psicoanálisis.

Si la publicación del Seminario se demoró tanto durante la vida de Lacan -diría que así fue hasta mi llegada-, no es sólo debido a la incapacidad de los demás alumnos para asegurarla, ni tampoco sólo a causa de las exigencias y de las reticencias que habría manifestado al respecto Lacan. Ocurre que la materia misma de ese discurso, dirigido a un pequeño número, en cierto modo entraba en contradicción, resultaba antinómica de lo que representaba venir a ofrecerla a quienquiera que fuese en librería y Lacan, en definitiva, se habituaba muy bien al hecho que sus Seminarios se acumularan en un pequeño placard, Rue de Lille, placard que abrió un día delante de mí.

No cabe duda que al mismo tiempo, ejercía en él una presión importante el anhelo de que todo eso no quedase allí. Pero fue necesario que surgiese la ocasión y surgió tardíamente. El Seminario sólo se convierte en obra (fem.) y Lacan en autor por mediación, por intermedio de un otro que toma a su cargo esa transformación, que se posiciona como el agente de ella.
¿En qué consiste dicha transformación? En pasar de aquello que fue más o menos audible al registro de lo lisible. Una transformación que, si puedo decirlo así, universaliza el discurso.

Sin duda Lacan ha sido, por otra parte, un autor. Allí están los «Escritos» y, desde hace diez años, los «Otros escritos». Por cierto, Lacan empezó a escribir antes de hacer su Seminario, pero una vez iniciado el Seminario, sus escritos son, según sus propias palabras, otros tantos depósitos, cristalizaciones del Seminario; son recortes, desechos, desprendimientos del Seminario; testimonios de los momentos en los que él había sentido que se manifestaban allí especiales resistencias a seguirlo. Se trata también, cabe decirlo, de manera muy general, de ocasiones que suscitaron en Lacan el movimiento de cerrar por escrito el despliegue de una articulación. Y esto es así, con mayor frecuencia, bajo presión de una demanda. De modo que los Escritos, cada uno de ellos, también tienen una destinación precisa. Se dirigen, uno por uno, a quienes le solicitan que escriba.

Es el caso de mi propia demanda, en el sentido de que escriba un prefacio para el Seminario XI, que escriba «Televisión», cuando él se mostraba incapaz de improvisar delante de una cámara… En fin, lo que quiero decir es que Lacan era perfectamente capaz de improvisar, pero cuando uno filma, uno corta y reanuda, hay empalmes y entre tanto, entre cada toma, la reflexión de Lacan continuaba avanzando. El resultado era que cuando uno se proponía hacer el empalme, jamás había una ligadura que lo asegurase como tal. Al cabo de una jornada, caíamos en la cuenta de que su pensamiento no se tenía quieto un momento; me decidí entonces a decir: no nos gastemos más. Y a Lacan: será necesario que escriba todo esto. Fue lo que hizo.

De una manera que ignoro –pero sin duda menos familiar–, sus Escritos fueron todos escritos respondiendo a una demanda: la de presentar un informe para un congreso, la de participar en una enciclopedia o en un coloquio, la de redactar un prefacio o presentarse en la radio o en la televisión –como acabo de consignarlo–, es decir, para ocasiones puntuales.
El último texto de los «Escritos», titulado La ciencia y la verdad, Lacan lo compuso porque le pedí uno para el primer número de una publicación de la Escuela Normal de la que por entonces yo era alumno. Me proponía hacer salir esa revista y a instancias de mi pedido vino ese texto que cierra la compilación de los «Escritos». Por eso digo que se trata de ocasiones, ya que la redacción de esos textos –a mi entender, sin excepción– está marcada por la contingencia, en tanto la continuidad del Seminario obedece a una necesidad, diría, interna.

Es respecto de esta extraordinaria continuidad a lo largo de treinta años del Seminario que corresponde situar los Escritos, cada uno de los escritos de Lacan, en tanto vienen a escanciar un momento, cristalizar una aritulación, precisar aquello que había figurado a título aproximativo. Digamos que de ahora en más, Lacan será leído según una dialéctica entre los Escritos y el Seminario.

En fin, esta perspectiva existía ya por cierto con el buen número de sus Seminarios que estaban en circulación –trece, si no me equivoco–, pero desde mi propio punto de vista, después de haber completado el recorrido –algo que ustedes sólo podrán hacer cuando esté todo publicado, dentro de poco–, el conjunto cambia, hay un efecto de après-coup que viene a resituar la naturaleza de los elementos.

Lejos de mí la idea de desvalorizar la obra escrita de Lacan. Nada de lo evocado aquí se orienta en ese sentido. ¡Oh, sí! Sé bien que una cierta cantidad de prosistas, tanto como pueden alabar a Lacan en su Seminario porque los hacía vibrar, pueden deplorar la rugosidad de su estilo escrito, calificándolo de ilegible, torpe, torturado. En fin, ese no es en absoluto mi punto de vista. Es en el texto escrito y a través de él –ese escrito cuya función distinguió Lacan mucho antes de que se pusiera a la orden del día en la filosofía contemporánea–, donde Lacan fija su doctrina, el uso que él hace de los términos que emplea.
En especial, Lacan acordó su lugar a la escritura en el Seminario IX, «La identificación» y lo hizo en términos precisos, señalando su primacía. Separando, por decir así, el grano de la paja, Lacan selecciona en su Seminario aquello que a su entender merece ser aislado, preservado. Es allí donde acumula intentos, se adelanta en múltiples direcciones, a veces arriesga –mesuradamente, pero aun así lo hace– evocaciones difusas, empuja hasta su límite ciertas analogías.

En sus escritos, establece la línea divisoria entre lo que merece ser preservado bajo esta forma y lo que puede permanecer en su placard, por decir así. Y tanto menos me inspira la idea de desvalorizar los escritos, la obra escrita de Lacan, cuanto que, en el plano personal, son esos escritos los que me condujeron a Lacan. Exhortado por Louis Althusser, hacia fines de 1963 tomé conocimiento de lo que estaba disponible en librería por entonces; abordé esos artículos de Lacan y fue por ahí que quedé atrapado.
Pero una vez señalado esto, vuelvo a subrayar que la obra escrita de Lacan, sus «Escritos», se recortan sobre el fondo del Seminario, se desprenden a partir de él, que constituye hablando con propiedad el lugar de la invención de un saber.

Precisamente porque Althusser –o sus allegados– remitieron a un instituto-museo sus archivos, contamos hoy con una carta que Lacan le dirigiera a Althusser en noviembre de 1963, en el momento en que a la búsqueda de un refugio, había entrado en relaciones con este enseñante de la Escuela Normal para obtener allí una sala donde habría de ofrecer «Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis» y los cuatro Seminarios siguientes.

En esa carta, Lacan hablaba de su Seminario en los términos siguientes: «El Seminario donde intentaba desde hacía diez años [por consiguiente, a partir de “Los escritos técnicos de Freud”, primer Seminario público que tuvo lugar en un anfiteatro del hospital Sainte Anne, cuando su protector era el Dr. Jean Delay] trazar las vías de una dialéctica, cuya invención fue para mí una tarea maravillosa».

Ese último adjetivo, «maravillosa», nos aporta, al fin de cuentas, un pequeño panorama acerca de lo que fue para Lacan la alegría (joie) de llevar adelante ese Seminario, del que fue por entonces su goce (jouissance) –para decir la palabra– y del que algo alcanza a entrar en circulación, pasa lo suficiente como para que esos Seminarios que tienen más de medio siglo, cuando son publicados y se publicarán hoy, no sean recibidos como el testimonio de lo que se pensaba por entonces, sino conjugados en presente e indicando vías para el futuro.

Puedo sacar partido de esta expresión de Lacan para dar testimonio, al menos una vez, acerca de mi tarea en lo que hace al Seminario de Lacan: esa tarea también es para mí maravillosa. Es algo que, para decirlo todo, voy a extrañar (ça va me manquer). Dentro de un rato me detendré precisamente en el detalle acerca de cómo la veo, cómo vivo esa tarea.

Leer el Seminario es asistir a la invención de un saber en el momento en que surge. Y no es posible decir que esa invención proceda a partir de un diálogo, aun cuando Lacan, aquí, acuerde la palabra a algunos de los presentes. Pero es una invención que supone, como ya lo indiqué, una formulación destinada al otro, a los psicoanalistas. Esto es así sin que su calificación como tales venga a quedar necesariamente validada por Lacan; por el contrario, es un tema recurrente en el Seminario la discusión abierta acerca de ese otro constituido en su destinatario, el examen de la calificación de los psicoanalistas, su cuestionamiento. En el fondo, no es algo que cobre la forma del elogio –es lo menos que pueda decirse. Pero hay un homenaje permanente: precisamente el hecho que ese discurso los elige como destinatarios.

Recorriendo el último de los Seminarios a los que me consagré –que me guardé como lo mejor para el final–, «La identificación», quedé sorprendido por la cantidad de veces que Lacan dice: «Para Uds.»; «Aquí está lo que construí para Uds.»; «Aquí les dejo para que Uds. Vean», … y otra vez «para Uds.» y una vez más «para Uds.»… A tal punto que me decidí a retirar algunos de ellos, algunos de esos «Uds.» (Vous), porque ya empezaban a funcionar como tapones (faire bouchon). Pero desde este punto de vista, el Seminario es como tal un homenaje constante a los sicoanalistas.

No obstante, en el marco mismo de ese homenaje… ¡qué mal los trata! ¿Acaso están tan siquiera a la altura? Antes de consagrarse a pensar aquello con lo que tienen que vérselas, la mayoría de ellos recurre a coartadas, olvida lo esencial de las cosas que les fueron dichas, de modo que es preciso repetírselas, insistir en ellas. Y según lo señala Lacan, la insistencia es, si puedo decirlo así, el pecho nutricio de la enseñanza.

Al mismo tiempo, no obstante, esos psicoanalistas son los testigos de la invención, por cuanto son ellos quienes pueden dar testimonio de la adecuación de los propósitos de Lacan a lo que está en juego en la experiencia, a lo que pasa en ella y en ella se revela de cuanto se refiere a la transferencia, de una verdad íntima, incluidas sus variaciones.

En el fondo, Lacan lleva adelante su Seminario teniendo en cuenta esta comunidad de experiencia, aquello mismo que esos psicoanalistas –tan desfallecientes como los muestra en su discurso– comparten con el enseigneur, esto es: la experiencia de los fenómenos analíticos. Entonces, que esos psicoanalistas no entiendan nada de lo que está en juego allí, es una cosa; que lo consideren al revés y lo conduzcan a impasses, en el fondo poco importa, porque no obstante están en contacto con aquello mismo de lo que se trata.

En el momento de iniciarlo, califiqué mi trabajo de intermediario, de intérprete, señalando que establecía un texto. Lo dije con cierto humor, en la medida en que indicaba, al mismo tiempo, que era cuestión de establecer un texto cuyo original no existía. Hablé de «establecer», porque es el verbo empleado cuando se trata de ofrecer ediciones de textos antiguos, griegos o latinos; en esos casos, en francés se consigna: «texto establecido por…». En el momento en que me puse manos a la obra con el Seminario, cuando encaré la tarea del Seminario, no había dejado atrás desde hacía tanto tiempo la época en que recorría los textos de Tácito e incluso de Aristóteles en las ediciones de las Belles Lettres, donde esa indicación se repetía y donde las notas marcaban las diferentes versiones, según las copias de los manuscritos a las que se reportaran.

Pero, claro está, aquí el original no existe. En primer término, no hay otro manuscrito que no sea la copia taquigráfica de un discurso oral. Si afirmo que el original no existe no es sólo en función de los errores de la taquigrafía, sino el hecho que se desprende de la naturaleza misma de un discurso auténticamente oral, esto es, que no se reporta simplemente a la lectura de un texto escrito. Como es sabido, Lacan improvisaba su discurso a partir de notas escritas, pero acordando libre curso, a partir de esos pilotes, a la invención en el momento.

Pues bien, la copia taquigráfica guarda la huella de aquello que distingue profundamente el discurrir oral de la expresión y su discurrir escrito: ustedes empiezan a decir algo y se explayan hasta que llega el momento en que se les ocurre una manera de decirlo mejor o un ángulo preferible para captar lo abordado; abandonan así la intención primera para seguir la dirección de lo que surgió después. Podrían detenerse y decir: «Retomo, para expresarme mejor», pero resulta pesado: sería algo así como subrayar el propio error. Entonces, cuando les surge una mejor manera de formular lo que están abordando, establecen una continuidad con lo que venían diciendo para derivar siguiendo el nuevo curso. La copia estenográfica conserva así sólo una frase, pero esta frase se encuentra rota en su interior por el modo en que fue divagando la intención; de haber llegado a reproducir ese divagar, la continuidad se hubiese disgregado y se hubiesen encontrado en medio de un galimatías. Si pudo llegar a ser audible en su momento, es en función de la distracción general, del conjunto de los gestos y actitudes, de la entonación incluso. Ocurre también que el discurso oral se precipite hacia una conclusión, donde el mismo orador queda atrapado bruscamente, quemando las etapas.

Por consiguiente, en mi trabajo no se trata sólo de restituir sin más lo dicho por Lacan. Si así fuese, bastaría dactilografiar la copia taquigráfica, tarea a la que se consagra gran cantidad de personas, a quienes nunca impedí que lo hiciesen. De lo que se trata en mi trabajo… ¡es de reencontrar lo que Lacan quiso decir! Y que no dijo –o que dijo de manera imperfecta, oscura.
De toda evidencia, se trata de algo arriesgado. Es un ejercicio arriesgado el de evaluar lo que quiso decir y no dijo. ¡No lo dijo porque el significante resiste! Resiste a la intención de decir. Por consiguiente, es cuestión de reencontrar lo que quiso decir tan cerca como posible de lo que dijo, pero sustrayéndose a la dictadura ejercida por lo que permanece en la copia taquigráfica de lo dicho. Esto resulta especialmente válido cuando se trata –como ocurre con el Seminario «La identificación»– de múltiples figuras topológicas, cuyo aprendizaje hacía Lacan al mismo tiempo que las enseñaba. En todo caso, se adiestraba en dibujarlas y queda claro que una parte de lo que dice al respecto, lo enunciaba mientras dibujaba. De no reportarse allí a la regla de lo que quiso decir, hay que reconocer que uno no entiende absolutamente nada.

Por lo tanto, allí domina precisamente la intención, tal como se la puede reconstituir teniendo en cuenta lo que dijo. Dicho de otro modo, si desde este punto de vista tuviese que calificar lo que hice y, quizás, lo que hubiese debido hacer aún más, diría que reside en traducir a Lacan. Se trata de una traducción.

Lacan se expresaba en una lengua, no hablada más que por uno solo y su esfuerzo consistía en enseñarla a los demás. Se trata de comprender esta lengua y puedo decir que estos últimos años me di cuenta que en definitiva, no la comprendía verdaderamente sino después de haberla traducido. Antes de hacerlo, sin duda, en el recorrido hecho repetidas veces de sus Seminarios –¿cómo decirlo?–, sentía de qué se trataba. Lo registraba con suficiente nitidez como para deducir a partir de allí los teoremas susceptibles de inspirarme a mí mismo para este Curso. Pero al fin de cuentas, es sólo una vez que establecí, que escribí el texto y en el movimiento de ir haciéndolo, que se pusieron de manifiesto para mí, de manera decisiva, los lineamientos, la trama bien ajustada de la invención de Lacan.

En efecto, cuando digo: traducir, digo: hacer aparecer la arquitectura.

Cuando Lacan afirma haberse consagrado a la invención de una dialéctica, un filósofo –como lo era yo en otros tiempos– habría hablado, por ejemplo, de dónde reside la autodeterminación arquitectónica del Seminario. Esto es, de esa sucesión de opciones que determina la unidad interna, orgánica, articulada del discurso. Allí reside el registro de lo arquitectónico según Kant. Al respecto, en la medida en que «arquitectónico» guarda cierta relación con «arquitectura», podría evocar la doctrina de la arquitectura propuesta por Lacan en su Seminario «La identificación», donde se trata para él –digámoslo así– de arrancarle el volumen a la arquitectura, para acercarla a la superficie cuya topología trabaja Lacan.
«La arquitectura –dice entonces– presenta una singular ambigüedad, en la medida en que, por un lado, esta arte parece poder, en función de su naturaleza, ligarse a la plenitud y a los volúmenes, vaya a saberse a qué completud, en tanto por otro revela, en definitiva, estar siempre sometida al juego de los planos y de las superficies. No resulta menos interesante reparar en cuánto queda ausente: toda una clase de cosas que el uso concreto de la extensión nos propone, por ejemplo, los nudos».
Vemos allí aparecer, como por un atajo, aquello que ocupará de inmediato todo el interés de Lacan. Agrega entonces: «Antes de ser volumen, la arquitectura se habituó a movilizar, a disponer, a ordenar superficies alrededor de un vacío».
Así es como me represento yo la arquitectónica lacaniana: organizada a la manera de superficies alrededor de un vacío. Llegado a este punto, podría incluso acordar como emblema a este Seminario, camino de la invención de un saber, este primer objeto topológico introducido por Lacan en el psicoanálisis: el toro.

Este objeto llega a quedar representado de la mejor manera por la imagen de una cámara de aire, de un anillo o argolla, es decir, de un cilindro encorvado cuyos dos extremos vienen a reunirse. Es el primer objeto puesto en escena por Lacan en su Seminario «La identificación», pero acerca del cual ya encontramos una alusión hecha al pasar en su escrito «Función y campo de la palabra y del lenguaje», donde se refiere, sin detenerse en la cuestión, a la forma de un anillo.

Es siguiendo esa dirección que Lacan introduce la topología en el psicoanálisis y lo hace oponiendo, con muchas precauciones, dos formas, dos dimensiones de la existencia del agujero, a saber:

el agujero interno, aquél que ya está presente en el cilindro, agujero alrededor del cual disponemos en rodillo, enrollamos una superficie cuyo interior presenta una cavidad y resulta, por consiguiente, hueca;
el agujero central del toro, es decir aquél gracias al cual está en comunicación con el espacio que lo rodea.

De modo que nos encontramos así ante un objeto perforado: por un lado, el agujero perfora el toro verticalmente y por otro, está el agujero ubicado dentro del cilindro.

Lacan despliega extensamente la oposición entre esos dos agujeros e inmediatamente después, propone un uso metafórico de uno y otro, valiéndose de ellos para ilustrar la relación entre la demanda y el deseo. Avanza entonces dos representaciones:

1. Invita a trazar círculos en espiral alrededor del cuerpo cilíndrico del toro y propone metafóricamente que esos círculos en espiral, que giran alrededor de la cámara de aire, representan la repetición, la insistencia de la demanda, su reiteración;

2. Alrededor del agujero interno, las múltiples vueltas de la demanda terminan por encontrarse y cerrarse sobre sí mismas al final del circuito. Lacan subraya entonces que por el mero hecho de haberse cerrado alrededor del cuerpo cilíndrico, el agujero central llega a quedar invisiblemente rodeado. Es ese agujero central el que viene a identificarse entonces, siempre metafóricamente, con el objeto del deseo: aquél que cada una de las vueltas y los giros de la demanda –cada uno y ninguno de ellos– envuelve. No es ninguno de esos giros el que envuelve ese objeto, sino que es el cuerpo completo –por decir así– de las vueltas de la demanda el que termina por dibujar el agujero central.

Este año volveremos eventualmente a considerar la cuestión. Sólo la evoco aquí para decir que hoy me represento el Seminario de Lacan siguiendo ese modelo. Ocurre que esos Seminarios, unos a continuación de otros, enrollándose como las vueltas de la demanda, reiterándose año tras año (y es preciso decir que esto fue así hasta el final, mientras le quedó voz), al mismo tiempo cercan y rodean, forman como el entorno de un vacío central. Es en dirección de ese vacío central que el Seminario progresa; de cierta manera, en ese vacío se funda el dinamismo de su reiteración, el dinamismo de ese work in progress. Probablemente resulte necesario que le demos un nombre a ese vacío.

¿Cómo procede Lacan en su Seminario? Es algo que se distingue bastante de los Escritos. En mi parecer, procede esencialmente apelando a la argumentación y en lo que a mí respecta, es por ahí que resulté capturado.

¿Por qué digo esto? Uno constata que el Seminario de Lacan ejerció un efecto de captación sobre algunos, porque para ellos Lacan poetiza, profiere, declama, eso es lo que los deja K.O. Constato que para una gran cantidad, Lacan es algo así como un profeta romántico. Y hay, por cierto, estrofas de Lacan, hay coplas donde, en un momento dado, uno siente los trémolos, vibran los violines… Lacan hace una gestión pródiga de todo eso… ¡No es incauto! (Pas dupe!) Quiero decir que una vez producido el efecto, suspende ahí mismo esas estrofas y refranes y retoma con el tono habitual.

Entonces, esos pasajes tienen ciertamente su lugar, pero lo tienen en el seno de una argumentación. ¿En qué consiste esa argumentación? Por un lado, es una deducción. Al respecto, si Lacan no es un lógico, sin duda procede al menos de manera lógica, es decir, siguiendo el paso a paso de la demostración. Por ejemplo, en los Seminarios del primer período, especialmente del Seminario III al Seminario VI, lo hace, en efecto, siguiendo una dialéctica de inspiración hegeliana; en acuerdo con esa dialéctica, avanza planteando demostraciones. Luego lo hará siguiendo otras modalidades diferentes de la hegeliana.
Es preciso subrayar que cuando se trata, por ejemplo, de la topología, hay pasos de la demostración que es necesario restituir, porque Lacan, en ciertas ocasiones, se precipita, intenta decir en una sola frase algo que demanda ser desglosado en varias operaciones y como esos tiempos no fueron desplegados en la exposición, uno no entiende nada.

Además, en sus últimos Seminarios intentó demostrar que había una relación de pertenencia muy grande entre la topología y el tiempo, precisamente. Hay cosas que es necesario hacer primero y que uno hace después y eso cambia según el orden en que se hacen las operaciones. Así, en primer término se puede ubicar la argumentación como deducción, pero hay también en Lacan –creo haberlo dicho ya en este Curso– una argumentación de abogado. Es decir, él defiende una causa, la causa de lo que se propone demostrar. Al hacerlo, aporta argumentos de prueba.

No olvidemos que una de las primeras referencias consignadas por Lacan, particularmente en la época de «Función y campo…», es el «Tratado de la argumentación», del Profesor Perelman. Por mi parte, veo allí el indicio de que no cabe situar la argumentación de Lacan simplemente como una argumentación lógica, sino que es preciso entenderla como la de un retórico, un maestro de oratoria: fija una dirección y acumula las pruebas en apoyo para ir en el sentido contrario. De ahí el efecto de desorientación que esto produce en quien lo escucha y cree en la simultaneidad del discurso de Lacan.

Todo lo cual hace pensar en la pieza de Courteline, «Un cliente serio». En ella, Barbemolle, abogado de Lagoupille, aporta en el alegato de su defensa lo necesario para enmendar a Lagoupille. Después, de repente, en mitad de la audiencia, es nombrado fiscal y cambia de lugar en el tribunal. Reconfecciona de inmediato los argumentos de su alegato y agobia entonces al desdichado Lagoupille, quien reclama por otra parte la devolución de la suma desembolsada para pagarle a su abogado. Pues bien, hay efectivamente en Lacan algo de esto –es posible percibirlo muy nítidamente en ciertos pasajes–: para validar una orientación escogida en un momento dado, por las mejores razones del mundo, moviliza en una lección todos los argumentos que la justifican; no escatima medios; pasa tanto por argumentos lógicos como por esas estrofas cerradas por un refrán, vibrato incluido, que se inscriben en una estrategia de oratoria muy precisa.

Dicho de otro modo, mi traducción de Lacan se orienta ante todo sobre la base de la argumentación, partiendo de la idea según la cual si la deducción es correcta en su procedimiento, debe haber allí una argumentación impecable, cuyos residuos taquigráficos son los que llegan a mi lectura. Constato que, en efecto, allí está presente esa deducción; lo constato porque, en fin, ya hice lo suficiente como para tener la convicción de antemano.

Reconstituyo entonces una cadena de deducciones y a veces, cuando un eslabón saltó, lo restituyo en su lugar. Hago eso ahora más a menudo que antes. ¿Qué ocurría antes? ¿Era más tímido? Diría que antes dejaba un mayor margen al lector para que se las arreglará; por mi parte, en ocasiones hacía el despeje en mi Curso. Digamos que ahora desenredo más que antes el texto.
Comencé a hacerlo, por lo demás, con la estructura de la frase de Lacan, que confía siempre el término más importante a la última palabra pronunciada y, por consiguiente, obliga a previas acrobacias. Había conservado largamente esta secuencia y a partir de cierta fecha, decidí destorcer la frase, constatando las dificultades que implicaba para el lector. Hoy avanzo un paso más, cuando intento proveer, en esos ocho Seminarios, un texto que resulte tan poco equívoco como sea posible. Para lograrlo, procedí a restituciones de modo tal que se llegue a ver más claramente, por ejemplo, cuáles son los antecedentes de los pronombres relativos; lo hice pensando que si no lo hacía yo, no lo haría nadie. Bien, ahí queda.

Es preciso decir que al proceder así, de ese desbrozamiento emerge una suerte de Atlántida sumergida. O bien se diría que como resultado de la excavación, uno toma en sus manos algo lleno de polvo, lo barre con una escobilla y ve aparecer entonces el relieve. Esto es lo que se produce para mí en el transcurso mismo del trabajo, que llevo adelante entonces con el júbilo de un arqueólogo que ve remontar a la superficie inscripciones enterradas. Esto no quita, sin duda, por muy destorcida y completada que llegue a quedar la argumentación de Lacan, que sea necesario hacer esfuerzos, poner algo de sí.

Evocaré aquí a un autor al que, según creo, el mismo Lacan había hecho referencia una vez, aunque me parece que no quedó huella al respecto. Fue en ocasión de anunciar la creación de su Escuela. Se refirió entonces a Fichte –quizá porque yo le había hablado de él–, alumno de Kant.

En la segunda introducción a la Wissenschaftlehre, La doctrina de la ciencia, porque se le objeta que no se entiende estrictamente nada en lo enunciado por él como curso de filosofía, Fichte escribe: «Se dice que es preciso contar con la actividad autónoma del otro y acordarle, no tal o cual pensamiento determinado, sino sólo las indicaciones para que él mismo lo piense».

Es lo que hace Lacan, tanto en sus Escritos como en el Seminario: aporta indicaciones para que uno piense por sí mismo. Se trata de una idea que el propio Lacan expresa a su manera, hacia el final de la apertura de los Escritos, cuando dice: «Queremos, a partir del recorrido del que estos escritos son los jalones (…) conducir al lector a una consecuencia donde le sea necesario poner algo de sí».

Se trata de la misma idea. Y ya que me detuve en uno de los mayores autores del idealismo trascendental, concluiré aportándoles una orientación que encontraba en uno de los pequeños tratados de Schelling, acerca de la explicación que el idealismo formula en cuanto a la doctrina de la ciencia:

«Sería preciso pensar que sólo un hombre, cuando en ocasión de librarse a investigaciones empíricas ha sentido bastante a menudo hasta qué punto por sí mismas contentan poco su espíritu; ha sentido que precisamente los problemas más interesantes allí encontrados reenvían muy a menudo a principios superiores y con qué lentitud e incertidumbre se avanza en esas investigaciones sin ideas directrices –únicamente un hombre que aprendió, gracias a una múltiple experiencia, a discernir la apariencia de la eficacia, la inanidad y la realidad de los conocimientos humanos, sólo un hombre así–, fatigado por más de una búsqueda que se propuso a sí mismo, en la ignorancia de lo que es capaz el espíritu humano, únicamente un hombre así promoverá en sí mismo, con íntegro interés, con una clara conciencia del sentido de lo que demanda, la pregunta: ¿finalmente, qué es real en nuestras representaciones?»

Esta pregunta está presente en Lacan, no con respecto a la representación, llevada a su punto culminante por el idealismo trascendental, sino en lo que hace a la dimensión de las palabras, a todo cuanto la corriente de un análisis arrastra consigo de relatos, anécdotas, deploraciones, reproches, estimaciones, anhelos, mentiras –semiverdades–, arrepentimientos, suspiros… palabras que, decía Lacan, en definitiva, tienen muy poco valor.

En el conjunto de todo eso, al fin de cuentas, ¿qué es lo real?

Por mi parte, afirmo que la tarea maravillosa de esta invención de la dialéctica de la que habló Lacan y que se encuentra allí, depositada en los giros en espiral del Seminario, se orienta siguiendo la fórmula de la pregunta que Schelling planteara en estos términos: ¿qué es, al fin y al cabo, das reale ?

En el fondo, la gran respuesta aportada por la enseñanza de Lacan a esta pregunta es: lo real es lo simbólico.
Es lo simbólico, porque lo situado como real por entonces estaba excluido del análisis y por consiguiente, lo aislado como real por Lacan en la cura, en el sujeto, es el núcleo simbólico, en ocasiones encarnado por la frase, y en tanto se sitúa como opuesto a aquello que se trata de atravesar como si fuese una pantalla, esto es, lo imaginario. Por consiguiente, digamos que en el transcurso de los seis primeros Seminarios de Lacan –desde «Los escritos técnicos de Freud» hasta «El Deseo y su interpretación» –, la enseñanza de Lacan apunta a situar lo simbólico como lo real de lo imaginario: lo simbólico es lo que hay de real en el imaginario.

Es preciso que se produzca la ruptura introducida por el Seminario VII, «La ética del psicoanálisis», para que lo real reencuentre sus colores a distancia de lo simbólico y de lo imaginario, para que empuje y aparte lo simbólico y lo imaginario, arrojándolos al estatuto de semblante. Ese real aparece entonces indexado por el término alemán de das Ding, la cosa. Es por eso mismo que me refería a Fichte y a Schelling, autores a ubicar entre Kant y Hegel. El reenvío de Lacan a das Ding, por su parte, indicaba la pulsión.

Pues bien, siguiendo el hilo del Seminario de Lacan, nuestra pregunta de este año será: ¿Qué es al fin de cuentas lo real?
En Freud, para decirlo rápido, lo real al fin de cuentas, en última instancia, es la biología. Y si quiero proceder una vez más por cortocircuito, si quiero ir por atajos, diré que, en Lacan, al fin de cuentas, lo real es la topología. Es decir, aquello que no es materia alguna, sino pura relación de espacio, un espacio que debemos incluso, respecto del nuestro, marcar de una negación, un «no» indicando en este caso que no se trata de nada sensible.

Si en el Seminario «La Identificación» Lacan utiliza todavía esas figuras a la manera de otras tantas ilustraciones o metáforas, si más allá incluso de su «Momento de concluir» buscó cercar, acosó a la topología, es porque vio en ella, situó en su no-sentido (non-sens) 3 lo real.

Las comillas son constantes en todo cuanto enuncia Lacan. Nunca se expresó en su Seminario sin decir: Si puedo decir, por así decir, lo que se da en llamar… Todo lo toma con pinzas, es decir, todo lo toma precisamente como significantes con los cuales uno intenta, torpemente, captar aquello que se refiere a lo real. Por esa misma razón estoy obligado, cuando me consagro a darle una forma legible, a retirar gran parte de esas formulaciones, de otro modo la frase resulta inabordable y el volumen total, por otra parte, llegaría al doble. Dejo en su lugar no obstante el suficiente número para que se mantenga presente y pueda ser captada la atmósfera misma de su discurso, la esencia de su enunciación, que es la de tomar las palabras entre comillas. Son maneras de hablar –actitudes proposicionales como decía Bertrand Russell– y como tales, son también maneras de borrar aquello de lo que se trata.

Esta actitud fue la de Lacan desde siempre. Él contaba que, desde su época de estudiante, se había hecho conocer como el que siempre agregaba «no es exactamente eso». Pero ocurre que a veces, precisamente cuando uno se atiene a esa disciplina, esa réplica no cabe. Es el caso, en particular, cuando uno encuentra la palabra justa y en ocasiones es necesario deformarla un poco, porque de otro modo no atraviesa el muro del significante y del significado. Y ocurre que a veces, es exactamente eso.
Pues bien, en particular, cuando digo en nombre de Lacan –él lo dijo una o dos veces–: la topología es lo real, lo digo sin comillas, en el sentido en que para Lacan era exactamente eso.

Hasta la semana próxima.

( A p l a u s o s )

1- JAM se reporta en estos párrafos al valor diferente que tiene en francés el mismo término, œuvre (obra), según se lo emplee en género femenino o masculino. En el primer caso (aquí: œuvre / hors-d’œuvre), designa el trabajo del agente o bien aquel producto que subsiste después de su intervención. En el segundo (aquí: le Grand Œuvre), la acepción remite, por un lado, a la búsqueda de la piedra filosofal planteada por los alquimistas y por otro, al conjunto de las obras de un artista. Diferenciamos en lo sucesivo el género indicando (fem.) / (masc.) según aparezca empleado el término en el original (N de la T.)

2- enseigneur: enseignant / seigneur. Enseignant: quien transmite un saber teórico o una práctica. Por homofonía, próximo de:Enseigne: insignia / inscripción / emblema // Oficial encargado de llevar la bandera // Señal de reunión en las formaciones militares.
Seigneur: además de las connotaciones religiosas, el término remite al poseedor de tierras en la Edad Media (Cf. « feudos »). Califica asimismo a quien detenta la potencia y la autoridad (Cf.: « Amo y señor »). (N. de la T.).

Fin de la primera sesión 2011 (19.01.11)

—– ♠ —–

menu
menu