Olfato

Olfato

Por: Leonardo Gutiérrez Berdejo*.

Todo comenzó con uno de esos raros presentimientos de Kayra. A menudo la acosan esos presagios. Así ocurrió esa mañana. Amanecía. Era verano. El calor infernal de las primeras horas presagiaba algo trágico. Así lo olfateó Kayra y así me lo transmitió.

Desesperados por el augurio, corrimos como nunca antes lo habíamos hecho. A ratos nos deteníamos para descansar un poco, pero seguíamos corriendo. La lengua casi nos llegaba al suelo. Exasperados por el peso de la premonición, jadeábamos y sudábamos como caballos de carga. Llegamos justo en el momento en que alguien dijo que el bus estaba a punto de partir. Cuando terminó de decirlo, nosotros ya estábamos agazapados en el interior, debajo de un maloliente asiento. No sabíamos para dónde íbamos, pero la fuerza de la creencia terrífica nos aferraba a estar allí. Experimentados como somos para burlar controles, nadie nos vio subir; de lo contrario, nos hubieran arrojado fuera, como a perros callejeros.

Una rápida mirada de inspección bastó para darnos cuenta de lo destartalada que estaba la carcacha. Nos pareció un montón de latas viejas mal aseguradas que tronaba por todos lados. El polvo de la suciedad nos puso a estornudar. Una voz llegó hasta nosotros y escuchamos decir, que no habían tenido tiempo de revisarlo, que el conductor era un aprendiz, que no le habían entregado la autorización para conducir, pero que, para soslayar eso, llevaban unos cuantos pesos para cuadrar las ‘mordidas’. Esto último sobre las “mordidas” no lo entendimos y por eso Kayra soltó un gruñido corto y bajo en señal de defensa, ya que llegó a creer que se referían a nosotros. Pero, lo primero que dijeron sí que nos quedó claro. Era ese algo que le faltaba a Kayra para convencerse de la certeza de la premonitoria inquietud con la que había amanecido, de la que me contagió y a la que nos resistíamos en creer. Pero así era. En ese instante, en el estrecho espacio en el que nos encontrábamos, debajo de ese asiento desgastado por el tiempo, aprisionados por un calor diabólico, decidimos a cualquier precio acompañar al gordito de Fredy, nuestro amo, y al resto del grupo de niños. Al lado del instinto olfativo, la lealtad frente al peligro, es lo nuestro, pero para Kayra, es mucho más, cuando se trata de algo siniestro. Ella tiene el don de predecir la fatalidad. Kayra anda siempre cargada de sospechas, inventando historias raras y haciendo gala de su instinto y de su pelaje blanco y café, muy propio de su raza pero, cuando ella tiene una corazonada resulta ser casi siempre cierta, como lo fue la que ese día la asaltó.

De ella se han dicho muchas cosas y, hay que ver su presunción cuando se trata de contar sus aventuras, de alardear de su poder olfativo, de la agudeza de su oído y del sigilo extraordinario que lleva en la sangre. De algunas de sus proezas y dotes he sido testigo pero, otras, por lo exageradas, no las he creído.

Ese día, un poco antes que la carcacha prendiera el motor, con todos los niños sentados, a pesar de sus largas orejas, pude verle el susto que tenía. Yo no sabía el por qué, pero una vez que nos agazapamos lo mejor que pudimos, muy pasito, casi al oído, me alertó sobre lo que su olfato fue capaz de detectar. Yo, de inmediato, también entré en susto cuando me lo contó, y alisté un ataque, igual que ella. Temblaba pero, no por lo que Kayra me acababa de contar, sino por lo que pudiera ocurrirles a uno cualquiera de los niños, como en efecto ocurrió. A ese detalle se sumó la revisión que un poco más tarde alguien hizo, puesto por puesto, en el bus pero, Fredy nos lanzó un trapo encima y nos ocultó, apenas a tiempo.

Con la carga de una pesadumbre que asfixiaba su mirada me dijo que un ser extraño se había subido al cacharro sin que nadie lo observara. Era la desgracia misma, el augurio en forma de muerte, la premonición que desde temprano la acosaba, agregó. Estaba escondida, como nosotros, camuflada en la parte trasera, entre la última banca y el espacio que hace de maletero. Cuando me contó eso, yo me resistía a creerle. Pero añadió que la identificó por el olor, por el aspecto macabro y la espectral vestimenta que escondía una osamenta fétida y vetusta, solo perceptible a olfatos fuera de lo común. Le creí, entonces. Vi cuando quiso espantar lo que sólo ella olfateaba o presentía pero, desistió de hacerlo. De haberlo hecho, el gruñido nos habría delatado y habríamos terminado fuera del bus. No queríamos eso. Luego me contó que cuando, momentos antes, el Pastor llamó por sus nombres, uno a uno, a los niños para que se subieran y se acomodaran en los puestos, con anterioridad asignados, era como si los estuviera enviando con pérfida intención a los propios brazos de la cosa siniestra. Cuando Fredy lo hizo, no tardó en descubrirnos, el olor nos delató, pero nos regaló una cariñosa sonrisa y se acomodó cerca de nosotros. Nos ocultó con sus piernas. Por el zumbido que provocaba el movimiento a mil de los rabos, otros niños se percataron de nuestra presencia y también se alegraron. Ahora creo que era una alegría cargada de dolor.

A la extraña bestia no la llamaron. No podían llamarla, porque no era invitada y menos deseada en ese lugar. Su presencia solo presagiaba sufrimiento al interior del bus, como lo auguró Kayra y como lo presagiaba el calor abrasador de la mañana. Es cierto, nosotros tampoco éramos invitados, pero eso era diferente. Nosotros éramos nosotros y eso era mucho decir. Conocíamos a todos los niños; a leguas distinguíamos su olor, sus pisadas; además, allí, estaba Fredy, con su cara regordeta y sonriente con casi todos sus amigos que eran también nuestros amigos. De no ser así, nos hubieran echado del bus de cualquier manera. El Pastor subió después que todos lo hicieron y se acomodó en una de las últimas bancas. Detrás de él estaba la cosa maligna, el augurio con forma de bestia que solo Kayra, con su poderoso olfato, podía detectar. Con dificultad, yo logré, finalmente, identificarla después.

Desde el mismo instante en que Kayra, aterrorizada, me dijo lo que había visto, yo no dejaba de temblar. Lo peor, sin embargo, llegó cuando Kayra me contó que el espectro había asomado el armazón de su cadavérica cabeza para contar a los niños. Con una mirada cargada de intriga, nos preguntamos, ¿por qué habría de hacerlo ella? Nosotros ya lo sabíamos pero, el aparecido para qué lo hacía. Fue entonces cuando nuestras sospechas aumentaron para dejar de serlo y convertirse en una tétrica verdad, más aún cuando Kayra la vio mostrar una malévola mueca, acercar lo que en ella hacía de boca al oído meloso del Pastor y barbotearle palabras que, al comienzo, no entendía. Así me lo contó. Entonces, como suele hacerlo ella, agudizó su potente oído y escuchó lo que la cosa le mascullaba al otro. Vi dibujarse el terror y la angustia en los ojos saltones de Kayra. Temblaba, más de rabia que de otra cosa. En ese momento no supe descifrarlo. No queríamos creer en el final trágico que se avecinaba para alguno o quizás para todos nuestros amigos, quienes ahora formaban un confuso bullicio de risas y cantos. Fredy era el más alegre de todos. El Pastor mostraba una tranquilidad cómplice, llena de sospechas. Tenía la mirada perdida en el vacío. Nosotros, estábamos atrapados entre la rabia y el obligado sigilo. Hicimos, entonces, lo que teníamos que hacer en esos casos para ahuyentar la sombría figura, pues sabemos cómo tratar a esos maléficos infernales. Lo habíamos aprendido y, en muchas ocasiones, también lo habíamos practicado: primero, lanzamos el gruñido de espanto, luego, el asomo de colmillos como dagas hambrientas, después, el despliegue de orejas, cual velas bravías ensanchadas al viento y por último patas y cuerpo en posición de ataque… un instante de hórrido silencio y listo…¡el salto del ataque final! Todo eso hicimos, como lo señala el manual canino de defensa y ataque pero, de nada sirvió.

Fue en medio de esa atávica quietud, en ese silencio sepulcral y todo empapado por el sudor de bestia que en ese lugar achicharrado se daba, que pude darme cuenta, lo confieso avergonzado, de la hermosura de Kayra: sus orejas largas, su hocico negro, siempre húmedo; sus tetas dulzonas, sus afilados colmillos, su trasero — ¡ánimo de los cielos!—, su trasero danzante con olor a festín, enmarcado por un provocador rabo, me habían atrapado por completo. Ella es única, pensé. Recordé entonces lo que alguien dijo alguna vez en una correría nocturna acerca del pasado de Kayra, un pasado repleto de misteriosas aventuras e insólitas hazañas. Como se supo mucho después, ella no había conocido a sus padres pero que sobrevivió gracias a su coraje y a su vivaz ingenio. Creí en las hazañas que me había contado en las tardes, cuando juntos salíamos a cazar conejos y codornices.

Al final, luego de otra revisión, a mí me lanzaron fuera del bus como a cualquier sarnoso. Kayra supo mimetizarse para quedarse allí, al lado de Fredy y de los otros niños, para defenderlos, a como diera lugar, de cualquier amenaza. Antes, alcanzó a comunicarme lo que había escuchado del pacto entre el Pastor y el espectro y en el que éste le garantizaba riquezas y vida eterna a cambio del sacrificio de los infantes y, por eso, solo por eso, ella se quedaría para salvar, al precio que fuera, a todos los niños. Y especialmente a Fredy, lo enfatizó.

Cuando la caja tronante se puso en marcha, quise seguirlos pero, al escuchar los gritos de los padres de Fredy llamándome, paré en seco. Di la señal de alerta empleada para estos casos; ladré de varias maneras pero, nadie me entendió y tampoco nadie quiso seguir al bus.

Ese día, por el contrario, bajo un sol mortificante me enlazaron y, como nunca lo habían hecho, me metieron en un corral como a cualquier vagabundo. Aullé y pataleé pero no comprendieron mi desesperación. Ese mismo día, en horas de la tarde, por los llantos de dolor de la gente me enteré de la tragedia ocurrida en la carcacha y en la que el fuego acabó con la vida de un niño. El Pastor y todos los demás niños, lograron sobrevivir al ataque certero de la bestia. Salté de alegría al saber que Fredy también había logrado escapar del fuego, pero no fue así. Tampoco supe nada de Kayra. Nadie daba razón de ella. Desde ese momento mis aullidos de dolor se agudizaron, y así pasé muchos días y muchas noches. Nada ni nadie podía callarme, ni siquiera la amenaza de enviarme a la perrera municipal. Nada me importaba ya. El augurio de Kayra resultó ser cierto.

Tiempo después, un perro viajero pasó por aquí y me contó lo que oyó decir acerca de la valerosa hazaña realizada ese nefasto día por una perra de orejas largas, como la que yo le describí. Dijo que esa perra arriesgó su vida tratando de salvar a todos los niños pero, que no alcanzó a rescatar al único niño que murió abrasado por la mortal bestia incendiaria; que desesperada la ven correr por muchos sitios detrás de algo que ella, y, solo ella, parece ver. Hay quienes creen que enloqueció y persigue fantasmas, pero son muchos los que afirman que es a la propia muerte la que persigue con saña, y ésta huye despavorida para escapar de su furia.

En medio del dolor que cubre la casa, al saber esto, me alegré; de inmediato supe que era Kayra y, como en otras anteriores ocasiones, resultó ser cierto lo que me dijo cuando se quedó agazapada en el bus: que si el presentimiento que tenía sobre el pacto entre el Pastor y la “bestia” se cumplía, perseguiría a ésta hasta el propio infierno si fuese necesario. Ese día, por fin, me convencí de lo irrefutable que resultaban los presagios de Kayra, lo cierto de su potente olfato y que, algún día, ella volvería a mí después de cumplir lo prometido. Mientras tanto yo, adolorido por la ausencia de Fredy y en medio de una soledad enfermiza, seguiré en esta perrera pero, recordando esa amistosa oliscada de trasero que a Kayra le di. Fue hermoso. Volverá. Lo presiento.

*Leonardo Gutiérrez Berdejo.
Barranquilla, Colombia. Economista, docente y escritor. Estudió en el Colegio Barranquilla para Varones y en las Universidades Central y Externado de Colombia de Bogotá. Por su desempeño docente en varias universidades del país, ha sido distinguido en varias oportunidades con importantes menciones honoríficas.
Autor de varios artículos y de un buen número de ensayos para algunas revistas, se ha destacado como defensor del medio ambiente y un crítico constante de las prácticas corruptas y antidemocráticas de la clase dirigente del país. Entre sus trabajos académicos se destacan Manual de instituciones económicas internacionales e integración regional (1996), Economía Internacional (1998). Su primer trabajo literario fue el libro Knouwe y otros cuentos (2010). A este siguió La danza de la lechuza, libro de cuentos en el que se destaca la defensa de la vida y del medio ambiente. Fue ganador en el Segundo Premio Eutiquio Leal de La Universidad Autónoma de Colombia y del Taller de escritores Gabriel García Márquez (2012). En la actualidad hace parte de este Taller.
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