Murió Elmo, el monje loco

Por Efer Arocha

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El loco monje, no es un monje cualquiera, es uno más allá del convento, él fue misterio del planeta, puesto que retorciendo las palabras hacía frutas almíbar del corazón y el amor para hacer hinchar la vida, que en retozo brioso perteneció hasta su último día a un movimiento poético de nombre único convocador de la nada. El nadaísmo en su tiempo en Colombia fue un movimiento del verso que logró sacudir los cimientos de una sociedad pastoril y por lo tanto pacata. Sus hemistiquios eran subversivos en razón de que fueron luz anunciante y contribución a una ruptura cultural iniciada con el destape matizado con sexo de píldora que lanzó al carajo la virginidad y la preñez. En el plano del pensamiento, poetas y poemas fueron nihilistas, con sus espadas en estrofa convirtieron a Dios en trisas instalando un sol de libertad. Elmo Valencia fue hasta ayer, día de su muerte, el más auténtico de los nadaísta porque jamás tuvo nada; hizo el tránsito de lo animado a lo inanimado solo y anónimo en un ancianato de caridad que recoge algunos pobres en la ciudad de Cali.

A mí me suceden cosas extrañas, hace quince días recibí de un desconocido un email en el cual me comunicaba su deceso, luego J. Mario Arbeláez me envió un texto de olor de mortaja, el cual público más abajo. Preocupado llamé a mi amigo Hugo Correa Londoño y él luego de averiguaciones desmintió la información. Hoy me informa y me anexa fotos y un texto que divulgamos a continuación con el de Carla Badillo de la ciudad de Pasto, para que los lectores encuentren distintas apreciaciones y contenidos.

Poema de Elmo

AMEMONOS

Amémonos al pie de la letra de una canción de Los Beatles.
Al pie de un verso surrealista, de un volcán echando chispas.
O de un reloj despertador porque el polvo del amor tiene un sueño profundo.
 
Amémonos bajo la lluvia para ver en el agua
los gestos que harán nuestros rostros cuando lleguen los besos
y el orgasmo.
Delante del lago de los sueños donde vive tranquilo un cocodrilo de plata
para hablar con él y decirle
que nunca dejaremos de amarnos.
O detrás de una estatua cagada por miles
de pájaros. Nos traerá buena suerte.
 
Amémonos como Digo Rivera amó a Frida Kahlo
y Neruda a su canción desesperada.
Desesperados estamos todos porque no sabemos
hacia donde nos lleva este barco ebrio de Rimbaud.
Amémonos lejos del mundanal ruido
o cerca del aeropuerto para oír el rugir
de los motores de los aviones
cuando estemos unidos con los cuerpos ardiendo.
En fin, amémonos hoy jueves
porque mañana lunes es imposible.
 

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El Cielo de Paris, y después el infierno

(1)

Por Hugo Correa Londoño

Texto con el que se presentó la segunda novela de Elmo Valencia en la Librería Ibáñez. Bogotá 25 de junio 2013.

Es grato pero no deja de ser arriesgado, tratar de cumplir con el compromiso que Jotamario Arbeláez, tenía de presentar la segunda novela de su compañero de andanzas, Elmo Valencia; contamos para la ocasión, con la fortuna y el honor de la presencia del curtido escritor y poeta, quien como el vino entre más añejo mejor; lo único improvisado en este libelo podría ser el texto de estas palabras, no se puede pedir peras al olmo; aquí el único que no tiene peros es Elmo.

Este oráculo del Nadaísmo, a quien se le conoce por sus escritos pero también por ser uno de los más diestros en el arte de burlarse de las pacaterías sociales y alternar con los nuevas propuestas, literarias y musicales. Él ha estado siempre atento a esas manifestaciones sociales como la de los estudiantes que recientemente salieron a la calle en una forma atrevida pero agradable de protestar, abrazando a los policías y ofreciéndoles, una flor o un beso, ante su hermético uniforme (escafandras, protectores acerados, escudos y las armas propias de su fortaleza), gesto de rebeldía juvenil para el que no estaban preparados las unidades del cuerpo élite en el enfrentamiento y sometimiento.

A nuestro poeta, le ha quedado tiempo hasta para componer, entre otros, un par de canciones con arreglos musicales en su melodiosa y conservada voz, se desconoce la razón por la que no ha sido advertida por algún publicista o caza talentos de los medios; su Oda al condón y Una mosca en mi café, en el género de balada pop, podrían ser éxito de nuestro hit parada a falta de la inspiración de una generación musical que ha acudido más a remasterizar que a recrear el movimiento de actualidad.

Qué hacer con este hábil cazador de historias, quien se deja venir después de más de tres décadas de haber escrito su opera prima Islanada, en la que el cerdo Descartes que había sido llevado para la comilona, al final del libro da buena cuenta de todos los personajes de esa novela devorando con insaciable apetito al Nadaísmo, dejando a salvo, solo al narrador para que esa historia tuviese notario, y surgir con nuevos aires en esta, su segunda novela.

En El Cielo de Paris, Elmo nos divertirá en las doscientas ocho páginas y sesenta y un capítulos con un regreso a la mitología de los dioses griegos. Tiene como pretexto a Paris, un jazzista con su saxo en Manhattan, nada menos que el raptor de Helena, ese que armó la de Troya, y de quien conocemos provocó con su impulso de hombre enamorado, una tragedia de mayúsculas proporciones, que propició la caída de su reino, épica en la que Homero puso a dioses, semidioses y ejércitos, en un enfrentamiento de sin igual belleza literaria.

El héroe rescatado por Elmo, no murió del flechazo que Filoteéis le pegara en el ojo; fue salvado finalmente por una de las diosas, de haberlo sabido Enone, otra habría sido su suerte y otra muy diferente la de este complejo mundo.

Ante el hecho de Paris restablecido por Afrodita, Zeus lo condena a vivir eternamente, con su edad de 26 años y a participar en todas las guerras, ese su suplicio a través de los siglos, y a través de todas las guerras; este héroe troyano participará en aquellas hasta su hastío, se enamorará, pero será infeliz, por su eterna belleza y su eterna juventud, atributos de los cuales apenas empieza a sospechar su amada de turno o de época, se ve obligado a emprender las de Villadiego para refugiarse en la guerra más próxima, así pasa por las guerras mundiales y así por el bogotazo que le dejará un cruel trastorno y por último incursionará a la guerra del Vietnam.

Cielo, mujer de singular belleza, -heredera de una fortuna incalculable proveniente del principal recurso hacendístico de Kamelia, una isla caribeña- de quien Paris, encontrará, se enamorará, desposará y confiará sus íntimos secretos.

Complementan la historia, Teorema el gobernante dictador de la isla quien goza de los afectos de su pueblo, fundamentados en la guillotina empotrada en la plaza central como recurso eficaz de consolidar su mandato; Maracuyá su dama de compañía, Hefestos, su médico pediatra, que estará pendiente del embarazo de Cielo; personajes finamente elaborados con los que nuestro escritor teje la trama, sin desdeñar otros menores como el gato Demóstenes, los que van apareciendo a lo largo de la historia en sus momentos estelares; de tal suerte para nosotros los lectores, que nos vemos compelidos en estas páginas a caer una y otra vez en la trampa deliciosamente urdida por nuestro aquilatado escritor.

Tanto en Islanada como en El Cielo de París, los animales tienen especial significancia, el cerdo Descartes, en el primero simboliza el statu quo, destino al cual no pueden escapar los personajes de la obra, e irremediablemente son absorbidos (tragados) por este. El gato Demóstenes, en su reciente novela es la representación del amigo o colega que siempre acompaña, pero no está interesado en los asuntos de su camarada de viaje, su relación es con él, no con los otros y menos con los problemas de este.

Ahora con su segunda novela El Cielo de Paris, en buena hora publicada por Gustavo Ibáñez en Uniediciones, la pluma de Elmo (en su sentido literal) nos permite saborear de principio a fin un plato de exquisita literatura; lujo que ya no producen las grandes editoriales en el afán de exigir a sus escritores de planta un libro según las circunstancias o modas que aparezcan, y así se suceden por docenas, casi que en forma fastidiosa, libros para las vacaciones de fin o mitad de año, semana santas, libros sobre los capos, las tetas y las siliconas, y peor, en los casos cuando para satisfacer el morbo popular se trata, abruman los estantes, atosigando estos, con las exculpaciones de expresidenticos decadentes, magistrados y juececillos infames, reinas atormentadas, banqueros impúdicos y políticos desvergonzados … en fin, con la fabricación siliconada de los best sellers que solo están en el imaginario mercantil de aquellos con sus escribanos de nómina, y otros creados por el andamiaje mediático, inflados por la publicidad sin escrúpulos. De esa literatura light, no podemos esperar más, que la del gusto efímero del consumidor consumido por ese asqueante detritus con que vienen pervirtiendo uno y otros la lengua cervantina.

Con Islanada y El Cielo de Paris, tiene el Nadaísmo, obras de gran elaboración, la primera con una década de concepción y la segunda en casi tres lustros, tanto la ética como el hecho estético de Elmo Valencia en su discurrir literario son parte integra de su forma de vida, en una ejecutoria sin más afán que deleitarse para complacer a su público, y la crítica se encuentra en mora de reconocerlas y ubicarlas en el lugar que la literatura les merece.

Con tino en el prólogo del libro, Jotamario advierte al final de este refiriéndose a Elmo: “… con El Cielo de Paris espera el desquite de tantos años de aguante con la dura literatura. Es una novela que daría para un gran guion de cine. La obra puede tener sus deslices estructurales, pero, ¿no es acaso la historia del desliz mayor que por un capricho amoroso terminó con las estructuras de un reino? Homero tuvo cientos de aedos que se encargaron de ir puliendo la historia, en cambio Elmo no ha contado sino, a lo sumo, con mi modesto concurso: que pongas este párrafo acá, que ya es hora de que el personaje vuelva del frente y dale un poco más de oxígeno a este personaje que está muy débil”, algo va del Elmo de los años 80s, al reposado de hoy que no por serlo, con su propio histrión se solaza y a través de este excelso libro pone en las manos de sus lectores, esta obra maestra.

Si bien La Iliada y La Odisea fueron escritas por un Homero, Elmo, es uno, y damos gracias a tenerlo por estas calles bogotanas cuando no se escapa a la Sultana del Valle y confiamos en que nos siga acompañando en buena forma otros siglos más; a lo mejor Zeus desde el Olimpo, dispuso la eternidad de este “mero” escritor que es Elmo.

El anciano

Monje Loco

 
Por Jotamario Arbeláez
 
Durante los años 60 y 70 del pasado siglo (todo siglo pasado fue mejor), el escritor Elmo Valencia, recién de regreso de Norteamérica adonde lo enviaron sus padres a degradarse en una Universidad, que en realidad fue el asentamiento beatnik, tomó en alquiler una habitación de soltero en un segundo piso, en la carrera segunda abajo de la calle 15, muy cercana del Picapiedra, ese bar de El Grillo donde nos pegábamos nuestras rodadas por cortesía de su propietario que era hincha nuestro, y en su morada amoblada de afiches de Janis Joplín, Jim Morrison y Jimmy Hendrix daba cobijo a hordas de caminantes de mochila procedentes del sur con destino al norte, poetas en un principio básicamente argentinos y luego hippies de todas las pelambres y de todas las lenguas y de todos los sexos, integrados en la Antiuniversidad que él regentaba, y de la cual yo era uno de sus profesores eméritos en lo que entones llamábamos el “aula arena”.

La hija de la dueña de casa, que vivía en el tercer piso, era una niña de unos 14 años, mona y muy linda, llamada Socorrito, quien bajaba a ayudarle a Elmo-nje Loco, como le apodara Gonzaloarango, en la atención de los huéspedes caminantes.  Uno de ellos fue, por causalidad, un niño de unos 8 años, que se había volado de su casa atravesando montes, y se había quedado dormido en las gradas de ingreso del edificio. Lo acogieron, lo bañaron y lo adoptaron. Muy pronto el niño comenzó a predicar entre los doctores de la ley de la poesía del mundo entero, y en medio del ambiente incensado comenzó a borbotear  poemas que íbamos copiando en las paredes del cuarto, entre los afiches. Nos acompañaba en nuestros Festivales de Vanguardia y daba recitales en bares como Saint Tropez, donde cantaba las canciones compuestas por su monje padrastro. Lo bautizó el profeta Gonzalo como “El gigoló de los dioses”. Cuando vino de visita con el poeta ruso Evtuschenko éste lo cargaba sobre sus hombros,  y cuando cumplió diez años, al tiempo con el nadaísmo, lo mató en la avenida Colombia un carro conducido por Arne Krag, el dueño de Dánica, quien ni siquiera se encargó del entierro. Su auto deportivo convertido en arma mortífera terminó en un cementerio de automóviles. 
     
El caso es que casi 50 años después de haber partido conmigo hacia Bogotá a desfacer tuertos y entuertos, casi deshecho regresó a su Cali del alma aquejada de años y de penuria. Fue acogido por su protectora Socorrito, ahora toda una dama casada con un norteamericano, con Charles, y luego de intentar vida de inquilino hubo de acudir al ancianato de San Miguel, mediante gestiones de sus reputados amigos, donde lo han acogido con toda bondad. Pero él parece no resignarse a perder sus calles, así ya no pueda moverse. A través de NTC, Socorrito acaba de enviar un mensaje a sus panas para que se acerquen a visitarlo:

“Buenos días hermosos caballeros: Esta notita para informarles que el poeta Elmo está hospitalizado en San Miguel, se encuentra delicado de salud y estoy segura que le levantaría mucho el ánimo recibir de pronto la visita de sus dilectos amigos. Su adaptación al amable ancianato ha sido de poco éxito, pues siente que le cortaron sus alas y no puede movilizarse en el mundo exterior como a él siempre le gustó. Su prisión es su cuerpo que ya no responde al movimiento y además parece que él no quiere ya luchar y no accede a alimentarse como es debido. Les dejo esa inquietud. Con mi aprecio y gratitud de siempre. Socorro.”

Duele ver a un amigo despidiéndose de lejos de los parques y estadios de la vida, después de haber dedicado su talento a las letras de su país, pero regocija el afecto y la solidaridad de la niña que desde su adolescencia fue testigo de esa existencia fantástica como ha sido la del monje loco.

 

Carla Badillo Coronado Pasto

.- Si hay algo que caracteriza al Nadaísmo (movimiento que revolucionó la poesía colombiana, a finales de la década del 50) es la irreverencia y el humor agudo; dos elementos que, desde luego, persisten en el poeta Elmo Valencia (Cali, 1926), uno de sus fundadores. A sus 88 años lleva un atuendo impecable, gafas negras (que contrastan con su cabello blanco y su piel morena) y la luminosidad de una sonrisa que, casi siempre -y ante la familiaridad de quienes lo conocen-, deviene en carcajada. Desde la casa del poeta Zabier Hernández, organizador del Festival Internacional de Poesía Desde el Sur, realizado hace poco en Pasto, y con una vista directa al volcán Galeras, Elmo sujeta una de sus tantas publicaciones: Bodas sin Oro. Cincuenta años del nadaísmo (Taller de Edición-Rocca, 2010); mientras empuña una copa de coñac y cuenta, con total desparpajo, un sinnúmero de anécdotas en las que desfilan personajes tan diversos como Nicanor Parra, Mario Vargas Llosa, Gary Snyder o Allen Ginberg. Elmo -más conocido como ‘monje loco’ por sus búsquedas zen durante su juventud- vive en Bogotá, por lo que aprovechó su corta estancia en Nariño para ofrecer un conversatorio acerca del Nadaísmo, el movimiento que, por otro lado, influyó en varios grupos literarios emergentes en América Latina, incluyendo los tzántzicos, en Ecuador. ¿De qué hablamos cuando hablamos de Nadaísmo? El término Nadaísmo fue usado por primera vez por el poeta Gonzalo Arango, en su Primer manifiesto nadaísta, publicado en Medellín, en 1958. Con este nombre, otros poetas vanguardistas como Jotamario Arbeláez, Jaime Jaramillo Escobar (X-504), Mario Rivero, Eduardo Escobar o el mismo Elmo Valencia, no tardaron en darse fama de incendiarios, gracias a sus textos ácidos y a sus innumerables actos performáticos en los que, con frecuencia, despotricaban contra la Iglesia católica o prendían fuego a las obras ‘intocables’ de la literatura universal. “Decidimos llamarnos nadaístas porque consideramos que la nada es el principio del todo. ¿De dónde sale el todo? De la nada. Muchos nos han emparentado con el existencialismo, del cual Sartre fue el precursor, pero lo cierto es que lo nuestro iba por otro lado. El francés se enmarcaba en la filosofía del ser, de lo absurdo, mientras que nosotros nos agarramos de la nada para crear con un lenguaje totalmente distinto a lo que se había hecho en la pacata Colombia”, explica Elmo. Además de la influencia que recibieron de la generación beat, y de otros autores como Mallarmé, Breton, Kierkegaard y Gide, los nadaístas supieron leer con admiración al magistral -y poco conocido- escritor y filósofo colombiano Fernando González (1895-1964). Tras 5 décadas y varias obras a su haber (una de estas, Islandia, ganó el Premio Nadaísta de Novela en 1967), Elmo Valencia sigue demostrando su grado excelso de monje lúcido, cantando sus propias odas irreverentes y profesando su amor por la poesía.

Los senos de la Mona Lisa
 
Se abrió la chaqueta Mona Lisa
para mostrarme sus senos desnudos.
Fue París, en el Louvre, febrero del 65.
Nieve en las calles y en los parques.
 
Venía yo de La Habana de conocer la revolución.
Al verme, frente a ella, solo,
se abrió la chaqueta para que supiera
que sus senos y la revolución cubana
tienen un mismo origen: el derecho a la vida.
 
Yo ya había acariciado los senos de la revolución,
erectos como dos fusiles.
Ahora sólo faltaba, para sentirme poeta
en toda la plenitud de la palabra
acariciar los pechos de la bella Mona Lisa
que con tanto deseo me ofrecía.
 
Así que, aquel febrero del 65,
en el Louvre, sin que nadie nos viera,
me acerqué a ellos, y los tuve en mi boca.
 

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