Los trashumantes de Jorge Eliécer Pardo

Los trashumantes de Jorge Eliécer Pardo

Por: Carlos Orlando Pardo
Tomado de la Revista Susurros N°45, mayo 2016

Son esquivas, tímidas o vacías la mayor parte de las novelas colombianas frente al contexto en que se mueven sus personajes. Es fácil ver que se limitan a las aventuras que ellos logran, sufren o gozan, conduciéndolas a la simple anécdota, así no se encuentren mal escritas, como si los protagonistas resultaran aislados en una torre de marfil y lejos de la esencia de los aconteceres del medio que viven o recuerdan. Resultan así falseadas en su índole por más apasionantes que reboten sus vidas y reflejan una inaceptable orfandad que las ubica en el territorio de la fragilidad. Lo superficial es su cobija y un traje que se desvanece con la primer corriente de aire porque no sale de madera fina. Si bien es cierto estamos frente a una era donde prima lo frívolo, inclusive en la literatura que fue otra cosa, nos tropezamos que en la natural incesante búsqueda de nuevas formas que renueven la novela para evitar la repetición inútil de lo ya gastado, también lo es que se viene imponiendo la urgencia del mercado para sobrevivir sin que importe la calidad sino la novedad. No ocurre por fortuna en autores como Yu Hua, en novelas suyas como Brothers, Leonardo Padura en todo pero en esencia en El hombre que amaba los perros, Chinua Achebe en su famosa trilogía africana o Jorge Eliécer Pardo en sus obras recientes. En ellas, la forma en que cuentan, nos hace ver y sentir el medio en que se existe, demostrándonos que ante todo el escritor es un investigador y no de manera simple para repetir una historia sino para ofrecernos una nueva versión de hechos que supuestamente conocemos pero que realmente ignorábamos. Allí el mundo pintado es totalizador y sale uno de sus páginas sintiendo que ha realizado un viaje completo y no una visita al exterior de turistas en busca de la foto frente a lugares emblemáticos.

La conclusión me viene al cumplir la lectura de Trashumantes de la guerra perdida, la novela de Jorge Eliécer Pardo y que forma parte del Quinteto de la frágil memoria en la cual ha estado empeñado el autor en las últimas décadas. Es esta la tercera publicada de la serie y que la integran 86 breves capítulos donde se nos lleva a recorrer el seriado de los puntos neurálgicos que han conformado la historia reciente de Colombia, en particular la del siglo XX que aquí comienza hacia los años 20 y termina en la década del 70. Esta versión particular, en realidad una revisión y una recreación de tantos aconteceres, nos permiten ir viviendo y bebiendo la esencia y la radiografía de la telaraña con sus hilos invisibles y que nos han construido el perfil verdadero del país.

Cuando se van recorriendo sus breves capítulos, todos tan envolventes gracias a la audaz estructura y al lenguaje literario que maneja, no exento nunca de poesía, uno sabe que está frente a una cara conocida o vista muchas veces, pero que al buscar reconocerla no era lo que uno pensaba sino mucho más compleja, más llena de misterios y secretos que nunca hubiéramos imaginado. Por eso aquí se vuelven impresionantes la historia política y sus protagonistas, al fin y al cabo la que nos ha correspondido vivir a través de los abuelos y los padres y la que hemos respirado y sufrido nosotros mismos sin entenderlo cabalmente. Nos enfrentamos a través de la familia Guzmán a ver geografías, paisajes y circunstancias claves que enmarcaron al país y a ver cómo, bajo el tenaz enfrentamiento entre liberales y conservadores que nos costó tantos muertos, la gente tuvo el penoso destino de desplazarse de un lugar a otro en busca de proteger la vida y lograr la sobrevivencia en virtud a su trabajo pero sin renunciar a sus ideas. Nada novedoso en apariencia pero resulta siéndolo por la estrategia narrativa del autor, por el lenguaje mismo como lo subrayamos, por la selección audaz y certera de lo seleccionado para contar, una luminosa antología de los hechos que nos han marcado en lo fundamental, aunque bajo elementos que resultan reveladores y sorprendentes.

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Trashumantes de la guerra perdida resulta entonces un retrato vívido de una república asfixiada por la violencia y la guerra, la que hoy vive el mundo en una escala mayor con sus millones de desplazados tratando de encontrar un poco de paz para ellos y sus hijos. Ha sido la historia misma de la humanidad desde tiempos remotos pero que hoy vivimos ante la inhumana indiferencia de quienes los ven como una montonera incómoda que rompe con su cotidianidad y sus holguras, luego de haberse beneficiado directa o indirectamente de su esfuerzo. No es la crónica sino es la novela y en este mundo descrito, literariamente, no son excepcionales las desapariciones forzadas y la encarnación de parias que encarnan al judío errante, padecen represión de las tropas y los facinerosos disfrazados de libertarios y ante todo la sombra permanente del miedo cubriéndolo todo mientras están sometidos a la barbarie de la injusticia.

Es usual que llegue la conmoción cuando los medios registran estas tristes noticias y hasta se escuche la indignación en varias partes, pero se niegan a sentir que se viven en su propio país, en su vecindad y en lugares que apenas conocen por el mapa. Al fin y al cabo no tienen el conflicto en su casa y apenas lo atisban por la prensa o la televisión, insensibilizándose sin solidaridad en el estilo de comunidades indiferentes y abúlicas. Por eso la novela de Pardo, aunque toca décadas recientes, es de una actualidad aterradora y una lección de historia sobre lo que hemos atravesado y lo que no debiéramos nunca repetir. Si bien es cierto que el autor no comete la ligereza de tomar partido o de convertir el libro en un discurso, uno como lector no tiene otro remedio que ir indignándose ante todo lo ocurrido como si hubiese permanecido ciego con hechos sucedidos delante de nosotros sin comprenderlo en su exacta dimensión.

Frente a esta sucesión de episodios envolventes con capítulos breves que resumen un mundo, es fácil preguntarse por qué aún existen partidarios de la guerra y quienes se niegan a aceptar que esto ha sucedido e inclusive sigue aconteciendo. La sensibilización ocurre gracias a esta novela que encarna un viaje aleccionador por nuestro pretérito y nos esclarece muchos puntos oscuros de nuestro pasado y devenir, dejándonos en mucho desconsolados por nuestro sometimiento a una sociedad que desde el poder aprovecha impunemente la ingenuidad y la vida de los humildes para su propio lucro en medio de una sociedad simuladora. Simplemente hemos pisado arenas movedizas arrastrados por los símbolos de generales en guerra que arrojan héroes falsos sin que aparezcan los héroes y las víctimas anónimas. La lección es para determinar cómo nos hemos matado unos a otros porque no hay inocentes y todos somos culpables, al decir de Laureano Gómez.

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Trashumantes de la guerra perdida se va hasta las raíces del conflicto colombiano donde la derrota del pueblo es el denominador común nadando entre consignas de jefes partidistas, armamentos, muertos, masacres, atentados y siempre desplazamientos de familias hasta la conformación de organizaciones de la resistencia que se transforman igualmente en victimarios de otros. Lo acontecido en las grandes ciudades y en los pueblos con sus consecuencias políticas se muestra aquí entre falsos juramentos y armisticios, bandoleros y traiciones, sicarios y crímenes, andariegos y familias despedazadas.

Triste lección que hasta ahora totalizadoramente logra Jorge Eliécer Pardo para la novela colombiana y enarbola un testimonio literario destinado a perdurar como testigo de la construcción y deconstrucción de un país. Lejos de la simple crónica y lo retórico, bajo el rigor de un lenguaje que rescata lo popular sin ser costumbrista, tenemos en esta novela un espejo auténtico de lo que somos y hemos sido para nuestra desgracia.

La gran virtud de la novela consiste en que puede llegar al estilo de un microscopio hasta los lugares insospechados y a mostrar que por encima de las apariencias existen abismos insondables que habitan dentro de nosotros. Por eso mismo concluyo que la obra de Jorge Eliécer Pardo ha venido paso a paso recorriéndonos por el país y enseñándonos no solo su riqueza y sus virtudes sino ante todo sus defectos y lacras y cómo todavía existe la esperanza, porque no se trata del fatalismo ni de la derrota total sino que tenemos, al decir de García Márquez, una segunda oportunidad sobre la tierra.

No son pocas las novelas colombianas publicadas en lo transcurrido del siglo XXI que me han enamorado, pero examinando su camino por encima de fraternidades personales y simplemente como lector de oficio, he concluido cómo, después de Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, es esta la mejor novela que he leído de autores nuestros y que sitúa al autor como un clásico del siglo XXI.

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