Locura y verdad: mapa de (un) Antonin Artaud

Por René Suarez*

Es preciso que sepa que la locura, la utopía,
el irrealismo y lo absurdo van a convertirse
en realidad. Venga a dar una vuelta, compren-
derá que un estado de cosas que ha muerto se
sobrevive a sí mismo y que es inútil aferrarse
al cadáver. Y que sería muy inteligente aferrar-
se a las obras que contienen las bases de esta
especie de locura duradera
Antonin Artaud

Quizás llegue un día en que no se sepa ya
bien lo que ha podido ser la locura.
Su figura se habrá cerrado sobre sí misma
no permitiendo ya descifrar los rastros que
ella ha dejado. Artaud pertenecerá al suelo
de nuestra lengua y no a su ruptura
Michel Foucault

Antonin Artaud: la persona: Antonin Artaud: la “obra”: Antonin Artaud: la locura.

Tres cuestiones indisolubles

Pretender pensar o analizar, hablar, escribir acerca de quien pasó por esta “puñetera” vida sufriendo, mugiendo, garabateando, es ya de entrada una dificultad. Además, si sufrir equivale a pensar, como lo indica Maurice Blanchot, ¿no adviene una dificultad para todo aquel que, con la ilusión de mantener el pensamiento en un continuum, intente escribir sobre quien se dolió precisamente por la ausencia de éste, el pensamiento?

Escribir sobre Antonin Artaud, la obra (de) Antonin Artaud, la locura de Antonin Artaud, es no hablar de Antonin Artaud. “Cuando digo ZEN, no es de ZEN de lo que les hablo”. Y es que no son esas palabras encontradas en sus textos, dichas por un tal Antonin Artaud, las que nos proporcionan el ser Antonin Artaud; como se verá, es toda una sociedad, el lenguaje, la letra, la escritura quien escribe a través de su garra crispada, que algunos han llamado mano para diferenciarle de otros ámbitos.

Eso que Artaud nos dice en sus “poemas”, en sus “ensayos”, en sus “conferencias”, se desvanece continuamente en esos mismos significantes, por entre sus mismas líneas y curvaturas. Lo que en esas letras quisiéramos aprehender, su locura, su monomanía, su delirio, su gnosticismo, su verdad, en suma, su yo íntimo, se desliza y huye en su mismo discurrere. No hay, pues, obra, precisamente porque, como refiere Foucault, de lo que se habla es de locura (1). No hay dueño de la obra, en tanto la ausencia de un “yo” (o dueño) que la sostenga.

Yo, Antonin Artaud, sólo quiero escribir cuando no tenga
nada que pensar(…) yo sólo escribí para fijar y perpetuar
la memoria de esos cortes, de esas escisiones, de esas
rupturas, de esas caídas bruscas y sin fondo (…)
nunca escritas en la historia (2).

Entonces, para comenzar este texto haciendo referencia al método: ¿habrá que pensar a Artaud a partir de un modelo tipo árbol genealógico, partir del 4 de septiembre de 1896 (Marsella) con su nacimiento, pasar por su meningitis y los conflictos con su madre a temprana edad, hasta acabar en Rodez, en la clínica de Ivry, 4 de marzo de 1948, con la imagen de un jardinero, una cama, una bufanda roja, una mano y un zapato en el suelo, y negar así la inarborescencia de su cerebro? ¿Se desatenderá su palabra-dolor, llevando a cabo una especie de profilaxis de su palabra, con el fin de comprenderle? O ¿será más consecuente con nuestro autor intentar “reconstruirlo” (reivindicarle), si bien al estilo del que aquí escribe, partiendo del método que el propio Artaud empleó para dicha labor, la partenogénesis, más rizomática que arborística?

Entonces de lo que se trata es de abrirle, redimir su Mal definido como aquella fuerza que posibilita una ruptura, para el caso, que posibilita un paso más en la historia de nuestro pensamiento. Un mal sufrido, en el sentido de Emmanuel Levinas, como externo a sí mismo, y que por ende excede a toda capacidad de comprensión y es constitutivamente insoportable. No pretender encerrar su conciencia en fórmulas o preceptos, en una organización verbal o cuadro gnosológico cualquiera; como el mismo Artaud lo reclamaba, no tratar de nombrar su batalla, ya que esto sería matar la nada, detener la vida, y

Yo, Antonin Artaud, mujo, mujo mientras
ustedes, ustedes críticos, pastan mi límite exterior (3)

<>¿Pastar u horadar?: ¿Matar o re-crear?: ¿Crítica o mapa?: ¿Competence o performance?: ¿Diagnóstico o reivindicación?
Sólo un mapa: Mapa-Artaud, des-geografizado y des-corporalizado, sin pivote, sin referencias “pastántes”, pero sobre todo, como enuncia Lacan a propósito del delirio, sin nada que comprender, pues “que sea comprensible no tiene el más mínimo interés. Lo que es sumamente llamativo es que es inaccesible, estancado con relación a toda dialéctica” (4). Únicamente señalar acontecimientos: el acontecimiento anominal que fuiste, Nanaqui Nalpas, sumo N.N. de nuestra historia, pues lograste darte un nombre propio a partir de la singularidad vía la multiplicidad, hasta resquebrajar los cimientos sobre los que se ha asentado nuestra historia del pensamiento.

ARTAUD-ACONTECIMIENTO: ¿Delira Artaud, o toda una sociedad?

Ubicarnos en el acontecimiento Artaud es nombrar, en consecuencia, toda una sociedad, una historia del pensamiento y no un individuo, como se hubiese querido. Es ingresar en el debate, ya milenario, sobre la Verdad: verdad trascendente, verdad absoluta. Artaud cuestiona esta verdad en sus distintas dimensiones: lógica, gramática, ontológica, jurídica, psiquiátrica, artística. Es él, quizás, el personaje del siglo XX que con mayor ahínco, riesgo, posteriores represalias y padecimientos, ha lanzado graznidos, aullidos e improperios, contra todo aquello que compete al Discurso Capitalista y a los Aparatos de Estado, sin fundamento científico alguno.

Artaud encarna, pues, la Revolución, pero la suya propia, su verdad de loco, no la revolución que algunos comunistas de la época le quisieron acomodar. La revolutio, entendida como Mal, en la medida en que trastoca el orden de las cosas, da cuenta de que lo considerado sólido y estable no lo es más. Es a lo largo de esta revolución como va separándose de todo, entre otras cosas, del surrealismo y de la barca dadá, por partidistas, y “porque era demasiado surrealista para eso”.

Se caga en el Espíritu (en la razón suficiente de la representación clásica) y, con ello, en todos los teóricos occidentales del misticismo, por concebirlos teóricos mixtificadores. Se caga en Marx, en Platón, en Kant, en Descartes, en el Papa, en fin, en “todos esos blancos que llegan con sus cabezas pequeñas y sus espíritus bien manejados”; en todo cuanto servía de soporte a la época.

Para entender a qué revolución se hace referencia y qué es lo que con ella se pretende —pues es de esta aventura de lo que aquí se trata—, debe señalarse que para Artaud “las fuerzas revolucionarias de un movimiento son aquellas capaces de desequilibrar el funcionamiento actual de las cosas, de cambiar el ángulo de la realidad” (5). Y, para tal empresa, Artaud se va a hacer, como primer momento, un escenario cuasi-material lo más próximo a él, esto es: su organismo, o lo que sea ese “ovillo de miembros mal acoplados”, según dicta en Viaje al País de los Tarahumara.

He aquí su sino, la base de su sufrimiento, su mal y el encuentro con su verdad: verse obligado a destruir, a cincelar en sí mismo todas aquellas formas que constriñen el ser, en aras de liberar-lo: liberar el Verbo, entonces el pensamiento, y así el cuerpo. Escapar de esa gran Forma que él llama capitalismo de la conciencia para instalar en su lugar una nueva verdad, aquella que ha sido olvidada, no escuchada por la historia de Occidente, aquella del “pensamiento justo”, de la verdad del Juicio. Una nueva verdad disidente, diferente, de lo otro, loca verdad: “ese bello ramillete en el sombrero que casi nadie quiere” (J.J. Surin). En palabras de Julia Kristeva, ese imposible a decir que “sólo puede designarse de ahora en adelante a través de la categoría lacaniana de lo Real”, pero que en tanto imposible que empuja a ser nombrado por el sujeto en la búsqueda de su verdad, es designado como lo Vreal (6).

La delicada y verdadera presencia de Dulcinea para Don Quijote, el “asesinato del alma” y la “eviración celestial” en Schreber, o la muerte radical de Artaud en agosto de 1939 y su trasmigración de cuerpo en octubre del mismo año, serán a partir de este momento hechos tan verdaderos y consistentes como la Duda en Descartes o la Herencia en Lamarck.

Es esta verdad nombrada, la que resquebraja y derrumba el suelo de esa Verdad sobre la que la ontología y la lógica clásica se habían sentado, ¡acostado!.

Se habla, entonces, de un punto. Como lo dice Artaud: punto insondable “que hay que hallar, especie de estación incomprensible (…) alrededor del cual gira toda la pedrería mental” (7). Punto límite que ha costado la libertad, o el anonimato, a quienes han pretendido su desciframiento, a quienes se han permitido acercársele,

Acercársele que ha obligado Hacer-cárceles.

LA LOCURA ES / EL punto / ES LA LOCURA

De lo que se habla es de un punto, no es más. Punto en torno al cual giró Artaud toda su vida. Quién, si no él, padece ese “vacío atrozmente doloroso”, sufre por encontrarse « fijo, localizado alrededor de un punto que es siempre el mismo y el cual todos mis libros traducen” (8). Y en tal intento de traducción es de donde se prende y desprende su revolutio, el encuentro con su verdad; en esa ausencia de verdad que desgarra, en la búsqueda de la verdad vía la Diferencia, lo Singular, la Enfermedad (9)

Ahora bien, ¿en qué consiste este punto?; es decir, en qué consiste el mal de Artaud, su diferencia, su enfermedad y, entonces, su verdad. Además, es este el momento de señalar que, propiamente, no se trata de la enfermedad de Artaud sino, mejor, una enfermedad-Artaud de nuestros tiempos ― es esa al menos la proposición que mueve este ensayo. Y, aún más, pensar si aquí se trata de enfermedad, o de revolutio, en el sentido que se dio párrafos arriba―.

Aquello que Artaud nos trae (La Peste), si bien es una enfermedad que sólo (solo) él está condenado a soportar, no es a fin de cuentas una enfermedad propiedad suya, una enfermedad que su época no padezca: sostener el propio “ser” tras el pensamiento, pretender que la palabra nos representa a plenitud, que el “yo” es un lugar cognoscible vía el significante es, sin duda, una ficción basada en nuestras creencias, como ya lo había dicho Nietzsche.

Antonin Artaud, según él mismo lo dice, ha sido el “único que ha sentido los recovecos de la pérdida”, el único que ha reconocido “la hipocresía de nuestros tiempos”. Por ello, para él, diferencia-enfermedad-escritura (aquel punto) no es, como se venía creyendo respecto a la “locura” o la “posesión”, un positivo, algo que se intro-mete, un-de-más-nombrable, un plus de, sino todo lo contrario, es un negativo, un de-menos-innombrable, un moins de.

Antonin Artaud n -1 de pensamiento, n -1 de cuerpo, n -1 de significante, n -1 de significado, n -1 de obra, n -1 de ser, n -1 de vida. “N –1” que, como fórmula deleuziana, es eso que permite abrirse a las multiplicidades; al devenir impersonal de la historia.

Respecto a esto, en Verdad y Escritura, José L. Rodríguez García dice, a propósito de la enfermedad Artaud: “ese Mal que obstaculiza el Decir”. Mas, podría uno preguntarse igualmente, aunque de modo menos trascendente y metafísico: ¿no es la imposibilidad misma del decir, ese no poder representar que se le impone a la época — y que la hace crujir, rugir, simular —, aquello que produce el mal artaudiano? Así, más que de lo real, quizá pudiera hablarse de la hiperrealidad de nuestros tiempos, según lo nombra Jean Baudrillard en La transparencia del mal.

De lo que se trata, en últimas, es de la ausencia de continuidad, la ausencia de extensión, la ausencia de persistencia en los pensamientos. Ninguna presencia hay de más que eso ausente. Nada que se meta de más en el pensamiento, aparte de una especie de soplo lacerante. Todo escapa contra su voluntad. Es la sensación de ausencia de verdad, de no poder decir algo lineal, consistente, no poder encontrarse en el pensamiento; en suma, la ausencia de un cuerpo, corpus, he aquí la diferencia-Artaud.

Basta con leer no sólo sus escritos, sino acerca de todos sus proyectos emprendidos y generalmente fracasados, para encontrar que su mayor dificultad estribaba siempre en relación con la materialización, la realización, la corporización: en el teatro, en la poesía, en el cine, en sus conversaciones, en la vida diaria. Por ejemplo, respecto a su presentación teatral Les Cencis, ambientada y decorada por Balthus, a quien admiraba, dice: “me ha hecho un decorado de farsa de Màitre Pathelin”, pues “desde el punto de vista teatral la concepción era buena (…) pero me ha traicionado la realización” (10). Igualmente achacará el fracaso de su emisión radial “Para acabar de una vez con el juicio de dios” y el de su film “La Coquille et le Clerygman”, a la máquina, a la interposición técnica, a la re-presentación de la idea. Y es que siempre “la imagen hablada aborta, e intentar llevar la idea o imagen al exterior es aún más difícil”.

Sin embargo, no hay que olvidar lo fundamental en Artaud en cuanto a su estado se refiere: “no es [ni siquiera] un impedimento en la expresión (…) es en verdad el pensamiento el afectado”, y por ello el lenguaje, la personalidad, el yo.

La incapacidad de corporización (el dolor) es lo primigenio, viene de entrada, antes que nada.

De allí que en la escritura (medio a través del cual emprende su revolución) Artaud se nos presente en la ausencia misma, como lo subraya Foucault en Historia de la locura en la Época Clásica. No es su escritura un Opus acabado, sino un menudo Pesa-Nervios (Parangoisse, diría Lacan en su versión neurótica del concepto). Pesa-Nervios definido por el poeta como “una especie de estación incomprensible y bien erguida en el centro de todo en el espíritu” (11)..

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“EL PRINCIPIO SERÍA EL DESPOBLAMIENTO”

Algunos biógrafos de Artaud señalan dos momentos cruciales en su vida donde podría ubicarse este principio, el cual no es más que la puesta en escena de su revolutio.

Se tiene noticia de la importancia que se ha dado a las fechas 1923-1924 y su Correspondence avec Jaques Rivière, como especie de hito representativo en la vida del poeta. Es esta la época en que se manifiesta al público su persona-obra y, además, está lo llamativo de que sea a través de cartas, las cuales se resumen, como diría Blanchot en El libro que vendrá, en saber si existe un poema que tenga como tema, tácito o manifiesto, su realización como poema.

Otros biógrafos hablan de la fecha 1927 (ruptura con el surrealismo) como momento a partir del cual hay un verdadero cambio de tono en la obra-Artaud. Para Jean Louis Brau, Artaud pasa del “desgarrado hombre en las cartas a Rivière” a “un revolucionario del espíritu” (12). Para José Luis Rodríguez García, en esta misma fecha se da el paso de un “tono confesional, llamada de auxilio a la comprensión, a una plena reivindicación, afirmación de la verdad metafísica de lo que el síntoma revela” (13)

Por otro lado, y continuando con estos datos biográficos, es cierto que para 1920 Artaud se encuentra en una especie de des-ocupación, una descripción-exteriorización de su estado físico y de todas aquellas incógnitas que le confería su estar-en-el-mundo. Sin embargo, y sin despreciar estos hitos ni lo que allí acontece (las rupturas), se puede ver que donde el despoblamiento hace metástasis efectiva, cobra acción plena y absoluta significación sobre la subjetividad de Artaud, es decir, donde se puede hallar un cambio de tono radical, una revolución del espíritu, una marcada afirmación de la verdad de su sinthoma, es a partir de 1935 y, específicamente, en el año 1937 (14). Veamos la importancia de tal fecha:

La línea del estado Artaud gira y se dirige hacia un punto. Si bien pudiera ser que este punto alcanza tal vértigo en su vida que logra devenir línea. El caso es que hay un trayecto, un viaje de liberación a emprender; cualquiera que sea este y hacia donde quiera que conduzca. No importa si es a la manera de los viajes beckettianos, intermitentes e interminables: reptando y jadeando por sobre el fango; en muletas y bicicleta recorriendo tramos de 20 pasos por día, o por meses, sin un horizonte, etc. ¿A dónde va Pim, Pom, Bom, quien sea? ¿Hacia dónde Molloy, Moran y su hijo? ¿Comment çe? No se sabe, mas es así como da la impresión de haber sido su viaje.

Ahora, para emprender tal viaje, Artaud requiere de un Plan turístico, especie de algoritmia, un Programa ―en el sentido preciso que lo trabaja Gilles Deleuze― que guíe el despeje de la X en la ecuación de su existencia. De modo que no es suficiente con que esté el terreno, la geografía, o sea, no basta con tener un cuerpo (léase organismo); pues “el cuerpo se lo hace cada uno o de lo contrario ni / sirve ni se aguanta” (15). “El cuerpo empieza en el punto en que empieza el dolor de estructurar el de uno” (16)

He aquí su Programa:

1º. Sentirse y sondear, en el estrecho sentido del término (época de 1920).
2º. Evacuar (“defecar”), ex–poner (escribir-Se), todo lo relacionado con su estado actual (1920 y años subsiguientes).
3º. Destruir toda forma, incluso si ello implica destruirse a sí mismo (1937, aproximadamente).
4º. Construir (¿1949/2004…? ¿Nuestra labor?).

Pero, ¿cómo llevar a cabo dicho programa cuando el pensamiento se fuga?. Fuga debida no más que a las palabras, ellas detienen el pensamiento: los términos que Artaud pretende elegir para pensar no son más que TÉRMINOS en el sentido propio de la palabra, “verdaderas terminaciones”. Además, si en la otra cara de la ausencia del pensamiento, convenimos en que un organismo vivo no es garantía de corpus, resta señalar el atolladero en que se encuentra Artaud; a saber: la imposibilidad de hacer-Se (a) un cuerpo, saber que el suyo está accidentalmente habitado, que él está separado de su propio cuerpo, como se lo menciona a G. Athanassious el 31 de julio de 1922.

Es así como, para 1937, Artaud lleva a cabo el tercer paso de su programa, el despoblamiento, romper con todas las formas — a la manera como operaría un diletante que en lugar de dejar que tras el trabajo de la piedra en bruto aflorase su propio Moisés, como refería Miguel Ángel, esculpiese sobre el Moisés ya terminado, con el fin de encontrar aquello que lo hace sublime (lo que con esta metáfora se quiere señalar es que en la búsqueda de su punto Artaud habrá de pagar con su propio ser : lo ocurrido en los meses de agosto y octubre de 1939, su muerte radical subjetiva).

Al inicio de 1937 el despoblamiento se manifiesta patente: “Hace una semana que no sé si vivo, ni en donde estoy ni si poseo un cuerpo No puedes saber qué Hombre va a surgir de mí”, le comenta a Cécile Schramme el 22 de abril. “Sé que no esperaré más allá de la última fecha que he señalado” (es decir, el 25 de julio de 1937; al parecer, fecha de la escritura de Les Nouvelles Révélations de l’Être), dice en Carta a Breton del 30 de julio. El 14 de septiembre le habla a éste mismo de su nueva y última actitud, enfatizando en que ha terminado por abandonarlo todo, hasta la idea misma de la Existencia, ya que el Hijo-Siva, que es Artaud, es también la fuerza de destrucción de las formas, de modo que ha llegado el momento de rechazar el apego a los cuerpos, ha llegado el instante en que deben morir las formas, y es esto lo que explica el desorden de los Tiempos. Y en carta del 30 de julio, le dice:

Hoy por hoy hay que abandonarlo todo para que se establezca
un mundo en el que yo pueda creer Y mientras yo pueda imaginar
que hay una cosa, siquiera una, que hay que salvar, la destruiré
para salvarme de las cosas

Acabar con todo lo que le rodea, incluyendo su propia vida. Destruir todo cuanto pueda hablar de una creación de sí mismo ajena a su voluntad, para volver a comenzar de 0 (partenogénesis por engendramiento: cuerpo sin órganos) Lo que se busca es lo Absoluto (17), y quienes buscan lo Absoluto, continúa Artaud, “están con el Hijo, contra el Padre, pero sobre todo contra el Espíritu Santo”, y hay que acabar con el Padre no más que por ser él “la horrible Fuerza de la Naturaleza que crea al Ser y que hace la desgracia de todos los Seres”.

Aquí, como se ha dicho, su profundo dolor o, más bien, desgarramiento pedazo por pedazo, realizando además un masoquismo puro (18), en tanto resistencia al ser. Dolor, desgarramiento, ya que “existir sin ser no es fácil” (19). Además, como leiv motiv en la vida de Artaud, lo que se persigue escapa: “lo real, varias veces desde que vivo, ese real ha desaparecido” (Les Apocalypses du réel –1947).

En suma, si el año de 1937 es más que un simple mojón en su vida, es un acontecimiento en la existencia de Artaud, se debe a que la aparición de Les Nouvelles Révélations de l’Être va unida al peculiar hecho de que sea firmado: EL REVELADO ―se trata del lugar del nombre propio (el tratamiento de y por la letra) y lo que de ello se desprende en cuanto a la ejecución de su revolutio.

Y aquí sí se halla una plena ruptura, un quiebre en la línea-Artaud, vía el trabajo por la Letra (el nombre propio). Contrario a lo que piensan algunos autores, entre ellos Pierre Bruno en su bello escrito Antonin Artaud: realidad y poesía, no es con este modo de firmar como Artaud pierde su nombre propio sino, todo lo contrario, como se hace verdaderamente a uno. Mediante el tratamiento de (por) la Letra se da inicio a lo que llamaríamos el verdadero despoblamiento: para hacer-Se (a) un cuerpo (sin órganos), vía el no-ser, la despersonalización, las multiplicidades.

Letra como medio: entre el significante y significado, entre cuerpo y pensamiento. Shifter en el vacío. Locura sin síntoma. Sinthom, en el decir de Lacan: hacer de la Letra su morada, su pivote. Psicosis no desencadenada, vida en continuo desencadenamiento: pathos.

De este modo, Artaud obtendrá el derecho a llamarse: L’Inné Absolu (El Innato Absoluto); creador de cosmogonías individuales.

DESPOBLAMIENTO MEDIANTE LA LETRA. NOMBRE PROPIO. DELIRIO

De lo que se trata, pues, es de hacerse (a) un cuerpo sin órganos; he aquí uno de los ejes fundamentales de su Programa: Liberar el cuerpo de todos sus automatismos para devolverle su verdadera libertad. Como comentará Deleuze y Guattari, un Cuerpo sin órganos en que ya no haya yo ni el otro, “en virtud de singularidades que ya no pueden llamarse personales”(20).

Y este proceso de despersonalización afirmado sólo puede ser llevado a cabo por Artaud a través de la letra, el nombre propio; en tanto “el nombre propio no designa un individuo, al contrario, un individuo sólo adquiere su verdadero nombre propio cuando se abre a las multiplicidades que lo atraviesan totalmente, tras el más severo ejercicio de despersonalización” (21). Entonces, si Artaud toma la decisión de hacer desaparecer su nombre es con el fin de hacerse a uno verdadero, ese que le permita hallar su propia verdad mediante la destrucción en sí mismo de todas las formas que le constreñían y darse así un cuerpo sin órganos.

1937: Paso de lo tonal a lo nagual, para ponerlo en palabras de Castaneda. Paso de la organización y los estratos a un cuerpo desestratificado, a un pensamiento a-referencial, a-significante, des-ramificado. Paso de los pronombres personales a los deícticos y a las lindes de la glosolalia; los pronombres personales dan lugar a los indeterminados, indiferenciados: EL REVELADO; Art., como firma en Carta a Breton del 14 septiembre 1937; “Tres estrellas, ni siquiera iniciales”, como explica a Paulhan el 27 o 28 de mayo 1937, acerca del nombre que debía ponérsele a la edición de Viaje al País de los Tarahumara.

Sólo así puede construirse un cuerpo. Por inter-medium de los deícticos (ese Art., estas estrellas, aquél REVELADO, un tal Antonin Artaud) se logra la desestratificación, el desencadenamiento de las ataduras formales. El deíctico posibilita un separar-se. De paso, no olvidemos que para esta fecha Artaud no está muerto, sino separado. Entonces, el cuerpo sólo es trascendido vía su invocación. Transubstanciación del cuerpo a través de la palabra: “Esto es mi cuerpo que será entregado a todos vosotros para la redención del mundo”, según recita la homilía.

Y no es más que esta línea de escape por el “lenguaje” (Letra) lo que le lleva a salir del surco (delirare) del lenguaje (Significante), vía un “otro lenguaje”. Entonces, tomar la barra saussureana que atraviesa y reorganiza el binomio SIGNIFICANTE / SIGNIFICADO y hacer de ella el báculo de San Patricio con el cual escanciar sonidos estridentes y chispeantes, por las calles del París de 1937. Sólo así podrá fluir el pensamiento, emitiendo signos, ráfagas de sonido, dando un paso atrás en el lenguaje hacia aquel lenguaje antes del lenguaje. De aquí la pasión por el teatro balinés, teatro de la crueldad, por sobre el teatro occidental, tan empobrecido por su fijación al texto escrito. Añadir al lenguaje hablado un otro lenguaje, devolverle su antigua eficacia mágica, su eficacia embrujada e integra, al lenguaje de la palabra cuyas misteriosas posibilidades se han olvidado; he aquí el propósito (de) Artaud.

Es, pues, la palabra soplada de Derrida; como titula su trabajo sobre el poeta. Otra vez el hombre alado, o álalo, diría Baldomero Sanín Cano.

Aliento. Colores. Intensidades. Musicalidad.

Y es que, si para Artaud las palabras, la literatura, el sentido, “todo es una porquería”, entonces tendrá que instalarse todo por fuera del mundo de la representación, por fuera de ese autista rebote especular que es la pareja significante / significado. Si “el significante en cuanto tal no significa nada”, como ha dicho Lacan, será necesario hacer delirar el lenguaje, y qué mejor medio para ello que la glosolalia, poner a hablar la lengua en tanto órgano. Véase un ejemplo de esto:

Uno se decide por el dolor pero no es un súmum
sino una voluntad abisal que se expresa
mediante un ser canto
ru de dur
ta rar e kresina
ta re rinu
ara ri dedi
(22)

Al hablar, pues, de un soplido todo cobra verdadero sentido en Artaud. Se habla de la importancia que éste otorga al control respiratorio: controlar la respiración, el aliento, es fundar sobre una disciplina corporal la producción y distribución de flujos de pensamiento (23) No en vano aquello que más llama la atención a Artaud del “lenguaje” Tarahumara es ese soplo que se desliza por entre los signos impresos tanto en las rocas, los árboles, las fachadas de las casas, los trajes de la Sierra mexicana. Los signos de un lenguaje basado en la forma misma del aliento cuando se libera en sonoridades (24): la “H de la generación”, “el círculo del Universo indeterminado”, la “cruz rosacruciana”, lágrimas, relámpagos.

Es el signo lo que posibilita la asunción de un corpus, vía el soplo creador, vía la poesía des-textualizada y sin forma.
Sólo así, mediante lo que se ha considerado su enfermedad, Artaud encuentra posible la manifestación de su verdad, lo Vreal. Ese punto que se desliza y atraviesa el ser, que como se ha dicho es el que intenta traducir todos sus escritos, ¿qué es sino un soplo?.

Todo se ha creado mediante el soplo, gracias a él los seres permanecen con vida. ¡Hermosa congruencia!, pues, de un discurso que se pretendió psicopatologizar. Congruencia que termina de redondearse en una esfera perfecta, con la frase dicha a Génica Athanassious en Carta del 22 de agosto de 1922: la necesidad de “pensar para vivir, así como la respiración es necesaria para el ahogado”.

De modo que si se nombra a Artaud como acontecimiento (haecceidad), y si se habló de una enfermedad Artaud más que de la enfermedad de Artaud, ha sido por aquello de que su pretendido delirio, su posición esquizoide psiquiatralizada, no fue más que la acción de re-establecimiento de una Sociedad podrida de dualismos y fragmentaciones. Si Artaud delira es porque ha encarnado el delirio de un Lenguaje pretendido lleno, instrumento de comunicación.

“¡No deliro, no estoy loco!”, grita Artaud en la emisión radiofónica “Para acabar de una vez con el juicio de dios”. Y esto se ve fundamentado en que mediante su vida, su cuerpo, la poesía, ha tenido que reinventar permanentemente el lenguaje, darle un cuerpo a esta sociedad que no lo tiene o que, creyendo tenerlo, se ha hecho a uno sumamente estratificado, organi(smo)zado, triangulado, dando extremada fe a la palabra llena, al hecho de que el lenguaje (el pensamiento) es suficiente para darse un cuerpo y, de tal modo, para sostener una identidad, un yo; otorgando extrema fe a la anatomía biológica y olvidando, por último, que “se necesitan años para construir una anatomía punto por punto” (25)

Artaud delira, por supuesto, pero su delirio en lugar de oponerse a la realidad la funda (26) Y es en la fundación de esta nueva lengua (modo de pensar) por lo que lo encierran: por pasearse por las calles de Dublín (Irlanda -1939) escanciando con el báculo de San Patricio algunos verso al aire, en contra del orden establecido.

De hecho, es precisamente en el modo de escanciar sus poemas, en su glosolalia, en lo que se apoyan el Dr. Ferdière, y otros profesionales de las áreas psi, para diagnosticar “delirio y monomanía”, sólo porque sus recursos al momento de crear la poesía consistían en cantar frases acompasadas, como otros cantarían Viens Pouple o Auprés de une blonde, o en darle golpes a la atmósfera con su soplo y su mano, tal como se maneja el cuchillo o el hacha, para hacer que surgieran almas sobre su cuerpo y en el aire (27)

Pensamiento, vida, soplo, dolor, letra, cuerpo llevan a pensar que la vida de Artaud, más que teatro, poesía, arte, escritura, cuadro psiquiátrico o enfermedad, fue estrictamente vida. De todos modos, Artaud es ese caso particular, digno de nuestra época, donde a la vez que su existencia es impensable sin la escritura, bien puede ser pensada sin ella. Escritor por accidente, por necesidad, no por oficio. Como él mismo lo dice: “No hay expresión que me caracterice nunca / lo que hago es hecho para la utilidad inmediata sin nada que me defina / pues yo siempre soy pobre por tanto con varias necesidades”. Escritor sin Opus: escritor parasitario (28). De hecho, y como fundamento de esto que se señala, no es fortuita la importancia que en su garabatear tienen las cartas (lettres) y los Cahiers o Cuadernos. Textos que dan cuenta de su intención en el acto de escritura: más que crear un mundo paralelo (la Obra) a su vida, escribir(se) sufrimiento, vida, hacer(se) instrumento que le permita soportar(se), instrumento encontrado no en una escritura-obra sino por poco, para no caer en la hipérbole, en el acto mecánico o gimnástico de escribir: los bastones y más bastones con que llena casi un cuaderno antes de morir, luego de haber asegurado no volver a escribir más, y mediante los cuales alega la necesidad que tiene su mano de llevar a cabo la sola acción.

Así, Artaud, Le Momo, pasará de ser burlado a burlador, de perseguido a perseguidor, a la manera del Charlie Parker de Cortázar, a la manera de la persecución inmóvil de Bartleby a su jefe, a la manera de nuestros grandes locos iluminados, para impedir que su voz se desvanezca entre las hojas de nuestra historia de pensamiento.

ABSTRACT

Este texto surge de la necesidad, varias; entre ellas, dos: señalar aquello que hace de la locura del poeta francés Antonin Artaud locura de una época, no una locura particular – personalizada y encerrable -; así él haya padecido solo. Entonces, expresar entre líneas la ruptura que en la historia del pensamiento occidental ha habido entre Verdad y locura; esta última contrapuesta al Juicio, silenciada tras el manto de “estulticia”, “monomanía”, “psicosis”, “delirio”.

Artaud evidencia esta grieta e intenta zanjarla: la verdad, su delirio, pasa a ser fundante de la realidad, no contrario a ella; la cifra cartesiana cogito ergo sum no logra sostenerse a sí misma, ni sostener ideal alguno: si pienso luego existo, ¿cómo explicar: Artaud-no-piensa? Artaud no entraña, propiamente, el doble, ni siquiera parece un hábitat de heterónimos; él-no-piensa, luego ¿cómo existir sin Descartes, sin cogitar, sin un yo? ¿Cómo Occidente puede vérselas por fuera de la razón suficiente, del mundo de la representación clásica, del Lenguaje? El poeta responderá en el encuentro con su verdad, su mal, y con la construcción de un nuevo mundo posible, siempre tras el agrietamiento del Lenguaje  última ilusión de la Verdad Trascendente.

* Psicologo, Universidad de Antioquia, Plastilina7@gmail.com

8.5
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