La descarnada radiografía que hace Vallejo de la religión

La descarnada radiografía que hace Vallejo de la religión

¿No trajeron paraguas? Por si de pronto llueve…

Voy a hablar de dos cosas. Una, de Dios que no existe, de Cristo que no existió, y de su infame Iglesia que no quiere a los animales y que se las da de buena y misericordiosa habiendo sido cruel y asesina hasta donde pudo cuando pudo, más que el Estado Islámico de hoy pues este apenas decapita mientras que ella quemaba a la gente viva en las hogueras de su Santa Inquisición. Y dos, de nuestra asquerosa clase política, presidida por el vagamundo que tenemos en la presidencia. Con todo respeto.

¿Que Dios hizo el Universo? ¿Y quién dijo que el Universo lo tenían que hacer, acaso es una mesa de carpintero? Si Dios, que no sabemos quién es, se hizo solo y existe desde siempre, ¿por qué no se pudo haber hecho solo y existir desde siempre el Universo, del que tampoco sabemos qué es? Los astrofísicos de hoy, ampliando el horizonte de los astrónomos del pasado, nos hablan de fenómenos cada vez más abstrusos: de materia oscura, energía oscura, estrellas de protones, agujeros negros, supernovas con luminosidades de galaxias… Un día de estos ven con el telescopio Hubble a la Virgen orbitando la Tierra. Como esta santa mujer ascendió al cielo en cuerpo y alma según el dogma de la Asunción… Su alma estará ahora en el cielo con su Hijo Cristo y el Padre Eterno, ¿pero el cuerpo? A algún lado ha tenido que ir a dar el cuerpo. Cuerpo es cuerpo. Dios es la explicación del bobo, la de Perogrullo, la que no explica nada. No sabemos qué es el Universo y a lo mejor nunca lo sabremos ni cómo surgió. Más aún, para no elevarnos ni un palmo del suelo, no sabemos qué son la gravedad, ni la energía, ni la luz, ni la materia. No pasan de ser palabras, vagas palabras. Vivimos inmersos en lo inescrutable.

Le preguntó Napoleón por Dios al astrónomo Laplace y éste le contestó: “Señoría, yo no necesito de esa hipótesis”. Si no sabemos pues qué es el Universo, ¿por qué lo tenemos que cargar con la necesidad de un origen? El que no sabe qué es una cosa que no diga de dónde salió la cosa. ¡Dizque el Homo sapiens, el hombre sabio! Esto lo que es es el Simius mendax, el simio mentiroso, que hace tres millones de años bajó del árbol donde vivía alimentándose de hojas y frutas, a la planicie a cazar animales para comérselos, y que se cree el rey de la creación porque se lo dice esa colección de textos apócrifos, inmorales y estúpidos que llaman la Biblia. La Biblia la inventó y cambió en el curso de generaciones y generaciones una sucesión de levitas carniceros y de copistas obtusos, todos anónimos, y no es la palabra de Dios porque la palabra es cambiante y sucesiva y Dios es inmóvil, fijo, igual siempre a Sí Mismo, y si de boquisuelto se pone a hablar, entra en la corriente del Tiempo, que se lo lleva. Ningún rey de la creación. El hombre es un simio alzado que excreta sentado.

Paisanos (o expaisanos, como gusten), ya dejen de cacarear derechos y empiecen a asumir deberes: a no tener hijos si no tienen con qué mantenerlos y a no comerse a los animales porque también ustedes, todos nosotros, somos animales: como los cerdos, como las vacas, con sangre roja con hemoglobina que lleva el oxígeno al corazón y un sistema nervioso por el que sentimos la sed, el hambre, el miedo, la angustia y el horror a la muerte como ellos cuando los llevan al matadero, donde los van a acuchillar.

A mí primero me decían que era un amargado. Pero como vieron que mientras más me lo decían más feliz me hacían se cambiaron al cuento de la cantaleta: que lo que yo digo es cantaleta. Ya van siendo bastanticos en este país los que me odian, entre los cuales sobresalen dos que me detestan: un hippie viejo nadaísta que escribe en El Tiempo y un huerfanito que escribe en El Espectador. El hippie viejo está convencido de que a él también le dieron el premio Rómulo Gallegos. Y el huerfanito prometió en carta pública no volver a poner un pie en España si nos ponían visa a los colombianos. Nos la pusieron y cumplió: no puso un pie: los puso ambos. ¿Cantaleta? Esto lo que es es un memorial de agravios.

Y dicen los clérigos del cristianismo –curas, pastores y popes– que Dios es amor y que Cristo nos ama. ¿Y los terremotos, los maremotos, las hambrunas, las sequías, las heladas, los tornados, la enfermedad, la vejez, la muerte, el volcán de Armero? ¡Qué tal que no que no fueran amor y que no nos amaran, cómo nos iría!

Dice el credo: “Creo en Dios Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la Tierra, y en Jesucristo su Único Hijo”. ¿Oyeron bien? Dijo “único”, no dijo dos, ni tres, ni cuatro, ni cinco, ni diez, ni diez millones. Único. Pero dice el padrenuestro: “Padre nuestro que estás en los cielos”. “Nuestro” es plural, hasta donde yo sepa, no singular. Entonces en qué quedamos: ¿Tuvo un hijo, o tuvo muchos? El Padre Eterno tuvo más hijos que un costeño suelto preñando viejas. Así que me van respetando, nadaístas viejos y huerfanitos, hijueputicas, porque yo también soy hijo de Dios.

Pues este Padre desnaturalizado mandó a su Hijo Único a la Tierra a que se lo crucificaran y se lo mataran dizque para redimirnos. Dos mil años han pasado desde la supuesta redención y miren cómo estamos: con uno, dos, tres, cuatro millones de exiliados; cinco, seis, siete millones de desplazados; ocho, nueve, diez, quince millones de desocupados… La redención del Hijo sirvió para un carajo. El hombre está perdido, no tiene redención: va rumbo a la muerte, de vuelta a la nada.

Nadie puede probar la existencia de Dios, los curas no encuentran la forma. Dicen entonces que es cuestión de fe, de creer. Ah sí, ¿entonces si usted cree que hay una montaña de diamante en Marte yo también tengo que creer o si no me manda quemar en la hoguera de la Santa Inquisición? Al que afirma la existencia de algo le toca la carga de la prueba. Y si no hay Padre no hay Hijo. Padre sin hijo es una aberración ontológica. No hay Hijo. Lo que sí hay es Cristos. Muchos Cristos, veinte o más. Y ni uno solo real, histórico, todos mitológicos, ficticios, falsos, fabulados, inventados. Y todos inventados después del año 100, no hay ninguno de antes. No hay mención en ningún texto anterior al año 100 de las palabras Cristo y cristiano. Cristo sí está en las Antigüedades judaicas del historiador judío Flavio Josefo, quien las escribió en griego por el año 90, pero mencionado en un solo un párrafo, el que se conoce como el Testimonium flavianum. Pues bien, las Antigüedades judaicas, escritas en veinte libros o rollos de pergamino y con cientos de personajes históricos, reales, solo tiene ese párrafo dedicado al redentor de la humanidad. El párrafo es espurio. Fue interpolado, agregado, y apareció por primera vez citado en la Historia eclesiástica de Eusebio, el primer historiador de la Iglesia, escrita entre los años 312 y 324. Orígenes, el más grande erudito cristiano de la antigüedad, muerto por el año 254, o sea antes de Eusebio, y quien conoció el libro de Flavio Josefo pues lo cita repetidas veces en sus escritos, no menciona el párrafo en cuestión, siendo así que para un cristiano, y padre de la Iglesia por añadidura, sería la gran prueba de la existencia terrenal del fundador de su religión. Otros escritores cristianos anteriores o posteriores a Orígenes y a Eusebio y que como ellos escribieron en griego (la lengua en que están escritos los 27 textos del Nuevo Testamento) y que tampoco conocen el Testimonium flavianum, pero que citan a Flavio Josefo, son Clemente de Alejandría, muerto en el 215; Juan Crisóstomo, muerto en el 407; y el patriarca de Constantinopla Focio, muerto en el 891 y a su vez el más grande erudito cristiano de su tiempo. ¿Por qué ellos tampoco lo conocen? Porque en la línea genealógica de manuscritos de las Antigüedades judaicas, que se bifurca tras la incorporación del pasaje por Eusebio o por un falsificador contemporáneo suyo, este pasaje, el llamado Testimonium flavianum, no está incluido en la serie original, la no adulterada.

Por lo demás Orígenes es el más grande genio del cristianismo: él fue el que inventó la fórmula para justificar todas las inconsecuencias, incongruencias, contradicciones, inmoralidades y estupideces de las Sagradas Escrituras (casi tantas como sus versículos): las explicaba en sentido figurado, como alegorías, misterios o paradojas y problema resuelto. Pregúntenle a un cura o a un pastor protestante por qué dice la Biblia que Yavé o Jehová o Eloím o como lo llamen creó el mundo y la vida en seis días, siendo así que hoy sabemos que se requirieron miles de millones de años, y responden: “Ah, es que eso era una forma metafórica de los antiguos para decirlo, ellos no hablaban ni pensaban como nosotros”.

Dice el Evangelio de san Lucas: “Fuego he venido a traer sobre la tierra, y qué quiero sino que arda? ¿Pensáis que he venido a traer la paz? No, sino la división. Pues desde ahora habrá cinco en una casa divididos: tres contra dos y dos contra tres. Se dividirán el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nueva contra la suegra”. Pues el que habla es Cristo. Cristo vino a la Tierra como los Vallejo Rendón en ¡Llegaron!, a acabar hasta con el nido de la perra.

Y oigan la maravilla de explicación que dan de semejante monstruosidad de pasaje los del Opus Dei en su edición del Nuevo Testamento: “El fuego expresa frecuentemente en la Biblia el amor ardiente de Dios por los hombres. Con las palabras que nos transmite san Lucas, Jesucristo revela las ansias incontenibles de dar su vida por amor. Para que caminemos por una nueva vida los cristianos hemos de ser fuego que encienda, como Jesús encendió a sus discípulos”. Pirómanos, secuaces del estafador de viudas José María Escrivá de Balaguer, ¿les molesta el sentido literal de un pasaje de la Biblia? Pues lo interpretan en sentido figurado, como Orígenes, y santo remedio.

Orígenes, que inventaste la metáfora como explicación de la inmoralidad y la estulticia, desde aquí te canonizo. Y ya llevo dos. Yo soy el que canonizó a Cuervo, san Rufino José Cuervo, y lo erigió patrono de Colombia. Y dejen que se me suelte la mano canonizadora y van a ver cuántos santos le doy a esta patria amada. San Rufino José Cuervo es el santo patrono de los gramáticos, ¿y san Orígenes de quiénes va a ser? De los estafadores.

Pregunta: ¿quiénes son más estafadores, los curas católicos o los pastores protestantes? Respuesta: el más grande estafador que ha parido la tierra en su vesania es el cura de la iglesia de la Consolata, de Medellín, Colombia, vecina de la casa nuestra, de la que después de trabajar toda una vida nos dejó de herencia en el barrio de Laureles mi papá, el bobo honrado. Cuando se estaba muriendo mi mamá, la viuda, empezó a visitarla el tonsurado de la Consolata para practicar con ella la obra de misericordia del cristiano de ayudar a bien morir al moribundo. ¿A bien morir al moribundo? ¡A que le escriturara la casa! Donde no llegue a tiempo mi hermano Carlos, que lo agarró con las escrituras y el bolígrafo en la mano, habríamos quedado los veinte hijos durmiendo a la intemperie.

A Carlos no hay que presentarlo aquí porque ya todos lo conocen. Salvo que no hayan leído Mi hermano el alcalde. ¿No lo han leído? Está buenísimo. Pásense por el stand de Alfaguara, que ahí lo compran por veinte pesos. Carlos Vallejo fue además el que me reconstruyó a Casablanca, la de Casablanca la bella, una casita vieja en ruinas que compré en el mencionado barrio de Laureles, con dos cuartos con baño, por la que el gobierno me cobra impuesto a la riqueza. ¡Cómo no voy a estar rico yo con esta infinidad de ediciones pirateadas! Soy un best seller de la piratería nacional. “Maestro, no corra, espérese –me gritó el otro día un vendedor callejero de libros piratas en el centro de Medellín–, no sabe lo agradecido que vivo con usted y lo mucho que lo quiero. Con la platica que me saqué el año pasado vendiendo La puta de Babilonia me fui a Tolú a conocer el mar. Pasé dichoso. Cuídese mucho. Que la Virgen me lo acompañe”. Y después dicen que soy un amargado. ¡Cómo va a ser, por Dios, un amargado uno del que está enamorado el pirata Morgan!

Vuelvo a los veinte Cristos. Aquí les van: el Cristo de los elkesaítas, el Cristo de los ebionitas, el Cristo de los ofitas, el Cristo de los nazarenos, el Cristo de los adopcionistas, el de los docetistas, el de los judaizantes, el de los gnósticos, el de los simonianos, el de los valentinianos, el de los harpocracianos, el de Basílides, el de Cerinto, el de Carpócrates, el de Marción… Más los tres del Nuevo Testamento que son los que han quedado, refundidos en uno solo, el de los católicos, los protestantes y los ortodoxos de hoy, con el que hoy siguen estafando curas, pastores y popes: uno, el Cristo de los evangelios de san Mateo, san Lucas y san Marcos; dos, el Cristo del evangelio de san Juan; y tres, el Cristo de las catorce epístolas de san Pablo. Lo que hoy entendemos por Cristo es pues el sancocho de tres Cristos. Si leen el Nuevo Testamento con el alma abierta, desprevenida, sin prejuzgar, verán que en él hay tres y no uno.

El que diga que Cristo existió, entendiendo por Cristo uno histórico, de carne y hueso, real, no un ser mitológico, fabulado, inventado, me lo tiene que probar con documentos en la mano: con la partida de nacimiento del ciudadano en cuestión, Christus Filius Dei, Cristo Hijo de Dios, súbdito del emperador Augusto, firmada por el rey Herodes, y autenticada la firma de Herodes por el procurador romano Poncio Pilatos.

Y así como no hubo ningún Cristo, tampoco hubo ningún san Mateo, ni ningún san Lucas, ni ningún san Juan, ni ningún san Pablo, ni ningún san Marcos, ni ningún san Pedro. De suerte que me les van quitando el santo a esas entelequias vaporosas, a esos engendros de la mentira. Los cuatro evangelios, los Hechos de los Apóstoles, el Apocalipsis y las epístolas de Pablo y Pedro y compañía, que constituyen el Nuevo Testamento, los escribieron muchos, pero muchos es muchos, y en prueba los papiros y pergaminos que quedan: fragmentos de un texto, fragmentos de otro, con una variante aquí unos, con otra variante allá otros, con variantes cuando menos en la tercera parte de la totalidad de los versículos, y todos estos papiros y pergaminos posteriores al año 200. ¡Y eso dizque es la palabra de Dios! Dios, ya lo dije, no puede hablar porque el lenguaje es sucesivo y Él es simultáneo, y las palabras cambian en sus sonidos y en sus significados, y lo que nos dice una palabra a los hombres de hoy puede ser lo contrario de lo que les dijo a los del pasado o de lo que les dirá a los del futuro. Dios no puede confiar su palabra a las deleznables lenguas humanas; al hebreo, por ejemplo, en que está escrita la Biblia hebrea o Antiguo Testamento y que dejó de ser lengua hablada por la época del cautiverio del pueblo judío en Babilonia, en el siglo V antes de nuestra era, para quedar sólo como lengua escrita; o al griego que se hablaba en la cuenca del Mediterráneo en el siglo II de nuestra era, en el que están escritos los evangelios y demás textos del Nuevo Testamento, y que es distintísimo al que hoy se habla en Grecia.

Tengo en mi casa la edición en griego del Nuevo Testamento de Kurt Aland y colaboradores publicada por las Sociedades Bíblicas Unidas, un prodigio de la filología, con notas a pie de página de las distintas variantes de cada versículo según los diferentes papiros y pergaminos de los primeros tiempos del cristianismo, y me quedo perplejo de la estupidez y la capacidad de dejarse engañar del ser humano por lo que le dicen unos estafadores ensotanados. ¿Cuáles de todas las variantes que hay cuando menos en la tercera parte de la totalidad de los versículos del Nuevo Testamento corresponde a la palabra de Dios? Y así no cambiaran las lenguas, si Dios no confía su palabra a la escritura, se la lleva el viento. ¿Y si la confía? Si por mano de sus amanuenses o por mano propia Dios la escribe sobre unas piedras, como las Tablas de la Ley que le entregó en el monte Sinaí a Moisés entre rayos y centellas, ¿dónde están esas tablas, dónde están esas piedras? A las piedras las deshace el viento, mi señor don viento que acabará por desintegrar las pirámides de Egipto. Y si Dios las escribe sobre el hierro, las corroerá la lluvia y las volverá herrumbre. Sobre el agua de un río, tal vez, por lo quieta… No puede haber palabra de Dios, no jodan más con ese cuento. No hay Sagradas Escrituras, lo que hay es una colección de inmoralidades y estupideces para consumo de inmorales y estúpidos.

A los cuatro evangelios del Nuevo Testamento la Iglesia los llama canónicos, o sea auténticos, dictados por Dios, para distinguirlos del montón de evangelios apócrifos, o sea no dictados por Él. E igual pasa con los Hechos de los Apóstoles y con el Apocalipsis, de los que hay varios. ¿Y quién decidió cuáles de los múltiples evangelios y Hechos de los Apóstoles y Apocalipsis eran los dictados por Dios y cuáles no, cuáles eran los canónicos y cuáles los apócrifos? Lo decidió el Tercer Concilio de Cartago en el año 397, el cual declaró asimismo como canónicas las catorce epístolas atribuidas a Pablo y siete más atribuidas a Pedro, Santiago, Juan y Judas Tadeo, escogidas entre los miles de cartas o epístolas del cristianismo primitivo. ¿Y los cristianos de los cuatro siglos anteriores al Tercer Concilio de Cartago cómo sabían qué era lo dictado por Dios y qué no? Y los paganos que vivieron antes de Cristo, los del largo pasado de la humanidad, a los que no les tocó la redención, ¿dónde están hoy, en el cielo o en el infierno? Hasta mi juventud estaban en el limbo, pero alias Benedicto XVI, durante su pontificado, borró el limbo de un plumazo. Y ahora resulta que alias Francisco, para no quedarse atrás y hacerse el bueno, dice que no hay infierno. Miente. ¡Claro que lo hay, si estamos en él, si esa es la obra de Dios, la de su Infinita Maldad! El universo entero es el infierno.

Hoy, por primera vez en el mundo, hay niños y jóvenes que quieren a los animales y que no sólo no se los comen sino que no consumen lo que ellos producen como la leche, los huevos y la miel, y que usan zapatos de caucho porque son veganos, o sea más nobles que los vegetarianos, y lo son no por razones de salud sino por las más elevadas razones que pueda haber, las morales. En los milenios que registra la Historia encuentro muy pocos hombres (nunca niños) que quisieran y defendieran a los animales, y los cuento con los dedos de una mano. Antes de Cristo, Mahavira, contemporáneo de Buda y quien fundó en la India los primeros asilos para animales viejos y enfermos. Apolonio de Tiana, contemporáneo de Cristo, y que era vegano. Y después de Cristo, el filósofo neoplatónico Porfirio, que vivió entre el 232 y el 304 y del que nos quedan fragmentos de su libro Contra los cristianos (Kata christianon en griego), el segundo gran libro contra la nueva plaga que se abatía sobre la humanidad, siendo el primero La palabra verdadera (Aletes logos en griego) de Celso, escrito a fines del reinado del emperador Marco Aurelio y comienzos del de Cómodo, por el año 180. Ambos libros, el de Porfirio y el de Celso, están escritos en griego, el idioma del cristianismo primitivo, que no fue el latín, como muchos despistados de hoy pueden creer. El latín desplazó al griego como lengua de la Iglesia tiempo después de Celso y Porfirio, y sólo en Occidente, no en el Oriente bizantino, y siguió siendo la lengua de la Iglesia hasta hace poco, hasta el Concilio Vaticano II. Alias Benedicto XVI todavía sabe latín, no así alias Francisco, que habla en italiano, en un italiano de cocina, macarrónico como el latín de sus antecesores. ¿Por qué mejor no habrá puesto este farsante un restaurante? Un restaurante argentino de pasta asciuta…

“Essere cattolici non significa fare figli come conigli”. Que no se reproduzcan como conejos, dice. ¿Y la encíclica Humanae vitae de alias Pablo VI qué? ¿No prohibía esta encíclica el sexo por fuera del matrimonio, estipulando además que sólo se podía practicar en los días fértiles de la mujer? ¿Y los 130 viajes de alias Juan Pablo II por los cinco continentes predicando contra el preservativo y el control natal, esos qué? Durante los 26 años del pontificado de este polaco simulador y dañino se le sumaron a la humanidad dos mil doscientos millones, vale decir lo que se había tardado en alcanzar desde que el hombre bajó del árbol hasta 1930, reinando alias Pío XI, y no hubo causante mayor de tan criminal aumento de la población que la prédica irresponsable de ese ensotanado diabólico azuzando la paridera. Las calles atestadas, las carreteras atestadas, los aeropuertos atestados, las cárceles atestadas, los hospitales atestados, los polos derritiéndose, los ríos convertidos en cloacas y el mar en un desaguadero de cloacas… El inmenso desastre ecológico en que vivimos tiene una causa clara, el aumento incontrolado de la población humana, y un causante principal, el tartufo polaco. Alimaña más dañina no ha conocido la Historia, por sobre Atila, Hitler, Stalin, Mao, Pol Pot… Y ahora viene alias Francisco y lo canoniza. Ché Bergoglio, sos un desvergonzado.

Un libro más de Porfirio que me llega al corazón: Sobre la abstinencia de carne. Este solo título encierra para mí una moral más elevada y más bondad que lo que hubiera dicho de noble Cristo. Porfirio fue un gran hombre, grande de verdad. El Cristo triple del Nuevo Testamento era un loco rabioso que expulsaba a los mercaderes del templo porque estaban buscando allí el sustento. ¿Si no quería que trabajaran, por qué su papá, el Padre Eterno, no los hizo ricos? Y el Cristo de los evangelios insultaba con nombres de animales. “Serpientes, raza de víboras –les dice a los fariseos en el Evangelio de san Mateo–, ¿cómo podréis escapar de la condenación del infierno?”. Y le mandaba decir a Herodes Antipas, en el Evangelio de san Lucas: “Id y decidle a ese zorro que yo curo enfermos y expulso demonios y al tercer día acabo”. Y en el Evangelio de san Mateo a unos endemoniados de la región de los gadarenos les sacaba los demonios y los hacía entrar en una piara de cerdos, “que enloquecidos corrieron a arrojarse al mar, donde perecieron”. El Hijo de Dios, el paradigma de lo humano, el ejemplo que todos debemos seguir, insultando con nombres de animales como cualquier Fidel Castro, y haciendo arrojarse al mar a unos inocentes y desventurados animales… Con razón el 24 de diciembre, en este matadero de Colombia, acuchillamos a los marranos para celebrar la venida al mundo del Niño Dios.

Los zorros y los cerdos tienen un sistema nervioso complejo como nosotros, por el que sienten el hambre, la sed, el miedo y el terror a la muerte como nosotros. Hay que acabar con las carnicerías, los mataderos, la ganadería, la industria porcina, la industria avícola y la inicua Iglesia de Cristo. No más carniceros ni matarifes ni más asesinos de animales sobre la Tierra. Amo a los zorros, amo a las culebras, amo a los cerdos, amo a los caballos, amo a las vacas, los animales son mis hermanos, mi prójimo, mis compañeros en el dolor de la vida y en el horror de la muerte. Miserable Iglesia cristiana, despiadada y cruel, que tras dos milenios que llevas engañando ni siquiera los has visto. Que san Francisco de Asís… Un hippie hijo de rico que se fue a andar mundo todo andrajoso y sucio y que decía “hermano lobo”, cosa que lo ennoblece, pero que también decía “hermano Sol y hermana Luna”, como cualquier hippie nadaísta marihuano. ¡Cómo van a ser unos cuerpos inertes y monstruosos nuestros hermanos! Y en el reglamento de la orden que fundó prohibía comer carne, ¡pero sólo las fiestas de guardar! A san Francisco de Asís le sobra también el santo, váyanselo quitando.

El cristianismo nos pone desde que nacemos una venda en los ojos que nos impide ver a los animales como nuestro prójimo: la venda moral. Yo me tardé media vida en quitármela porque nadie me dijo lo que les estoy diciendo ahora. Espero que se la quiten también ustedes. Los animales, todos, son inocentes, entre ellos no hay hijueputas, sólo entre los seres humanos. Y me quedé corto cuando les dije a ustedes que no tuvieran hijos si no tenían con qué mantenerlos. No. No tengan hijos. Nadie tiene derecho a imponerle al que no existe la carga de la vida y la carga de la muerte. ¿Por qué sacarnos de la nada, si tenemos que volver a ella? ¿Porque así lo dicta la naturaleza? ¿Y para qué? ¿Para cumplir acaso el plan creador de Dios? La naturaleza es cruel y despiadada, y el plan creador de Dios está más fracasado que el quinquenal del partido comunista.

El cristianismo ha perseguido a los judíos desde que ascendió al poder, en el año 312, cuando se subió al carro del triunfo del emperador Constantino, un genocida, y a partir de entonces hasta ahora, acusándolos de haber matado a Cristo, uno que no existió. E igual los ha perseguido el mahometismo (esa otra empresa criminal que se llama a sí misma pomposamente el Islam) porque no se le sometieron en Medina y en La Meca a Mahoma, quien a diferencia de Cristo sí existió, y fue un asaltante de caravanas, esclavista, contratador de esbirros y estuprador de niñas, inventor de la yihad o guerra santa, vil y dañino hasta el tope. Sin embargo, pese a su odio por los judíos, el cristianismo se apropió de toda su Biblia y la bautizó Antiguo Testamento, y el mahometismo se apropió de sus cinco primeros libros, los que se conocen como el Pentateuco o la Torá. El tercer libro del Pentateuco, el Levítico, trata de los sacrificios de animales a Yavé, quien “se apaciguaba con el olor de la carne asada”, y lo comparten pues las tres religiones semíticas. Libro más infame no se ha escrito. ¡El creador del mundo oliendo carne asada para calmar la arrechera! Por eso la mitad de la humanidad, tres mil quinientos millones (a saber dos mil millones de cristianos y mil quinientos millones de musulmanes más unos cuantos millones de judíos), se siente bendecida por Dios para comerse a su otro prójimo. No conozco mayor descaro que llamar civilización judeo-cristiana a Europa y América, donde las iglesias y las sinagogas jamás, pero jamás es jamás, han condenado los mataderos. Barbarie judeo-cristiana querrán decir. ¡Cómo va a ser civilizado un carnívoro! No logro imaginar una imagen más repulsiva que un papa o una mujer embarazada comiéndose un filete sanguinolento, con la sangre chorreándoseles de las fauces.

No tener aquí a alias Francisco para que debatiera conmigo en esta Feria lo que digo. O en un seminario católico o en un congreso apostólico, como le pedí en Buenos Aires por conducto de los periodistas que me entrevistaron allí en el año 2007, cuando fui a promover La puta de Babilonia (expresión del Apocalipsis, no mía), y cuando el lavapatas de hoy todavía no era el papa de Roma sino un oscuro cardenal de un país lejano.

Y no estar aquí el cavernícola Ordóñez para que me metiera preso por insultos a la religión, como ya intentó por un artículo que escribí en la revista Soho sobre los evangelios: me demandó, le gané el pleito y le zampé de postre La puta de Babilonia. ¿Por qué no me ha demandado por ella? Por lo demás él es de buena familia, hijo de una artista plástica: su mamá pintaba bisontes en las cuevas de Altamira y de Lascaux.

Harto de tanto incienso (que produce cáncer de pulmón), alias Benedicto XVI colgó el báculo y la mitra para terminar de papa emérito. Pues mi mamá también fue emérita, madre emérita. Cuando yo era un niño y ella iba por los diez hijos, alias Pío XII, el del dogma de la Asunción, le mandó un diploma felicitándola por los soldados que había traído al mundo para engrosar los ejércitos de Cristo. Aquí me tienen hoy a mí de abanderado, enarbolando el estandarte de los ejércitos del loquito. Un vecino nuestro del barrio de Boston nos compró el diploma en la Via della Conciliazione, la calle de la simonía que desemboca en la plaza de San Pedro y que está llena (o estaba, ya no sé) de almacencitos de artículos religiosos donde vendían estampitas de san Juan Bosco con su Domingo Savio, astillas de la cruz de Cristo, trocitos de la túnica de Santa Teresita de Jesús, sangre menstrual de la Virgen… Las indulgencias las venden en dos presentaciones: temporales y plenarias. Las temporales sirven para dos, tres, cuatro, cinco años, según lo que pague el bobo. Las plenarias, para toda la vida, sin fecha de caducidad. Le voy a preguntar a mi hermano Carlos, gran coleccionador de santos viejos, a ver si conserva el diploma para que me lo dé y lo instalo en la sala de Casablanca, en la pared donde tengo entronizado al Corazón de Jesús. A la entrada, arriba, escondido en una viga del techo para que no me lo roben, tengo un cromo de la Sagrada Familia, buenísima para ahuyentar ladrones.

menu
menu