Ida estelar a lo trascendental

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Cada vez más, observo con profundidad el mundo que me correspondió vivir, y en esa medida hago descubrimientos que antes me parecían inanes como las actitudes en el diario vivir. En el caso de Jesús María Stapper, artista polifacético, le avisoro una persistencia en su utopía personal de convencimiento frente al arte, mezclada con cierto goce que la vida brinda. A continuación publicamos el último de sus textos donde el lector puede formarse su propio concepto

¡Viaje seguro en la nave del sueño!

Ida estelar a lo trascendental

Isidoro Jacanamijoy: Uaua Kallarij

¡El colibrí sólo pinta la mirada del tiempo cuando tiene el corazón contento!
Malateo Impoluto

Por: Jesús María Stapper*

El Sueño Venturoso: ¡propietario espontáneo de la vida!, llegó a la “Ciudad Inga”, ubicada en Santiago –Manoy-, Putumayo, Colombia, durante la tarde reminiscente de un siglo tribal. La neblina arropaba piadosa los cogollos verde limón y los nacientes frutos de las Arboledas del Tiempo. Lento llovía. Anduvo ileso –el sueño- por los pasillos y los laberintos húmedos y sagrados y espesos de la manigua eterna tan repleta de misterios y asombros y sortilegios. Dialogó –el universo onírico- con las luces y las sombras. Los alaridos –como rumores- hablaban de los espíritus transeúntes y llorones que se desviaron del destino pretérito y futuro escrito en la frente y en el alma del Hombre. Se enteraron de lo cruento que sería la epopeya racional. La hojarasca joven bailaba… en un ritmo de fiesta con la complicidad de las tamboras y las quenas y las zampoñas y las flautas y las dulzainas. Los pájaros multiplicaban cantos en sus coros de alegrías anunciando las intrincadas travesías de la noche que venía. Cruzaba, el manto nocturno, el caudaloso río –anclado su cauce- detrás de la cordillera donde ambulan imprecisos millones de animales y transitan cientos de enigmas que narran jeroglíficos y presentimientos tatuados en las cortezas y en las hojas de los árboles.

Así fue. El Sueño, apareció en mitad de la amplia sala de intemperie de la Gran Maloka, durante la Primavera Génesis: la predecesora del Pensamiento… y de la Razón. Llegó envuelto entre sábanas de hilos dorados que el crepúsculo bordó para donarlo al Pueblo Inga –la nación escogida- por la Voz del Trueno. Fue el único y real inicio del Principio. Una “familia” sobresaliente en la sangre milenaria y en la estirpe indígena colombiana es la “prole” Jacanamijoy. Con la complicidad del rayo, con base en la enseñanza de la caligrafía excelsa de un códice en revelación, la familia seleccionada, instaló el fuego –primigenio- en la tierra… y crecieron sus hijos de fuego como hombres y mujeres de humo. Extendieron sus generaciones los brazos y separaron las ramas indomables y… la maleza cortante propiedad de la jungla guardada entre el Orinoco y el Amazonas. Osados abrieron los caminos de la vida y la esperanza. Descubrieron las siluetas claro-oscuras y vagabundas de la magia con sus gestos febriles. Calcularon las dimensiones de los acantilados… y los ecos mortales de los precipicios. Inventaron la canoa esculpida de selva en la talla de la madera. Atisbaron de la piedra: las gubias y los buriles y los formones, por herramientas.

En la barquita soñadora –los Jacanamijoy- recogen peces y frutos y tallos y raíces… y soles y astros y también… las lágrimas de la madrugada. Bajo el alba, por la enramada, una chalupa prodigiosa, transporta entre su cuenco, sin hundirse, una galaxia, y la lleva al pozo de la inmortalidad, donde en cada anochecer nacerán sus hijos iluminados… y donde por orden de la aurora, nacerán los manantiales. Se hicieron entonces, los descendientes Ingas, bogas de los arroyos y de las quebradas cristalinas. En cestos ralos y en canastos perdurables guardan las sinfonías de las cascadas perennes. Desde que abrieron los ojos se hicieron caminantes perpetuos y van sin queja y a pie por las sendas del insomnio.

De la presunta lejanía que –desde cualquier lugar- presenta para el país colombiano, el desconocido Valle del Sibundoy, lugar Inga, en el Departamento de Putumayo, surge un gran legado ancestral e histórico y cultural que nos corresponde por herencia y por esencia americana, aunque sonrojados lo ignoremos, aunque a algunos compatriotas produzca vergüenza extrema el pasado y el presente amerindio: causa de la malformación social y mental inculcada por la religión importada y la política y la economía que fungen desde siempre como los infames separadores del hombre. Sucede igual con el desconocimiento que tenemos de la grandeza y los valores de las demás comunidades indígenas en Colombia –y otras etnias- que aún vemos desde la mirada opaca y asustada y desconfiada del misterio. Son elevados los vuelos de grandes actores en el humanismo, la ciencia, la creación, y “otras fuentes” que en ellos hallamos. En la región del Sibundoy encontramos vastos caudales de conocimiento y de sabiduría que nos sorprenden con gratitud y admiración. Hay ¡Taitas! que aprendieron las lecciones de los Tótems –venidos en llamaradas de los vientres originarios de Los Tiempos- y aplican con prodigio los antiguos conocimientos que, sin discusión, son los padres de las ciencias modernas. En -distintos campos- los sabios ancestrales avistan –“otras cosas”-, otros elementos, que la ciencia moderna pródiga en estudio y en tecnología no ve, mejor, que aún no ha descubierto por sí misma. Los antiguos pobladores aprendieron que: ¡El Colibrí es el Maestro Alado! y es el verdadero dueño de la Omnipotencia.

Los primeros Ingas vislumbraron que los rayos del sol utilizan las nubes huérfanas para dibujar fantasmas tristes y gnomos dormilones, a la hora de los crepúsculos. Conocieron que las plantas de la -buena salud- abren los ojos de los muertos para que sigan parpadeando y los cuerpos despierten y se levanten y los rostros sonrían… y hablen de las posibles hazañas por conquistar en los días entrantes. Discernieron que la resurrección es posible a través del sueño, a través de la realidad. Con el consumo de ¡zumos de sanidad! extraídos de hojas y cascaras y raíces y frutos llegan los indígenas a longevidades que sobre pasan un siglo de existencia en ausencia total de enfermedades. Ellos estrenaron la medicina natural y tradicional y algunos se ampararon en el -yagé-. Obtuvieron tras el ¡viaje seguro en la nave del sueño! los vuelos estelares de las águilas. Van en viajes infinitos a lo trascendental. Sus visiones honestas visitaron palacios diamantinos y multicolores inundados de riquezas. Ninguna conquista es tan destacada y pacífica y sublime como la suya. Desde siempre… sus comunidades bebieron del maíz fermentado: la chicha. Se embriagaron para ir con cerbatanas y dardos y lanzas a la caza de las fantasías y las alucinaciones benditas. Lo hacen los Taitas con el heredado y respetado y venerado temperamento Sinchi –sabedores-. Ahí, hechos pueblo y tierra, existen y viven los apellidos Tisoy y los apellidos Jacanamijoy y otros que son de igual valor. Para reconocerse, juntos, en Nación Inga, viven en manifiesto carnaval, la fiesta del Jatun Puncha (año nuevo). Con cada despertar… y con el sol primero de cada mañana, empiezan a soñar y a vivir de nuevo.

De la vasta y tupida y generosa selva verde… a la desconcertante selva de asfalto: madre de las lejanías

El hombre contemporáneo de cualquiera lugar del mundo, por iniciativa propia, por necesidad, por ir tras los sueños –imposibles-, por las guerras, por desplazamiento forzado, por no morir de hambre, por otros menesteres, es un trashumante sin remedio, es un andariego sin horizonte fijo. Son los pasos repentinos por recorrer que nos indican –a manera de obligación- los “nuevos síndromes de la locura individual y colectiva mundial”. Aplico un fugaz axioma que quizás dictado por mí espíritu sonámbulo, me llega de repente: “El hombre de hoy no muere donde nace tampoco fenece cuando se resguarda bajo tierra para volver a ser de polvo. No perece porque no existió”. La patria –nueva- la constituye el espacio donde se siembra cada paso que se da. Cada vez nos parecemos más al olvido… a la careta sonriente de la soledad. Un lejano día, la prolífica familia Jacanamijoy Tisoy, partió de la jungla putumaya a la indolente y fría y sugestiva y magnífica Bogotá. Entre sus “aperos” trajeron centenares de artesanías. Máscaras –como representantes de los símbolos inmortales de un Pueblo milenario-. Ropas, bordados, collares, manillas, ollas tiznadas y descalabradas, y… otros chécheres, constituían el enjambre creativo y comercial de un trasteo humilde. Entre los familiares que sólo esperaban a sobrevivir como tarea existencial, venían tres hermanos pequeños que lloraban incontenibles sin saber si era por –dejar la región amada-, los cantos de los pájaros, los discursos de las lagartijas, los surcos de las huertas, el calor y las luces que dan los fogones de leña, o por las incertidumbres encajonadas en las manos, o por lo nuevo que sus ojos veían… o por los espantos enmarañados y espinosos presentidos en las duras calles del futuro. Llegaron. Se mezclaron con las muchedumbres señoriales y clandestinas –ignoradas- que transitan las calles bogotanas. Eran “tres” hermanos Jacanamijoy que estrenaron palideces en el viaje hacia lo incierto. Son: Carlos, Benjamin, Isidoro… los artistas, y la suma de otros hermanos dedicados a sembrar para recolectar “distintas cosechas”. De las enramadas trajeron lo suyo propio… otros sueños que empezaron a plasmar para nosotros como evidencias surreales de “desconocida estirpe”. Con incesante lucha, con días más largos que una semana, dibujaron con pinceles y paletas, las sombras que sobre la tierra dejan los dioses invisibles y las almas de las mariposas. Hoy, los tres hermanos, protegidos en el alcázar de sus calidades creativas, se constituyen en grandes referentes de la pintura colombiana, latinoamericana y universal. Aseguro, sin discrepancias, pero con gratitud, que la “Familia Artística Jacanamijoy Tisoy” es singular en el contexto –tribal- americano y en el ámbito artístico colombiano.

Isidoro Jacanamijoy Tisoy: Uaua Kallarij: el Hijo del Principio.

Isidoro Jacanamijoy Tisoy es ante todo un hombre indígena: Uaua Kallarij –Hijo del Principio-, en su lengua materna. Se nota en la estampa y en la piel trigueña y en la voz apaciguada de -su alma señera-. Semblante adusto y generoso. Se le ve sigiloso. Escucha como quien quiere aprender sobre lo desconocido… quizás es avidez por la necesidad de guardar en el -cofre de la vida- el conocimiento de lo Universal. Es también un hombre trashumante y multifacético. Tiene propiedades características en cada una de sus actividades. Singular, vive inmerso, en sus quehaceres que “gravitan” entre la artesanía nacional y el arte pictórico y la medicina ancestral. A la usanza del milenario orfebre: construye realidades y sueños y senderos y odiseas. Se porta tal el alquimista contemporáneo que ermitaño –del barrio- presiente las utopías y las quimeras y las dibuja con grafitos y tintas y acuarelas y vinilos. Compra y vende: artesanías, abalorios, máscaras, anhelos, y productos elaborados con base en las plantas de sanación reconocidas por la medicina aborigen. Habla con la propiedad del viejo “profeta” que oferta seguro sus productos… y sus profecías. Ya citadino aprendió a vivir con las costumbres de Occidente y sus estelas capitalistas de oferta y consumismo y salvajismo humano. Guardas las penumbras sociales del presente en el espejo no quebradizo de la infamia. No olvida su lugar, sus raíces, su sangre, su raza. Desde hace un tiempo, fue escogido por los –dioses- y por los Taitas de su etnia, para ser un médico –honrado chaman- del ayahuasca. Con estas tareas visita países y ciudades y pueblos y comunidades. Lo mismo va a Ecuador, Venezuela, Perú, Bolivia que a cada región colombiana. Los asistentes respetan su palabra y reconocen las propiedades y repercusiones positivas con el ejercicio de sus conocimientos.

Isidoro Jacanamijoy Tisoy es un artista plástico profesional con estudios académicos universitarios y de otras instituciones y también con lo aprendido al lado de algunos artistas de reconocido legado creativo que son sus maestros. Es un aplicado –sabedor- medicinal con conocimiento suficiente en los estudios referidos e inculcados y enseñados por la sabiduría –científica- de sus mayores Taitas y por la medicina alopática y convencional. Reconocidas son su trayectoria y su trascendencia. En el arte vive la constancia de realizar proyectos individuales y colectivos. Talla. Esculpe. Dibuja. Pinta. Presenta instalaciones artísticas, algunas con referencia exclusiva a los mundos insondables del yagé. En las performances suyas nos lleva en recorridos profundos al pretérito del hombre. Narra a través de las policromías la selva y sus espectros y sus cantos y sus destierros. ¿Qué más le pedimos a este importante artista colombiano que un día, siendo un niño, que vistiendo un traje de parra, emigro de la selva buena de la gleba pura a la selva indolente de cemento y escalofríos? Sólo sé que nos enaltecemos con sus valores creativos que son reconocidos en las exposiciones individuales y colectivas nacionales o internacionales. Mi gratitud de artista y de ciudadano colombiano y -latinoamericano- para un hermano grande… para Isidoro: el “Hijo del Principio”. Sus vuelos de un colibrí que pinta… logran por virtud: un prestigio intercontinental que será perdurable.

*Escritor y Artista Plástico
Bogotá D.C. Marzo 10 de 2018
Colombia, Sudamérica.

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