El Can-Can del sueño

Damos espacio a dos textos bien distantes del escritor colombiano Jotamario Arbeláez. En el primero el lector encontrará una visión del talento de la fiesta del tablado en el Molino Rojo en París. El segundo es un tema de candente actualidad que concierne a la humanidad entera y su descendencia.

A Daniela Prado y
Alejandra Lerma

Por: Jotamario Arbeláez

En un sueño cualquier cosa le puede pasar a quien fuere –me
dije en el sueño–, dado que estaba dormido, no cabía duda,
pues sentía flotar el cuerpo desnudo debajo del edredón
de plumas de vampiresa.
Dormido y todo estaba despierto en el sueño,
y en la oscuridad del mismo estiré la mano a mi
izquierda a ver si encontraba la pierna de mi compañera.
No encontré una sino dos, pero como eran dos piernas derechas
no tenían bisagra que las uniera.
Primer problema a resolver, para mí que siempre fui
torpe en teoría de conjuntos.

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Podemos bailar para ti, me dijeron con no sé qué boca,
desde debajo de la cobija.
Pues procedan, atiné a responder, con una cuerda de
voz que me rodeó la garganta.
Debo dejar de ingerir más surrealismo onírico antes de que la luz se me apague, apunté en el libro de visitantes.
Las dos piernas derechas, incluida la ingle y la nalga de
cada una, con media negra de rombos hasta el ecuador del muslo
y liguero, se empeñaron en un can-can que se encendió
en la t.v.
donde fueron a dar las libertinas extremidades para
aprovechar la luz de los focos.
La una tenía una zapatilla mostaza de tacón puntilla

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y la otra una mediabota italiana con el emblema de la segunda guerra mundial.
Cada una danzaba por su lado, a cual más
desacompasada. Pero la culpa era de la banda sonora,
que por un bafle emitía el Galop infernal de Offenbach y
por otro La viuda alegre de Franz Lehár.
Mientras la de la zapatilla mostaza hacía la patada alta
la otra ejecutaba el rod de jambe moviendo la pantorrilla
con la rodilla levantada;

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mientras la de la mediabota mussolinesca se empeñaba
en el pont d’armes girando en tanto se verticalizaba con el
tobillo
la otra aplicaba el grand écart, en medio de gritos, chiflidos y trinos de la platea.
Buscaban excitarme, tal como yo se los reclamaba por señas,

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con ese ritmo escandaloso que bailaban en el cabaret
Bal Tabian de París sin ropa interior en los años 20,
las afamadas coristas La Goulue y Jane Avril,
dueñas –ahora me venía a dar cuenta– de cada una de
esas portentosas piernas derechas
que reemplazaban a mi esposa volatilizada en la
soñarrera.
Pero, ¿qué pasaría si lograban el objetivo de ponerme en
ascuas,
y se hiciera imperioso el acto por el que fui expulsado
del paraíso en la primera encarnación de la que me acuerde?

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Eva se me acercó pelándome la manzana y me dijo comé, vé. Y yo comí, como la hueva que soy desde entonces.
Y en la última encarnación vine a dar a Cali, donde me volví escritor,
y cada vez que publico algo las sabandijas que espanté
en el edén escriben para insultarme.
Mi rompecabezas era que dos piernas derechas fueran
imposibles de armar para ser interesadas en lo amoroso,
por lo menos de la manera tradicional como
recomiendan la iglesia y el Kamasutra.
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Abandonaron la pantalla que se apagó con los últimos
acordes de Orfeo en los infiernos, y
cada pierna tomó asiento en cada uno de mis muslos
-que depilé mientras cancaneaban-,
trasladado a la silla reclinomática.
Siempre quise andar a tu lado, me dijo la de La Goulue,
para indicarte el camino.

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Y yo para desviarte, afirmó la de Jane Avril,
porque sólo los que se desvían encuentran el atajo que
ha de hacerles llegar antes de los que toman el recto sendero.
Al escuchar la referencia de Lao-Tse puse cada mano en
cada rodilla, cerré los ojos,
y emprendí una meditación que me llevó de nuevo
al Tibet,
único lugar de la tierra que he visitado donde no
necesité de hacer el amor porque no hubo chico. Digo chico, no chino. Quiero decir, no hubo dónde, con quién ni cómo.
Y oí la voz del maestro perfecto que me dijo que las
piernas que tenía sobre las mías eran las de la comodidad y
el capricho,
los peores enemigos del hombre camino de ese nirvana
que ya tenía de un cachito.
Entonces, en un gesto que no se compadece con mis
costumbres,
me sacudí de las piernas del entusiasmo gritándoles
retírense satanases,

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por lo que la emprendieron a patadas en mi trasero, siguiendo los mismos pasos de baile que acababan de regalarme,
y cubriéndome de equimosis, hematomas y cardenales.
Al amanecer, cuando mi mujer retornó del trabajo,
me cuestionó por esas vergonzosas señales, y yo,
sin saber si continuaba dormido o ya había retornado al
reino de los mortales,
ignoro si le contesté que eran los estigmas del Cristo en
que me había convertido,
o si eran las heridas del alma que se me iba.

La pesadilla se reinició en el sofá.

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Mi hermoso planeta

Jotamario Arbeláez

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A Gloria Luz Gutiérrez

Hablo de “mi” planeta sin alardear de propiedad de finca raíz, como se
habla de mi país, de mi ciudad, de mi barrio.

Sólo de “mi” casa tengo escrituras, al lado de las escrituras sagradas y de las profanas que el Espíritu Santo me dicta, pues si no quién.

Me complazco con el planeta que me sirve de alfombra verde para andar de piedra en piedra por esta existencia precaria, de la mano de la poesía como lámpara en las tinieblas.

Porque por más que salga el sol por el oriente del globo los hombres no ven los que los espera y se empeñan en marchar contra las corrientes vitales.

Y es así como siendo tan necesaria para la vida la paz como el pan, se empecinan en desplumarla.

Facciones embanderadas en busca del poder, ¿para qué?, para destruirnos y destruirse.

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Es mi planeta preferido la tierra para asumir el camino que me fue acordado desde remotos eones y que sólo vino a cuajar con el encuentro de dos familias de sastres en la capital del cielo.

Mercurio, Venus, Marte, Júpiter, Neptuno y Plutón no me ofrecen las condiciones necesarias para mi sed de vivencias, y menos las titilantes estrellas.

Vocación no tengo de anacoreta galáctico.

Sólo en la tierra las pupilas del ojo vibran ante la belleza del paisaje real o ejecutado por el pintor o fotógrafo,

los tímpanos del oído ante el canto del mirlo o el órgano de la catedral de Segovia,

los tabiques de la nariz ante el efluvio del azahar o los humos del palosanto,

las papilas de la lengua con los labios húmedos de la amada y la carne ahumada de Montreal;

las yemas de los dedos del cuerpo con el abrazo profundo y la cabecita del gato.

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En uno de nuestros primeros escritos sobre el planeta declaramos que éste era una sublime porquería,

y que su sublimidad y su grandeza radicaban tanto en sus cohetes victoriosos como en sus alcantarillas subterráneas.

Lo que nos hacía superiores a los congéneres era que teníamos el tiempo y la flexibilidad en la nuca para levantar los ojos al cielo

y perdernos tras las colas de los cometas —más fugaces nosotros que las estrellas—,

y para verificar que si vivíamos en las nubes, y a mucho honor, no salíamos de los cúmulos, los cirros y los estratos,

sino para descender en forma de lluvia de poemas sobre las tierras baldías.

Así como los del gran gringo sus poemas eran hojas de hierba, los nuestros eran granos de arena, piedras rodadas, meteoritos incandescentes, fuegos de San Telmo.

Practicábamos la poesía urbana a partir del cosmos.

Pero no nos podíamos quedar como benditos errando por las oquedades celestes, teniendo bajo nuestros tacones maravillas del mismo espectro.

Bajamos con nuestros cascos de fuerte chorro a las minas de antracita en Puente Nacional y de esmeraldas en Muzo,

contemplamos el sol de los venados en la Orinoquia y el sol de medianoche en Finlandia,

los fiordos desde el avión en Noruega, las cataratas de Iguazú con los ojos rojos, los bosques de la China donde se perdió la chinita,

la laguna de Guatavita donde el cacique muisca se sumergía bañado en oro

pero también accedimos vivos a las fosas comunes donde villanos del poder paramilitar han venido enterrando las disidencias. Y en los restos del muro de la infamia dejamos consignado nuestro grafito contra la guerra.

No hay que olvidar que el paraíso terrenal es toda la tierra y para disfrutarlo a cabalidad sólo nos falta que dejemos de ser serpientes.

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Mi primer encargo con la poesía fue prevenir al planeta de su acabose. Augures del desastre se nos llamaba.

Terminada la guerra quedaron las armas nucleares al alcance de un botón de la guerra fría.

Que estuvieron a punto de detonarse ante la amenaza de invasión norteamericana a la Cuba de Castro.

Los poetas de entonces devinimos en profetas apocalípticos, como ciertos monjes del año mil.

Sólo nos faltó salir por la Avenida Jiménez, por el paseo Bolívar o por Junín con pancartas que rezaran: “A tirar, a tirar, que el mundo se va a acabar”.

Ahora la nanotecnología podrá proporcionar armas del tamaño de un balín que pueden destruir naciones enteras,

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y estarán al tiro de los grupos terroristas por su facilidad de fabricación.

Ante esta posibilidad renunciamos a seguir previniendo a la especie humana de su extravío.

Ahora nos da risa nuestra sociedad timorata que nos rotulaba de terroristas verbales, considerándonos inútiles y farsantes,

sin estimar que en los astilleros de cada idioma la palabra pudo ser más detonante que un reactor nuclear.

Digamos que la humanidad va bien como va, de cabezas al exterminio.

Ya enrarecimos el aire, ya contaminamos las aguas, ya deforestamos la tierra, sólo dejamos al elemento fuego disponible para abrasarnos.Los jóvenes poetas de entonces, como ya estamos viejos mas no vencidos, no paramos en mientes ante el pavor hecatómbico.

Somos como los monjes del año mil, ahora con las pancartas en el refugio.

Por algo nos hemos instalado frente a la montaña de Iguaque, en Villa de Leyva, de donde salió Bachue, madre de la humanidad, madrediagua, la pobladora.

Se nos ha señalado que tenemos inflado el ego, lo que no nos deja sino pensar en nosotros y no en los otros.

Anunciamos en broma que éramos geniales, locos y peligrosos.

Y geniales resultaron los fabricantes de bombas, locos los gobernantes y peligrosos los ejércitos imperiales.

Ahora que la poesía nos ha conducido por el recto sendero en busca de India y China,

intercambiando nuestros mensajes patafísicos con vendantas y taostekines,

hemos logrado ponerle coto a ese ego que era nuestro defecto.

Ahora, con el perdón de nuestros coterráneos terrícolas, somos perfectos.

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Bogotá, Octubre 10-17

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