Afranio Parra: trabajo literario

EL GALLO ROJO- Cuento
Junio de 1.984

Mi gallo rojo “Collarejo” no se había acercado a la casa desde por la mañana cuando le di su desayuno de hígado y pan con vino y sólo de cuando en cuando escuchaba su canto de triunfo que brotaba por entre los verdes ramajes del cafetal. Él era mi compañero en esos días que estaban marcados por la violencia.

La godarria acompañada de la policía pasaban el río cuando les venía en gana y hacían de las suyas en nuestra vereda. Que si veían un chanchito se lo jalaban; que si una gallinita, la despescuezaban y no había secadero de café que no dejaran limpio. Estábamos muy mal, muy mal, porque aunque machos todos para jugarnos el pellejo a machete, no teníamos armas de fuego, a no ser las escopeticas.

El día que llegaron los dieciocho, entre ellos once uniformados y siete civiles, a cual menos con fusil o carabina, yo estaba solo, muy solo, con mis siete añitos encima que los cumplía ese día y el cafetal perdía sus últimas flores. Mi papá andaba arriba en la tierra fría que es triste, viendo las tres churrientas que teníamos en los potreros de don Filomeno. Mi mamá en el pueblo con mis hermanos que eran tres para entonces: Lola, la mayor, de cabellos crespos y nueve años de edad; Rosa la de ojitos indios, de seis años y Dumar, el cubita, de tres años.

Los dieciocho traían retratadas sus malas intenciones que descubrían por los hijueputazos que echaban porque no habían encontrado a mi taita. Menos mal. Y yo qué fuerza que hacía para mis adentros, para que ni por el diablo se nos apareciera. Me mantuve en el aguante, el aguante, el aguante, no más viendo cómo revolcaban la casa y la ponían patas-arriba y sacaban lo que les gustaba y se burlaban de los brassieres y los calzones de mi mamá y maldecían la hora en que habían bajado de La Cumbre para no hallar al chusmero de mi papá.

Muy calladito me recosté a una columna junto a la puerta de la cocina y soporté el tirón que me dieron en las patillas, ese que llamamos “la risa del tigre”, pero no chisté ni mú. Miedo sí tenía, pero no lágrimas. Yo le rezaba a la virgen de Fátima para que no llegara mi papá y para que no fueran a encontrar, por nada del mundo mi escopetica, chiquitica, pero buena para matar tórtolas; pensaba que con ella podía echarme al pico un hombre, por grandulón que fuera, si le apuntaba a las verijas que es donde están las partes blandas.

Cuando apareció mi gallo rojo, que estaba en el cafetal piropiando las gallinas, sucedió la tragedia, porque a ese gallito sí lo quería con toda el alma. Yo hasta trabajaba vendiendo hojas de bijao a los matarifes para comprarle su pedacito de hígado y su media botellita de vino, cuando alcanzaba la plata. Sus espuelas ya eran pequeños tachos tan agudos como los de la guadua y su revuelo era como el de las libélulas ¡carajo!.

El mandón de todos, el que más gritaba, tomó su fusil, apuntó, disparó y las plumas rojas de “Collarejo” volaron por los aires confundidas con su sangre y mi mirada de dolor y rabia. Salté detrás de la tarima de la cocina y sin darme cuenta, tomé mi escopetica y la disparé desde la puerta contra las verijas del mandón.

Volé con alitas de tominejo por la ventana de la cocina y caí al cafetal. Muchos disparos me seguían el rastro, pero yo era cafetal y rodaba por entre las matas hacia el río buscando el charco de la Madredi’agua y allí, decidido a que ella me convirtiera en tunjito, antes que caer en manos de la chulavita, duré no sé cuánto tiempo metido en una cueva, cobijado en la noche por la buena luna, chupando frío y escuchando el canto ronco del río, hasta cuando vino el nuevo día y el hambre larga me obligó a buscar el humo de algún hogar amigo.

TUS PASOS SEGUIRÁN ESTAMPANDO LA TIERRA
Cárcel La Picota Junio 25 de 1.982

Los pasos que estampaste
con amor en la tierra
permanecen en ella.
No los destruye el tiempo
ni una ingrata memoria;
no los borra la lluvia
ni los cubre la yerba;
no los quiebra el estío
ni los hieren los potros
bravíos que en las sabanas
galopan incansables tras aladas quimeras.
Tus pasos estamparon unas huellas bordadas
por violetas que se abren con celestes miradas,
y trazaron la ruta por donde audaces marchan
los muchachos que buscan un cálido mañana.
Tus pasos te llevaron hasta cumbres de magia
donde el viento es arisco
y las plantas escasas,
donde tiembla la noche
y el frío te acorrala;
mas hallaste una hermana,
el frailejón, que arranca
del fondo de la tierra
el calor que te salva
y dormiste tranquila
como las aguas mansas
soñando con el mar que visitaste un día
y te enredó en sus algas.
Despertaste vestida de musgos y rocío
y en un manto de nubes
posaste tu mirada.
La luna ya no estaba
pero el sol que nacía,
allá tras unos riscos de penachos de plata,
adornaba tu talle con sus cintas doradas.
Seguiste caminando cargada de esperanzas
y en un lienzo de aguas
de un azul de cielo
y verdes de esmeralda
quedaste retratada.
Allí el viento peina , en horas solariegas,
los risos de las olas y en noches estrelladas
emerge de las aguas tu silueta encantada.
De pronto te encontraste como una flor silvestre,
morando en una selva
donde hay, cual gigantes,
árboles que abrigaban tu cuerpo delicado
y te veían las palmas de chonta y de cumare
como una hermana más
que cantaba a la vida
mientras ellas danzaban.
Los ríos te cuidaban cual celoso marido
y el jaguar ahuyentaba con sus fieros rugidos
a quienes, presentía, eran tus enemigos.
No anduviste perdida entre las arboledas
ni te acosó el silencio en las cumbres plateadas;
no llegaste hasta el mar como ave solitaria
ni aspiraste vacía de los llanos el aire;
ni vadeaste ríos con incierta pisada
ni abrazaste senderos triste y desamparada,
porque a tu lado estaban
un indio con su lanza,
un boga, un colono
y un soñador de lunas,
girasoles y dalias.
También te acompañaban
un canario y su canto,
un joven guerrillero
y una madre abnegada
que apretaba en su pecho
un fruto de la patria.
Una noche tu mundo
se embriagó en las ciudades.
Veías acuosos ojos y caras angustiadas,
luceros de papel, soles artificiales,
prostitutas perdidas en una encrucijada;
veían niños hambrientos cercados por palacios
y hombres cabizbajos cansados de la vida
que entre licor y tangos
evadían su desgracia.
Tu alma no aguantó
y estalló sublevada.
Apresuraste el paso
y agitaste las alas
como lo hacen las águilas.
El reto de tus ojos
disparó unas lágrimas
y tu voz entonó un canto de alboradas.
Tus pasos seguirán estampando la tierra
y trazando la ruta por donde audaces marchan
los muchachos que buscan un cálido mañana.

LA PATRIA Y TU (A Lupita)
Junio 7 de 1.983

Ya puedo decir que me hallo presto
a continuar atizando las hogueras
que arden en los santuarios de mi tierra.
Esas hogueras vivas,
con lenguas de libertad,
que se alimentan con los leños rebeldes
que las manos creadoras del mañana
llevan al fuego hora tras hora.
Y esas manos creadoras del mañana
son las tuyas, también, que aunque frágiles
reciben de tu sangre el coraje
y no tienen quietud, no tienen calma
porque son las alas de tu alma
suaves en el amor y la ternura
duras en el golpe al enemigo
y amigas en el momento de las penas.
Ya quiero volver hasta el santuario
del Mohán, dios tutelar del Magdalena
y hasta ti, Amiga, Amada, Compañera.
Así: mi patria y tu
serán aliento, amor, canción guerrera
y yo seré el indomable pijao que se subleva
con más valor que ayer,
con más constancia,
con sueños muy hermosos y leyendas
y veremos cómo el fuego libertario
con nuestra ayuda
cubrirá la patria entera
¿Verdad?
Amada, Amiga, Compañera.

LA GRUTA ENCANTADA
Cárcel La Picota Julio 1.982

Oí que unos suaves pasos
cautelosos se acercaban;
eran los pasos que da
en el monte una venada
cuando ventea que no lejos
calmará su sed el agua.
Llegaste, así, hasta la puerta
de, ésta, mi gruta encantada
y divisé en tus ojos
una inquietante mirada.
Traías los labios resecos
pero tu voz me decía
que no pudo la sequía
matar el lirio que vive
en el jardín de tu alma,
porque albergaste en tu ser
esa secreta ilusión,
de que un día caerían
desde las nubes viajeras
unas goticas de agua.
Querías oír los versos
que son el cristal de mi alma
Yo te canté esos versos
y ¡ay¡ quedaste asombrada…
Vi que tu cuerpo temblaba,
dulcemente emocionado;
vi en tu rostro matices
como de risas y llanto
y en tus palabras había
un tono entrecortado.
Tenía que ser así
porque los seres sensibles
se estremecen cuando escuchan
los cantares que se entonan
al santuario de la patria.
Tenía que ser así
porque en tu pecho se anida
un alma pura, de niña,
que suspira entre los pétalos
de la flor más delicada.
Por eso te emocionaste
mujer que llegaste un día,
cual cautelosa venada
buscando una gota de agua,
a ésta, mi gruta encantada.

ESA MIRADA PROFUNDA
Cárcel La Picota. Julio 31 de 1.982

Esa mirada profunda que disparas
llegó hasta el fondo de mi alma
no como el fuego hiriente de las balas
sino con la suavidad de una caricia
y recorrió los recintos de mi ser
como queriendo conocer
la razón de las razones
de mi felicidad extraña.
Esa mirada profunda que posees
es, profunda porque nace
allá en tu corazón capullo y canto,
allá en la raíz de la nostalgia,
allá en el balcón donde los sueños
se llevan impulsados por mil alas…
Esa mirada profunda que disparas
no se queda en el ya
ni en el yo
ni en el ayer
sino que se prolonga
como un rayo de sol que está de pie
cada día con el alba
y se mezcla en la sonrisa de las plantas,
en los jugueteos del agua,
en el vuelo eterno del ave peregrina,
en el golpeteo del hacha,
en el paso ligero de los niños
que acuden a la escuela,
en la alegría madrugadora de una mujer
que parió en una noche de lluvia su esperanza…
Esa mirada profunda que despliegas
me dice que avanzas, decidida,
jalonando otras miradas,
ahuyentando de frente las tristezas,
rescatando poemas olvidados,
sublimando la tierra,
anudando amistades,
cobijando luceros…, retratando guitarras.
Esa mirada profunda que posees
llegó a mi corazón como una dulce sensación
y tuve un aleteo de canciones,
mi mano estrechó tu mano franca
y mi mirada se unió a la mirada
profunda que disparas.

CUANDO PINTO MUJERES
Cárcel La Picota. Octubre de 1.982

Cuando pinto mujeres
mis cuadros resultan ser más vivos,
las montañas adquieren un temblor
de senos vírgenes
las llanuras se entreabren como labios
donde aterrizan los colibríes del sol
para efectuar un rito
y la mar ejecuta su vaivén
con un ritmo enardecido.
Cuando están las mujeres en mis cuadros
las líneas del paisaje
semejan los saltos de las liebres
y los colores se me escapan caprichosos
como el fuego, libres.
Cuando llegan las mujeres a mis cuadros
las plantas se vuelven danzarinas,
la luna es más espléndida y divina,
las aves gobiernan en el cielo,
las flores caminan por los campos,
como niñas, tomadas de la mano
y el hombre se hace corazón, jilguero.
Cuando pinto mujeres
en mis cuadros se condensa el universo,
se crecen los ríos de mi cuerpo,
mi mente se adelanta en pensamientos,
navego en un océano de misterios,
veo la rebelión en las palmeras,
me nace una canción…
Cuando pinto mujeres
mis pinceles acarician el vientre de la tierra,
me aventuro en regiones de atracción embrujadora
y la libertad, esa hechicera,
me lleva hasta el futuro
alegre, amorosa y protectora.

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