A la mierda con la guerra

A la mierda con la guerra

Nadaistas por la paz

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Memorando colectivo

De: Pedro Alcántara / Jotamario Arbeláez / Patricia Ariza / Pablus Gallinazo / Armando Romero / Álvaro Medina / Jan Arb / Rafael Vega Jácome / Elmo Valencia / Gonzalo Arango

Para: Humberto De la Calle y la Mesa de Paz en La Habana

Nueve nadaístas vivos y un muerto nos hemos reunido como en los viejos tiempos de las conspiraciones a dejar testimonio de que estamos entre quienes aspiran a la paz, pues por ella se la jugó toda la vida nuestra vagabunda insurgencia. Con base en recuerdos de infancia y juventud reconstruimos el pasado violento de nuestra cuna y nos explicamos el destino arbitrario de profetas del desastre, que devino en predicadores de paz. Hemos elaborado un libro con esos textos y las requisitorias en grabados de Pedro Alcántara para abrir al fin un campo a la esperanza que nos fue siempre tan esquiva. No queremos quedarnos perpetuarnos expresando voces de espanto y muecas de pesimismo. Por esta paz, nuestra paz, habrá que darlo todo, eso único que nos queda. Jotamario Arbeláez

Declaración de principios afines

Los participantes en este compendio, escritores y artistas vinculados al Nadaísmo de vieja data y descreídos hasta la médula de las componendas políticas, manifiestan su respaldo y compromiso con las conversaciones de paz que se adelantan en La Habana entre representantes del Gobierno y de la guerrilla ─entidades a cual más desacreditada pero de las únicas que depende pactar la paz─, con la decidida mediación de Humberto De la Calle Lombana. Consideran que su misión de denuncias con papel y tintas y cuerdas y en las tablas durante casi todo el tiempo del vergonzoso salvajismo patrio, les permite acoger el proceso como una oportunidad de paz imperdible, merecido destino de una Colombia desfigurada en masacres pasadas y presentes que indignados repudian. Valoran que, aunque no se superen todos los problemas internos de seguridad, pues subsistirán narcotráfico, bandas criminales, delincuencia común y de cuello blanco, más los agazapados y desembozados enemigos de la paz, será una gran conquista que la guerra no declarada se declare al fin cancelada. Concluyen que actuar de otra forma, o no actuar, sería aupar los esfuerzos inaceptables de quienes prefieren la continuación de una guerra impredecible a una paz donde haya razonables concesiones de parte y parte. Ante una crucial circunstancia histórica que los deja sin evasivas, y cuando se ha atizado una guerra sucia contra pas posibilidades de paz, expresan con toda su vehemencia a los integrantes de la mesa de conciliación en La Habana: ¡A la mierda con la guerra!
Nadaístas por la paz
Mayo – 2014

Al rebelde, nadaísta y bohemio
que negocia la paz de Colombia

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De la Calle, el nadaísta y el negociador de la paz.

Pedro Alcántara. Hablaba y callaba
Hablaba
De niño hablaba y gritaba recitando fragmentos de los discursos de Gaitán, aprendidos a mi manera, de memoria, como los oía en el inmenso radio del vestíbulo, llamando a las visitas con la campanilla de la mesa del comedor sobre la cual me subía. Yo era el político más joven del Cali Viejo. Ese paroxismo infantil era mi paz (…)
Callaba
En el Nadaísmo callé; había demasiadas voces que encantaban. Cuando logramos reclutar otro pintor, Norman Mejía, y con él pretendimos dictar una conferencia pintada, ambos enmudecimos de pánico ante la multitud durante el primer happening de la historia de arte nacional. Entendí más claramente que mi obra hablaba por mí. Puse en práctica mis dotes de disciplinado organizador y con Jotamario y Elmo, turnándonos responsabilidades, pusimos en marcha eventos históricos: los Festivales de Vanguardia. Allí muchos encontramos un intermedio de paz (…)
Hablaba
Militando en el Partido Comunista hablé otra vez y vociferé en las tribunas. Lo hice con tanta fuerza, tanta dignidad y tal convencimiento que comencé a movilizar en torno al proyecto de la Unión Patriótica una cantidad memorable de gentes de la cultura, tanto que mis camaradas aturdidos y con poca fe me lanzaron a una curul en el Senado donde caí tras un “salto triple”, en palabras del difunto Marino Rengifo Salcedo. Tampoco allí encontré voluntad de paz.
Callaba
Hoy callo otra vez y reflexiono al igual que millones de colombianos en torno a la paz y a la necesidad de apoyar decididamente ese proceso en curso para buscar ─en palabras del gran Santiago García─ un espacio donde “nuestros espíritus locos, iluminados de osadías, puedan soñar con el imperio de la belleza…”, en una democracia más plena, más transparente y más justa, sin miedo, sin claudicar y en pleno uso de nuestras facultades para enriquecerla con irreverencia y pasión. ¡Transitemos hacia la paz!

Jotamario Arbeláez. El todo por la paz
Cincuenta y seis años después de haberle declarado la guerra a la guerra con las solas armas cargadas de una iracundia lírica y un sentido del humor a prueba de balas, claro que hasta los nadaístas desean la paz, que era el objetivo secreto de la juvenil e irritada insurgencia. Después de medio siglo de no redactar un manifiesto conjunto, al pie de tantos muertos de la violencia y de tantas bajas del nadaísmo, bien merece la paz hacer el esfuerzo de pronunciarse por ella, así no sean unánimes las actitudes frente al proceso(…).
Este movimiento de protesta sonriente y náusea sartreana fue desenfundado por Gonzalo Arango en 1958 ─cuando, antes de organizar las Farc, Tirofijo se dedicaba a engordar los marranos y gallinas que le bombardearon los militares, para ruina de Colombia─, con el propósito de cantarle la tabla a la clase dirigente y la dominante en un país cuyo pan de cada día era la masacre. Se presentó como un movimiento poético de vanguardia, antirreligioso y antiacadémico, pero en el fondo era más un movimiento social (…)
Los jóvenes pueblerinos, poetas y libelistas, a lo sumo seminaristas o frustrados bachilleres, amigos del escándalo y enemigos del trabajo, asumieron realizar la revolución a su modo. En medio de la más libertina bohemia, y a la par con la creación de una literatura y una pintura sin antecedentes en el país, asumieron ser la voz de la tribu con sus reclamos a la injusticia rampante a través de festivales vanguardistas con actos pánicos, conferencias en centros de cultura y en cloacas, y de la prensa que siempre les abrió sus páginas tolerándoles el, en ocasiones, ultrajante lenguaje.
Muy pronto parte importante de la juventud de Colombia, estudiantes y desocupados, asumió la actitud nadaísta desinhibida, y reclamó airada su papel contra el discurrir de violencia que habían puesto a correr sin su consentimiento ni mucho menos el de las víctimas: víctimas de la injusticia social y víctimas del reclamo de los vindicantes revolucionarios y víctimas de los contrarrevolucionarios que aparecieron.
Humberto De la Calle se interesaría por el nadaísmo a raíz de la gira nadaísta que comenzó en Manizales con Gonzalo Arango y Amílcar U, del grupo de Medellín, y Elmo Valencia y Jotamario Arbeláez del grupo de Cali. Ese muchacho inquieto y rebelde se quedaría con la bárbara semilla de la confusa insurgencia. Y cuando llegó el momento de hacer presencia en la política, para contribuir a la confusión general, se presentó como heredero del ideario de los profetas de entonces. Ese es el personaje a quien Colombia le tiene confiado el último intento por una paz que se sienta. A quien se ha visto en los noticieros caminar con los delegados del gobierno y de la guerrilla, con sus maletines llenos de documentos chuzados, a continuar con sus pláticas. Si lo que cuesta la guerra, amén de los muertos, se aplicara a la paz, el país superaría su vergüenza y emprendería su final desarrollo, aunque mucho habrá que invertir para preservarla (…)
La paz que resulte en Colombia ─si resulta─, algo tendrá que ver con el generoso y escandaloso y a veces contradictorio pero siempre alegre y florido alzamiento de aquellos jovencitos provincianos que no encontraron nada mejor que hacer que cantar contra todo.
Nadaísmo por la Paz. Patricia Ariza
El nadaísmo ha sido la expresión de un profundo malestar en la cultura generado por la violencia y la exclusión. Las y los jóvenes estábamos por fuera de todas las agendas. Hicimos parte de una generación de sensibles inconformes que decidió tomarse la palabra, los bares y las calles para protestar desde la alteración de la sintaxis, pero también para llamar a las cosas por su nombre.
Gonzalo Arango, no una sino muchas veces, hizo manifiestos sobre la violencia y sobre esa generación que se vio impulsada a tomar la periferia porque le, nos negaron la palabra. Algunos tomaron el camino de la delincuencia, otros, el de las armas. Muchos murieron en el intento en los sanatorios y en la calle. Eran los años del tropel y del desafecto que no terminan de sellarse. Vivíamos en un país convencional que no aceptaba la disidencia. Y ese país no se muere. Es como una serpiente de siete cabezas que revive y revive como en las series que alimentan el imaginario de los niños (…)
Nosotros éramos de ese país que se moría en una violencia sin fin. Y, lo que intentamos hacer fue relatar con la poesía y con los cuerpos esa muerte lenta. Vivimos como castigo el desafecto y la exclusión. Pero también tuvimos, por fortuna, nexos profundos y complejos con el otro país no formal, el de la resistencia, el de la fiesta, el de los inconformes con la cultura y con la política.
Y ese país fue el que comprendió lo que representó y representa el Nadaísmo en lo que tuvo y tiene de ruptura y de nacimiento. Esa generación fue fundacional en el arte. Relató lo que nos sucedía en la poesía y en el teatro, en la literatura y en la plástica (…)
Ya sabemos que la Paz no se hace sólo de palabras, pues las palabras matan y hacen vivir. Sabemos también que no se hace sólo con la guerra o con la política. Los muertos son el testimonio vivo de esta tragedia. La Paz se hace también con la cultura. Es Cultura (…).
Necesitamos de nuevo salir en masa por el territorio a decir que todavía es posible que seamos fiesta, que podemos llenar el país de nuevos conflictos armados de filosofía, de poesía y de teatro. Porque la Paz no es la ausencia de conflictos. Nosotros somos también actores del conflicto, porque el conflicto de este país es también cultural, si creemos, como dice la Constitución, que la cultura es fundamento de la nación. Han pasado muchos muertos y hemos tenido momentos de profundo escepticismo, pero también de celebración. Hemos enterrado mucha gente, pero también hemos celebrado la noche, la oscuridad y la fiesta como resistencia.
Señores de la mesa:
NO SE LEVANTEN POR FAVOR, LOS NADAISTAS SOBREVIVIENTES ESTAMOS DISPUESTOS A PONER LOS MANTELES, A SERVIR EL CAFÉ Y EL POSTRE, A RELATAR LA GUERRA COMO MEMORIA HISTÓRICA, A CANTAR A LO LEJOS CANCIONES DE PAZ. NO LO HAGAN. ESTAMOS PREPARANDO LA CELEBRACIÓN.

El derecho a la flor. Pablus Gallinazo
A pesar de lo que digan mis canciones que van a morir a La Habana, siempre he sido un pacifista total. Pero ocurrió, querido Humberto de la Calle, que “Hace un hombre la paz / y por hacerla / le declaran la guerra”. Llegó el momento en que no quedó más camino que empuñar la guitarra y tocarla a muerto para contribuir a que cesara la pavorosa tragedia. Entonces canté: “Son estas las historias / del cielo y de la tierra; / del hombre que cansado / de esperar su cosecha / un buen día decide / multiplicar los panes / y los peces / con una metralleta”.
Mientras la cantaba, los industriales de la libre empresa enloquecida estaban declarando la guerra al minifundio, como si fuera un delito tener poco o no tener nada, cuando el camino de espinas, pero sin sangre, hubiera sido como sigue siendo, agremiar a los campesinos. Con personas jurídicas les quedaría más difícil a los terratenientes desaparecerlas y echarlas al río como se les hizo costumbre hacerlo con las naturales. Y esos terratenientes no son grandes productores de inocente lechuga o santas calabazas, sino miembros de la insaciable industria del ganado. La paz tiene enemigos. ¿Para qué preguntarse quiénes son las fuerzas oscuras, si sus otras víctimas pastan a la luz del día? (…)
Tuvimos el honor de haber creído en la paz desde hace treinta años y de acompañarlo a usted desde siempre, hasta hoy, sin arrepentimientos, de pie, con la cabeza que tantas veces estuvo a punto de rodar, erguida sobre los hombros de los setenta años. Nos cabe una chispa de su gloria, no para la soberbia, sino para calentar el alma que debe mantenerse viva para lo que viene, porque estamos ahora en la guerra desarmada por el planeta, conscientes de que la amenazante industria es el enemigo de todos. La tierra debe ser para quien la trabaja, sin agroquímicos ni venenos; es la nueva consigna.
Mi vieja carrera terminó con una estrofa de La gente de la gran ciudad: “Al fondo de la selva oscura / alcanza a verse la ciudad / y el camino pavimentado / por donde todos volverán”. La nueva, a la que los llamamos, acaba de empezar.

Paz y Nadaísmo. Armando Romero
Como colombiano, en Colombia, nunca conocí la paz, esa extraña paloma que Picasso lanzó a volar por el mundo. De niño me acompañaron los muertos que amanecían en las esquina de mi barrio Obrero de Cali, las persecuciones políticas a mi padre por no ser del partido de gobierno, la cárcel para mis tíos por las mismas razones. Ya adolescente descubrí la rabia, la ira para enfrentar el medio que me rodeaba, y me uní a los poetas nadaístas que pregonaban una respuesta violenta contra la violencia del país. Eran ellos los primeros en lanzar palabras como piedras contra el orden social, en alzar la pluma como flecha contra las instituciones políticas, religiosas y militares que alimentaban esta violencia para beneficio propio. Lo integrábamos jóvenes de provincia, quienes sufríamos directamente los efectos de la violencia, jóvenes pobres de clase media baja, con una educación limitada, y un deseo de cambiar las cosas a como diera lugar. Era una lucha desigual, como bien lo señalaba Gonzalo Arango, pero nos alentaba nuestra carcajada feroz contra el rostro de la sociedad. Y así, el nadaísmo, más que la guerrilla, deviene el primer movimiento que busca cambiar el orden establecido en Colombia, lograr la paz a punta de prosas como bombas, versos como balas. Todavía muy joven me encuentro un día en las calles de Quito, Ecuador, y allí veo por primera vez la paz en el rostro de mis amigos poetas. Eran poetas beligerantes, aguerridos, pero no cargaban como marca de fábrica la violencia que nos caracterizaba a los colombianos. Al regresar a Colombia sentí que la derrota era mi destino, que la única manera de salvar a mi país era no volver a él, abandonarlo para siempre. Allá quedaban mis amigos nadaístas, empeñados en esa lucha imposible, y allí están hoy, los que han sobrevivido los años, y yo los veo y los admiro desde mi largo exilio, y sé que la paz que hoy se busca con tanto ahínco, y ojala de buena fe, serán ellos los primeros en celebrarla. Tal vez muy pocos reconocerán la incansable lucha de estos muchachos de provincia, pero su victoria no será el aplauso sino el saber que ahora la sociedad colombiana se une a ellos en una gran carcajada de amor.

La mordaza, la bala y la dialéctica. Álvaro Medina

(…) Desde fines de los años cuarenta el Estado colombiano aplicó la combinación de las formas de lucha contra el partido liberal. El atropello se expresó en el abaleo de la Casa Liberal de Cali y en las batidas practicadas por “chulavitas”, “pájaros” y otras sabandijas contra una población civil indefensa que rechazaba el falangismo medio tapado y medio confeso del monstruo de Laureano Gómez, el gatillero de las consignas espirituales de Monseñor Builes, coyunda nefasta que el nadaísmo repudió profanando unas hostias. Más tarde ocurrió que el tal Gómez le impuso a un tal Alberto Lleras la fundación del Frente Nacional, concebido sobre la base de excluir la participación de terceros y cuartos partidos en los futuros comicios electorales. El pacto que firmaron los dos dirigentes trabó el juego dialéctico propio de toda democracia participativa, un acuerdo de convivencia social y política que no depende de pilares inmóviles sino en piñones móviles, eternamente móviles. Es por eso que algunos opinan que Colombia es una democracia sin demócratas de verdad (…).
La dialéctica fue amordazada en el llamado campo socialista. Esto trajo como consecuencia la caída del muro de Berlín, la desaparición de la URSS, el anquilosamiento de la revolución cubana y el desbarajuste que hoy sacude a Venezuela. Camilo nos estaría aportando más si estuviera vivo y fustigando con su inteligencia a los que hoy manipulan la democracia colombiana para poder saquear los recursos del Estado, condecorar a los autores de “falsos positivos”, premiar a sus compinches con los fondos de Agro Ingreso Seguro, velar por mantener la impunidad en la justicia penal militar, proteger a los despojadores de tierra, asesinar a los activistas políticos de oposición (remember la Unión Patriótica, please), chuzar a los vecinos, pretender que los militares voten (…)
Señoras y señores sentados a lado y lado de la mesa de negociación: A una idea la mata el impacto fulminante de la dialéctica bien aplicada y no un impacto de bala o de clavos con INRI marcado en el tope de una cruz. Si lo dudan, pregúntenle a Jesucristo. ¿Quién diablos cree hoy que los torturadores de la Inquisición fortalecieron y dignificaron a la Iglesia? ¿Quién cree que Stalin sigue siendo el “padrecito”? ¿Y quién negará en el futuro que los militaristas colombianos de hoy —de derecha o de izquierda, la misma vaina da— no serían los directos responsables de que la paz se frustre una vez más? El que no sabe argumentar civilizadamente en torno a un problema dado, pero por desgracia, sí sabe manejar una pistola, prefiere la mordaza que es la boca inerte de un cadáver a la dialéctica que ilustra, dinamiza y permite decidir sin tener que recurrir a la violencia. Al respecto, El Salmón de El Espectador (2 de marzo de 2014, p. 8) informa que según The Guardian, el “FMI respalda a los economistas que sostienen que la desigualdad es un lastre para el crecimiento económico. Según la organización, los países con problemas de igualdad crecieron menos que los que distribuían los ingresos de manera equitativa”. ¿Quién entonces le tiene miedo a la igualdad y por qué razón? ¿Y quién al nadaísmo si el nadaísmo sólo se ha limitado, por principio, a no comulgar con las mentiras?

El Nadaísmo llevó a la paz. Rafael Vega Jácome

He presenciado la guerra interna de Colombia desde todos los ángulos, por eso para mí la paz ha sido como un viejo sueño que con el transcurrir de los años se fue transformado en pesadilla (…)
Esa guerra interna nuestra, despiadada, inmisericorde, ha sido un doloroso proceso no sólo para quienes sufrieron la persecución y la muerte en carne viva, sino para todos quienes hemos presenciado y seguimos presenciando los estragos de la violencia y entre quienes me incluyo, pues nací en Zambrano, Bolívar, un pueblo a orillas del Río Magdalena, llamado desde tiempos inmemoriales el río de los muertos, y al cual a diario llegaban flotando los cuerpos mutilados de los campesinos que venían del interior.
Y el río no se llamaba así por azar. El nombre hace honor a su trágica historia desde los tiempos de la Conquista. Sus aguas siempre han estado plagadas de cadáveres y cuando yo apenas tenía diez años de edad solía practicar tiro al blanco con los guijarros que le lanzaba con mi tira piedra a los gallinazos que se daban banquete con la carne esponjosa de los muertos que viajaban río abajo, hasta que, después de ser devorados por esos animales carroñeros, el peso de sus huesos los hundía para siempre en el cieno del fondo donde quedaban sepultados como NNs.
Yo no les arrojaba piedras porque fuera cruel con los animales o porque fuera un niño insensible y despiadado sino más bien por piedad pues reverenciaba a los difuntos ya que había nacido en un cementerio indígena sobre el cual mi padre construyó su casa. Esos indios que moraban en sus tumbas allí, nunca tuvieron importancia para nadie ─con excepción de los guaqueros─ hasta que el arqueólogo austriaco Reichel Dolmatoff descubrió un día que Zambrano era el más viejo asentamiento humano de América que data del período arcaico. Esos indios sepultados en mi pueblo, tampoco tuvieron valor para mi padre y mucho menos lo habían tenido para los mercenarios españoles, sus primeros victimarios (…)
Los muertos eran campesinos a los que los ricachones de mala leche ─ahora habría que llamarlos paramilitares─ no solo habían despojado de sus tierras sino que habían asesinado con brutalidad para que sus familiares salieran despavoridos de allí como alma que se lleva el diablo. Eran los mismos desplazados de ahora.
Por la noche yo ayudaba a mi padre en su consultorio a suturar las heridas de los sobrevivientes que llegaban en tropel a Zambrano río abajo, en canoas, en balsas improvisadas hechas con trozos de madera amarrados entre sí, o en viejas lanchas. Se habían caldeado los ánimos por el asesinato de Gaitán y en ocasiones mi padre, mi familia y yo estuvimos a puntos de ser linchados por atender a los sobrevivientes. La excusa era el bipartidismo (…)
Invito a Humberto de la Calle a que parodie a Sun Tzu, el autor de El Arte de la Guerra, con un libro que permanecería en el primer lugar de nuestros corazones y que bien podría llamarse El arte de la Paz.

El Nadaísmo, la Violencia y Dios. Jan Arb

(…) Caminando de subida por la calle 15 entre carreras 5 y 4 en mis 24 años sin fe, comencé involuntariamente a revivir mi vida día tras día y de pronto comprendí que en cada detención del fluir de los acontecimientos cotidianos me estaban mostrando una infracción a un mandato divino, a una ley espiritual. Se me concedió la revelación de la responsabilidad de mis acciones, de mis actos, de mis palabras, de mi vida. La compresión de la responsabilidad que todas las criaturas tienen de su vida. Así como podía ver cada acto fallido mío, podía también ver los actos fallidos de las criaturas que me rodeaban, y sobre las que yo ponía mis ojos. Me espante. Recordé a los verdaderos profetas, y la profecía del fin del sistema. Concordaba con lo que estaba percibiendo a nivel local y mundial. Guerras y muertes por todas partes. Pude ver la tragedia verdadera. Al último de los poetas nadaístas, al benjamín, Dios le mostró sus pecados y su equivocación, como lo hizo también con el fundador del movimiento, con Gonzalo Arango. La conversión es el paso más valioso y más valiente en un hombre (…)
Muchos años después de mi conversión, en uno de mis viajes a Bogotá, me invitó una prima a una de las reuniones que un grupo de cristianos evangélicos hacía en un apartamento en el barrio El Chicó. Llegué con ella; nos recibió la dueña, la señora Nayibe Uribe de Castaño y su hermana, luego llegó un pastor y un grupo de mujeres que lo acompañaban. Se empezó con una oración y luego comenzamos a cantar alabanzas, alabanzas al Rey, al Padre y a su Hijo Jesucristo. Más adelante se leyó la Palabra. Todos oramos y volvimos a cantar. Al terminar la alabanza el pastor pidió el bautismo con el Espíritu Santo para mí. Comencé a sentirme bien o mejor de lo que me sentía un instante antes, cada vez me sentía mejor, mejor y mejor hasta que me inunde de felicidad y estallé en una risa deliciosa, en un gozo santo. Poco más adelante empecé a sentir una tristeza profunda, infinita, desconociendo la causa de esa tristeza, que desembocó en un largo llanto. Las señoras me decían que no me apenara por ello ni que lo reprimiera. Al fin cesó el llanto; el pastor me indicó que repitiera una palabra: Gloria. Gloria, gloria. Gloria, gloria, hasta que comencé a hablar en un idioma desconocido sin entender lo que decía, pero una de las señoras tenía el don de interpretación de lenguas y tradujo lo que se dijo. Eran unas profecías y algo particular sobre una familiar de una de las señoras presentes. En la época en que sucedió esto, la guerrilla de las FARC se encontraba en conversaciones de paz con representantes del Estado. De pronto, como si tuviera al frente a los jefes de las FARC, comencé a hablarles, o a hablar alguien a través de mí, porque el discurso sobrepasaba mi conocimiento. Hablaba sobre el verdadero sentido de la libertad, entre muchas otras cosas. Era un expositor magnífico, y cómo no habría de serlo, siendo quien era. Les pidió que concertaran la paz. La única frase completa de ese discurso que recuerdo, y que recordándola se me humedecen los ojos, fue: “Yo a ustedes también los quiero”.
Me falta por relatar que ese discurso que pasaba a través de mí hacia los jefes de las FARC, dentro de mi cerebro y conciencia, iba en español, pero cuando salía de mis labios era ya en una lengua antigua. Y mientras hablaba teniendo los ojos cerrados, vi que a mis espaldas a unos 5 metros, estaba de pie un hombre de túnica al que no se le veía claramente su rostro. Pienso que sería el Señor Jesús, pues él es el que bautiza con el Espíritu Santo. Cómo no apoyar el trabajo y la búsqueda de la paz que se realiza en estos momentos. Hijos de un mismo Padre, aceptad nuestras manos, y la filiación que nos cobija.

La Violencia y el Nadaísmo. Elmo Valencia
Cuando un asesino de apellido Roa Sierra acaba de tres disparos con la vida del caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán, el 9 de Abril de 1948, comienza la guerra civil no declarada más sangrienta que ha tenido Colombia. Una fuerza de choque liderada por las masas populares incendia el centro de Bogotá, varios hombres intentan robarse la campana de la iglesia de San Francisco, pero pierden el equilibrio y caen al piso. El gobierno trata de mantener el control sacando al Ejército a las calles. Ira y frustración en los rostros de la gente del pueblo que entra a las ferreterías –para desocuparlas–, a los supermercados, de donde sacan pavos, pescado y jamones, y a los almacenes, de donde salen bien vestidos. Los poetas Jorge Zalamea y Jorge Gaitán Durán llegan hasta los estudios de la Radiodifusora Nacional con el ánimo de apoderarse del micrófono, pero son desalojados por el Ejército. ¿Capitán, disparamos? No disparen. Crece el desorden. El pueblo, poniendo el pecho a las balas, llega hasta Palacio para tomar preso al Presidente. ¿Capitán, disparamos? Disparen. Muchos caen muertos con la boca torcida por la ira y la frustración. (…) Esa noche de luto, bajando por la Quinta a la casa, entré al Sindicato del Ferrocarril del Pacífico en el parque de San Nicolás y conté sesenta muertos tendidos en el piso (…)
Comento esto para que no se siga creyendo que el nadaísmo nos cayó del cielo como la cagada de un pájaro. No. Nos vino envuelto en una nube de tormentosa violencia a la que opusimos el pararrayos de la poesía. Con las manos quemadas escribimos nuestros manifiestos calientes. Todos esos gritos contra la guerra, la injusticia y los privilegios no eran para atizar el conflicto sino para buscar subsanarlo sin esperanzas. Pero ahora una paz está en la cocina. Colaboramos con este aderezo. Si nacimos con la violencia, es bien justo que con la paz descansemos.

Elegía a “Desquite”. Gonzalo Arango
Sí, nada más que una rosa, pero de sangre. Y bien roja como a él le gustaba: roja, liberal y asesina. Porque él era un malhechor, un poeta de la muerte. Hacía del crimen una de las más bellas artes. Mataba, se desquitaba, lo mataron. Se llamaba “Desquite”. De tanto huir había olvidado su verdadero nombre. O de tanto matar había terminado por odiarlo.
Lo mataron porque era un bandido y tenía que morir. Merecía morir sin duda, pero no más que los bandidos del poder (…)
¿Estoy contento de que lo hayan matado?
Sí.
Y también estoy muy triste.
Porque vivió la vida que no merecía, porque vivió muriendo, errante y aterrado, despreciándolo todo y despreciándose a sí mismo, pues no hay crimen más grande que el desprecio a uno mismo (…)
Los soldados que lo mataron en cumplimiento del deber le capturaron su arma en cuya culata se leía una inscripción grabada con filo de puñal. Sólo decía: “Esta es mi vida”.
Nunca la vida fue tan mortal para un hombre.
Yo pregunto sobre su tumba cavada en la montaña: ¿no habrá manera de que Colombia, en vez de matar a sus hijos, los haga dignos de vivir? Si Colombia no puede responder a esta pregunta, entonces profetizo una desgracia: Desquite resucitará, y la tierra se volverá a regar de sangre, dolor y lágrimas.
Bogotá, 1964

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